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DE TÚ CASA

La anatomía de Cristo P8

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

La figura anatómica-fisiológica-neurológica “Cuerpo de Cristo” no es puramente literaria. Se trata de una realidad vital. Los creyentes integramos la intrincada pero armónica red de miembros que, interconectados entre sí, obedecen a la cabeza, que es Cristo, y el  Espíritu Santo distribuye los fluidos vitales y dinamiza el sistema nervioso que lleva las órdenes a las coyunturas, al último músculo, al más pequeño cartílago, a la insignificante pestaña. Si todos entendiéramos algo tan simple, las cosas funcionarían mejor:

 

«El ojo no puede decirle a la mano: “No te necesito.” Ni puede la cabeza decirles a los pies: “No los necesito.” Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son indispensables, y a los que nos parecen menos honrosos los tratamos con honra especial. Y se les trata con especial modestia a los miembros que nos parecen menos presentables,  mientras que los más presentables no requieren trato especial. Así Dios ha dispuesto los miembros de nuestro cuerpo, dando mayor honra a los que menos tenían,  a fin de que no haya división en el cuerpo, sino que sus miembros se preocupen por igual unos por otros. Si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él».

1 Corintios 12:21-26

 

Para descifrar esta clave quiero sentarme como un niño ignorante en el aula escolar al inicio de clases, abierto al aprendizaje, sin prevenciones, sosteniendo hojas en  blanco donde se puede escribir algo nuevo, con los ojos abiertos sobre los grabados que muestran las distintas partes del cuerpo humano y, luego todas, armonizadas, en funcionamiento perfecto.

 

La anatomía me enseña la composición orgánica, la fisiología me adiestra sobre su funcionamiento, la neurología me aclara la conexión misteriosa entre el cerebro y todos los miembros. Pasa por mi mente un pensamiento fugaz: tal vez Lucas, el médico de Antioquia, le dio charlas a Pablo sobre este asunto, mientras le recetaba hierbas para sus molestias de salud.

 

El periodista cristiano Philips Yancey se ha aliado con un Lucas posmoderno, el doctor Paul Brand, y los dos han producido un libro que acabo de leer: ‘Temerosa y maravillosamente diseñado’, un auténtico ensayo de biología espiritual, en el cual se analizan las funciones paralelas del cuerpo humano y el “Cuerpo de Cristo” de modo impresionante. Allí encuentro percepciones como esta:

 

“Un cuerpo análogo, igual de avanzado y activo como los seguidores del  Cuerpo de Cristo, también necesita un esqueleto con dureza para darle forma, y  la doctrina de la iglesia es justo ese esqueleto. Dentro del cuerpo vive un núcleo de verdad que nunca cambia: las leyes que gobiernan nuestra relación con Dios y con los demás”

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 222-224)

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La anatomía de Cristo P7

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Inclino mi rostro, cierro mis ojos y elevo una pequeña plegaria, con voz conmovida: “Señor, que yo sea la molécula más sensible de la cicatriz que tienes en el pecho, o la uña del dedo meñique de tu mano izquierda, o la ceja de tu ojo derecho, o ese poro en tu frente. ¡qué sé yo!, lo que sea, hazme un buen miembro de tu Cuerpo, Amén”.

 

La idea de una labranza, sementera o campo de cultivo es preciosa. De hecho, el propio Jesús empleó reiteradamente metáforas similares: el sembrador, el grano de mostaza, el grano de trigo, la higuera estéril, la higuera verdecida, la vid y sus ramas, etc. En lo pecuario, nada más elocuente que un rebaño siguiendo a su pastor.

 

La comparación con un edificio es sólida. Jesús mismo habló de construir la Casa sobre la Roca, a prueba de inundaciones, huracanes y tempestades. El hombre mismo es un edificio: el templo del Espíritu Santo. Y allí, en lo más íntimo e inviolable, hay la morada interior -en el griego se llama katalyma mou– que es “mi habitación, mi sala de huéspedes” donde Jesús quiere habitar para siempre.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 222)

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La anatomía de Cristo P6

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Es ya primavera y, a través de la ventana de mi biblioteca, veo un cielo  que luce inusualmente estrellado. Pienso en viejas premisas que hoy me parecen absurdas. ¿Cómo pudo Jacques Monod escribir que “el hombre está perdido  en la inmensidad del universo, de donde él emerge por azar”? O ¿cómo pudo Weinberg afirmar fríamente: “entre más comprendemos el universo, más nos parece vacío de sentido”?

 

La hipótesis de una creación nacida del azar es angustiosa. Ahora comprendo a Einstein cuando dijo: “Dios no juega a los dados con el universo”. De pronto, siento un leve temor de caer en el panteísmo, como a veces le ocurre a Paul Tillich;  y, por instinto de conservación espiritual, vuelvo a refugiarme seguro en las sentencias del cosmólogo Pablo.

 

«Porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente. Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia». Colosenses 1:16-18a.

 

Esta última frase: “Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia”, me aterriza de nuevo en la realidad operativa y funcional de la iglesia: este minúsculo grano de arena del desierto cósmico que es el planeta Tierra, donde un día Él  se hizo carne humana. Con los ojos húmedos,  trato de  concentrarme en mí mismo y me pongo a pensar: soy un miembro del cuerpo de Cristo, que es ese misterioso organismo vivo que llamamos Iglesia. Mi prueba de laboratorio genética-espiritual es positiva cien por ciento: tengo el ADN de mi Padre Celestial.

 

«Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo».

1 Corintios 12:27

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 220-221)

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La anatomía de Cristo P5

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Ahora mismo, cuando escribo, mis manos digitan sobre el teclado y mis ojos siguen el curso de las palabras que van apareciendo en la pantalla. Mientras medito en la próxima frase, tomo un sorbo de café colombiano; mi nariz se satura de su aroma y mi lengua degusta su sabor,  mi sistema nervioso  se lubrica y mi psiquis siente euforia. Simultáneamente, mis oídos escuchan el ‘Mesías’ de Haendel y mis pies llevan rítmicamente el compás, en un leve zapateo, con su coro de ‘Aleluya’. Mi cabeza dirige toda esa múltiple actividad en forma perfectamente sincronizada.

 

«Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo, y lo dio como cabeza de todo a la iglesia. Ésta, que es su cuerpo, es la plenitud de aquel que lo llena todo por completo».

Efesios 1:22,23

 

Entonces pienso en lo que debe ocurrir en la relación Logos-Cosmos, de la cual Cristo es la cabeza y su cuerpo lo forman las galaxias, las  nebulosas, los  ‘universos paralelos’ en constante expansión. Recuerdo entonces a mi viejo conocido Job, quien, aún en medio del dolor y las penurias, sacaba fuerzas de debilidad  para exaltar esa Fuerza cohesiva que lo sostiene todo en el abismo eterno:

 

«Él remueve los cimientos de la tierra y hace que se estremezcan sus columnas. Reprende al sol, y su brillo se apaga; eclipsa la luz de las estrellas. Él se basta para extender los cielos;  somete a su dominio las olas del mar. Él creó la Osa y el Orión,  las Pléyades y las constelaciones del sur. Él realiza maravillas insondables, portentos que no pueden contarse».

Job 9:6-10

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 219-220)

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La generosidad | Las formas correctas de dar P2

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Dar prueba la sinceridad del amor.  Amor, sencillamente, es generosidad.

No es que esté dándoles órdenes, sino que quiero probar la sinceridad de su amor en comparación con la dedicación de los demás. Vers. 8.

La generosidad pone a prueba a las personas, como ninguna otra acción.  Ciertamente dar prueba la sinceridad del amor.

 

Dar es aconsejable. Cuántos se molestan si les aconsejan dar.

Aquí va mi consejo sobre lo que les conviene en este asunto: El año pasado ustedes fueron los primeros no sólo en dar sino también en querer hacerlo. Vers. 10.

 

Pablo aconseja a sus discípulos que den y les aconseja sobre el cómo dar y aquí no está hablando del diezmo, sino de una ofrenda especial, porque dar es aconsejable.

 

Hay que dar queriendo dar. Nadie quisiera dar.  Pero hay que quererlo.

El año pasado ustedes fueron los primeros no sólo en dar sino también en querer hacerlo. Vers. 10 b.

 

No se trata de dar por dar, sino dar porque quiero, porque me nace del fondo del corazón hacerlo.  Hay que dar queriendo hacerlo.

 

Dar proporcionalmente. No es el monto, sino lo que corresponda.

Lleven ahora a feliz término la obra, para que, según sus posibilidades, cumplan con lo que de buena gana propusieron.  Porque si uno lo hace de buena voluntad, lo que da es bien recibido según lo que tiene, y no según lo que no tiene.  Vers. 11-12.

 

Esto es proporcionalidad: Hay gente que se preocupa cuando razona: Como yo no gano sino cien mil, me da vergüenza llevar diez mil, pero la cantidad no le importa al Señor; sino que demos en proporción a lo que ganamos. Si te ganas el millón, das los cien mil, pero si te ganas los diez millones, darás el millón. Uno debe dar conforme a lo que tiene, no a lo que no tiene.  La clave es no dejar de cumplir con el Señor.  La cantidad no le importa a Dios.  Sólo le importa la proporcionalidad.

 

Dar por reciprocidad. Dos llaves unidas: Causalidad y generosidad.

No se trata de que otros encuentren alivio mientras que ustedes sufren escasez; es más bien cuestión de igualdad.  En las circunstancias actuales la abundancia de ustedes suplirá lo que ellos necesitan, para que a su vez la abundancia de ellos supla lo que ustedes necesitan.  Así habrá igualdad, como está escrito: Ni al que recogió mucho le sobraba, ni al que recogió poco le faltaba.  Vers. 13-15.

 

Creo que esta porción no requiere mayores explicaciones. Y, si la causalidad es otra llave del poder, es fácil entender su uso simultáneo y coordinado con la generosidad.

 

Dar con perseverancia. Lo más difícil es persistir en el dar.

No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos.  Gálatas 6:9.

 

Cuando siembro una semilla, debo tener paciencia, mientras brota la raíz, el tallo, las ramas y, finalmente, el fruto.  No puedo cosechar inmediatamente después de sembrar.  Algunos se imaginan que apenas den van a recibir. No es tan automático, hay que dar con perseverancia.  A veces el Señor nos prueba, a ver cuánto aguantamos dando sin recibir.  Pero cuando abre la ventana, sus bendiciones son inatajables.  Hay que dar con perseverancia.  Alguien dice: Yo sembré pero no he recogido.  Vuelva a leer la Escritura, allí dice: No nos cansemos.  A su tiempo, no antes de tiempo, segaremos, si no desmayamos. Eso es perseverancia.  Y, por supuesto, se sabe que al perseverante, Dios lo premia más abundantemente que al inconstante.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro Las Llaves del Poder, páginas 308-311)

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La generosidad | Las formas correctas de dar

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Ilustraré sobre algunos movimientos de la llave de la generosidad que pueden ser útiles. El Apóstol San Pablo, había escrito a los macedonios pidiendo una ofrenda para ciertos predicadores.  En Macedonia la situación era muy difícil, como ha vuelto a serlo ahora con la invasión de los kosovares. Miren por dónde anduvo el apóstol Pablo trasegando con el Evangelio.  Dios bendiga su memoria.  Y en esa zona tan conflictiva, donde principió el concepto de balcanización, había penurias económicas indescriptibles.  He aquí los movimientos que el apóstol enseñó para la llave de la generosidad.

 

Dar aún en la pobreza.  Los pobres creen estar relevados de dar.

 

En medio de las pruebas más difíciles, su desbordante alegría y su extrema pobreza abundaron en rica generosidad.

2 Corintios 8:2.

 

¿Qué tal? Eran pobres y, sin embargo, abundaron en riquezas de su generosidad.  Hay que dar aún en la pobreza.

 

Dar más allá de las fuerzas.  Algo para los que dan a duras penas.

 

Soy testigo de que dieron espontáneamente tanto como podían, y aún más de lo que podían.  Vers. 3.

 

Estamos hablando de cómo se hace accionar la llave de la generosidad.  Hay que dar más allá de las fuerzas.

 

Dar es un privilegio. Muchos piensan que es privilegio recibir.

 

Rogándonos con insistencia que les concediéramos el privilegio de tomar parte en esta ayuda para los santos.  Vers. 4.

 

Gente maravillosa ésta. Eran pobres en riquezas materiales, pero ricos espirituales.  Entienden ellos como un privilegio que se les concede el poder dar. Para ellos dar es un privilegio.

 

Darse a sí mismo. Lo más importante de todo. Dar el ser.

Incluso hicieron más de lo que esperábamos, ya que se entregaron a sí mismos, primeramente al Señor y después a nosotros, conforme a la voluntad de Dios. Vers. 5.

 

Los macedonios dieron cosas materiales, pero no estaban dando lo que se destruye con el uso.  Sino a sus propias personas, se estaban dando a sí mismo.  Generosidad es darse a sí mismo.

 

Dar como una obra de gracia. Damos por la gracia de Dios.

De modo que rogamos a Tito que llevara a feliz término esta obra de gracia entre ustedes, puesto que ya la había comenzado. Vers. 6.

 

¡Qué belleza! Son muchas las cosas que podemos aprender cuando escudriñamos las Sagradas Escrituras sin prevención y con inteligencia: Dar es una obra de gracia.

 

Dar abundantemente. No es fácil encontrar quién lo haga así.

Pero ustedes, así como sobresalen en todo -en fe, en palabras, en conocimiento, en dedicación y en su amor hacia nosotros-, procuren también sobresalir en esta gracia de dar.  Vers. 7.

 

Los macedonios no solamente son generosos con el dinero.  Su generosidad viene de su espiritualidad: son generosos en fe, en palabra, en ciencia, en toda solicitud, en amor.  Ellos nos enseñan a dar en abundancia.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro Las Llaves del Poder, páginas 306-308)

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La generosidad | Corrientes Teológicas P2

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Durante la ley.  Ahora existe la ley, han transcurrido 500 años desde cuando Abraham visitó a Melquisedec en la pequeña aldea de Salem, cinco siglos desde cuando Abraham diezmó por primera vez solamente por fe.  Ahora Moisés coloca en la ley el diezmo como una obligación.

 

El diezmo de todo producto del campo, ya sea grano de los sembrados o fruto de los árboles, pertenece al Señor, pues le está consagrado.  Si alguien desea rescatar algo de su diezmo, deberá añadir a su valor una quinta parte. En cuanto al diezmo del ganado mayor y menor, uno de cada diez animales contados será consagrado al Señor.  El pastor no hará distinción entre animales buenos y malos, ni hará sustitución alguna.  En caso de cambiar un animal por otro, los dos quedarán consagrados y no se les podrá rescatar.   Levítico 27:30-33.

 

Cuando analizamos el diezmo bajo la ley de Moisés, encontramos algo estremecedor, impensable para los días actuales: Había especificados varios diezmos, y los israelitas terminaban diezmando algo así como el 40 ó 45% de todo lo que ganaban.

 

Bajo la gracia. Lamentamos que estén surgiendo por ahí algunos que pervierten la Palabra de Dios, que le hacen el juego al mentiroso llamado Satanás.  ¿Estamos obligados a diezmar en el Nuevo Testamento? Algún sentido debe tener que el Dios eterno, el que hizo que Abraham diezmara por fe y los israelitas por ley, diga esta cosa tremenda en el propio templo de Jerusalén a través de su Hijo.

 ¡Ay de ustedes, maestros de la ley fariseos, hipócritas! Dan la décima parte de sus especias: la menta, el anís y el comino.  Pero han descuidado los asuntos más importantes de la ley, tales como la justicia, la misericordia y la fidelidad.  Debían haber practicado esto sin descuidar aquello.

Mateo 23:23.

 

Los fariseos eran muy minuciosos respecto al diezmo, pero descuidaban la justicia, la misericordia y la fe.  La llave de la generosidad no se utiliza sólo con el dinero, hay que abrirla también con la justicia, la misericordia y la fe.  Si diezmas y no tienes justicia, misericordia y fe, de nada te sirve.  Sin embargo, si el Señor nos hubiera librado de la obligación del diezmo, no habría dicho en la parte final de ese versículo: Debían haber practicado esto sin descuidar aquello. ¿Y qué es aquello? Diezmar.  Jesús nos entrega la llave de la generosidad, es una llave de su reino y nosotros debemos utilizarla con la justicia, la misericordia y la fe, pero también con el diezmo.  No estamos relevados de esa obligación.  Lo contrario es robar a Dios, ser un ladrón de Dios, no se pueden decir las cosas de otra manera. El diezmo no te pertenece a ti, es de Dios. Cuando tú diezmas estás devolviendo algo ajeno, que pasó por tus manos.  Por eso existe también la ofrenda, algo fuera del diezmo, o más allá del diezmo.  Diezmo es devolver lo ajeno; ofrenda es dar algo mío.  La generosidad es ir más allá de la tarifa mínima, que es el diez, porque este es el impuesto del Reino de Dios.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro Las Llaves del Poder, páginas 304-306)

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La generosidad | Corrientes Teológicas

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La Libertad de examen respecto a las Sagradas Escrituras ha traído como consecuencia que haya variadas interpretaciones de muchos aspectos.  En materia económica tenemos tres corrientes principales:

 

Teología de la miseria.  Es un subproducto que aún late en el inconciente colectivo de la predicación miserabilista medieval, según la cual no se puede conquistar el reino de Dios sino a través de la pobreza.  La Iglesia Romana creó una meritocracia de la santidad, contraria a las Escrituras.  La salvación se obtiene únicamente por medio de la fe. Dice Pablo: Jesucristo se hizo pobre, para que nosotros fuéramos enriquecidos.

 

Teología de la prosperidad. A ésta se afiliaron los que han terminado en la cárcel por convertir la piedad en fuente de ganancia.  Es lo que podríamos llamar: La Disneylandia cristiana, el sueño americano de la fe, y cosas así.  Es una tendencia muy peligrosa,  pues tampoco dice la Biblia que usted se hace cristiano como un buen negocio para su vida económica.

 

Ortodoxia protestante.  Esto es lo único cierto y verdadero: Ni teología de la miseria, ni teología de la prosperidad, sino ética del trabajo.  El gran sociólogo protestante Max Webber, escribió un maravilloso libro sobre este tema. ¿Qué es lo que las Sagradas Escrituras nos enseñan?  Lo que se observa en los países que practican los principios y valores económicos de la Biblia. Que Dios prospera la obra de nuestras manos, que bendice nuestro esfuerzo personal honesto, si nos sometemos a las leyes que él ha puesto para la economía.  Hoy existen, deplorablemente, en la enorme variedad del cristianismo evangélico, teologías y doctrinas disparatadas sobre asuntos de dinero. Algunos comentaristas dicen que el diezmo en el Nuevo Testamento carece de vigencia porque el diezmo era norma de la ley.  Intentaremos un breve análisis de este tema.

 

Antes de la Ley. En la época del patriarca Abraham no existía la ley.  Esta fue dada por Moisés, descendiente de aquel, unos 450 ó 500 años después del padre de la fe. Abraham se movía, no por normas de las cuales carecía, ni regulaciones, ni ordenanzas, ni leyes. El se movía únicamente por fe.

 

Y Melquisedec, rey de Salén y sacerdote del Dios altísimo, le ofreció pan y vino.  Luego bendijo a Abram con estas palabras: ¡Que el Dios altísimo, creador del cielo y de la tierra, bendiga a Abram! ¡Bendito sea el Dios altísimo, que entregó en tus manos a tus enemigos! Entonces Abram le dió el diezmo de todo.

 Génesis 14:18-20.

 

¿Quién le dijo a Abraham que debía diezmar? El Espíritu Santo porque no había legislación que lo obligara a hacer tal cosa.  Diezmó únicamente por fe, cinco siglos antes de que existiera una ley sobre la materia.  Y por lo tanto, el diezmo no es de ley sino de fe.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro Las Llaves del Poder, páginas 302-304)

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La generosidad | Requisitos del administrador P2

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Ser generoso. Aquí tocamos fondo.  Usted puede discutir con quien quiera, pero no puede discutir con Jesucristo.  El Dios eterno hecho hombre es el que habla aquí:

 

Den, y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Porque con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes.  Lucas 6:38.

 

No dice: Pida para que le dé, sino tu primero da para que yo te pueda dar después.  Las leyes de Dios son invariables porque su autor es invariable.  Cualquier predicador o cualquier manipulador podrá vender ideas contrarias pero la norma  inmutable es explícita: No se recibe sin dar.  Por mucho que le demos vueltas a este asunto no encontraremos solución distinta.  Si se pudiera recibir sin dar, significaría que Dios se está contradiciendo a sí mismo.  Nadie cambiará las leyes de Dios: Usted no puede lograr que el agua no moje, que el fuego no queme, que la gravedad no haga caer las cosas a tierra.  Dios lo estableció así, y como él lo estableció, se cumple.  Como se cumple en lo espiritual, se cumple también con el dinero.  El que da recibe y ¿qué es dar? Es usar la llave para abrir la puerta de la bendición.  No se recibe sin dar.

 

Pagar el impuesto. Malaquías es el profeta más odiado por los evangélicos, pero es necesario leerlo.  El pueblo de Dios se debatía en una miseria absoluta cuando predicó Malaquías. Había desempleo, nadie cumplía las cuotas de servicios públicos, los intereses estaban altísimos, y el dólar por las nubes, ¿por qué?

 

Desde la época de sus antepasados se han apartado de mis preceptos y no los han guardado.  Vuélvanse a mí, y yo me volveré a ustedes -dice el Señor Todopoderoso-. Pero ustedes replican: ¿En qué sentido tenemos que volvernos?  Malaquías 3:7.

 

Oye, Señor, nosotros somos muy cumplidos contigo, todos los sábados vamos a la sinagoga, cantamos, danzamos y oímos tu Palabra.

 

¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando! Y todavía preguntan: ¿En qué te robamos? En los diezmos y en las ofrendas.  Vers. 8.

 

Piense lo que significa robar a Dios ¿Por qué esta nación está en la miseria? ¿Por qué la carestía es galopante? ¿Por qué la inflación? Dios responde en forma tajante: Porque me habéis robado en vuestros diezmos y ofrendas.

 

Ustedes -la nación entera- están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando.  Traigan íntegro el diezmo para los fondos del templo, y así habrá alimento en mi casa. Pruébenme en esto -dice el Señor Todopoderoso-, y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre ustedes bendición hasta que sobreabunde.  Vers. 9-10.

 

El sostenimiento de un reino se logra con la contribución de sus propios ciudadanos a través de los impuestos.  No se ha inventando otro sistema en el mundo. Dios lo estableció así.  Ahora bien, hay un reino, que se llama el reino de Dios, y también se sostiene con sus propios impuestos, con lo que sus ciudadanos dan al erario.  Y si viene cualquier predicador de nuevo cuño a contradecir esta palabra, yo le diré: Estás mintiendo.  He estudiado las Sagradas Escrituras más o menos en profundidad y no encuentro manera de retirar esta enseñanza.  El impuesto del Reino es el diezmo. Punto final.

 

Voy a contar un pequeño testimonio personal. Cuando me convertí al cristianismo, como era un millonario en términos reales, se me insistió durante nueve ó diez meses tratando de convencerme de que debía diezmar, y yo siempre repetía lo mismo: A esos pícaros predicadores no les daré mi dinero;  Son ladrones que, en el nombre de Dios, vienen a robarme.  En el pasado, un empresario muy importante me había dicho: Cuando vengan a hablarte de Dios, te quieren quitar  el dinero.  Idea bastante difundida, por cierto. Y no había poder humano que me hiciera diezmar. Hasta que un día un distinguido cristianos, quien ya está en la presencia del Señor, me relató con pelos y señales sus propias experiencias antes y después del diezmo, y logró impactarme fuertemente.  Al mes siguiente me giraron el salario y de inmediato firmé un cheque y lo entregué al líder del grupo de oración al que concurría por entonces. Esa misma tarde, al llegar a la radiodifusora se me informó que el presidente de la cadena quería hablar conmigo. Aquel ejecutivo me dijo: -Oye, estuve revisando la nómina y creo que debemos mejorar tu ingreso. Ese mismo día me hicieron un reajuste muy considerable.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro Las Llaves del Poder, páginas 299-302)

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El fuego de la fidelidad | Los niveles de la fe

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En nuestra particular serie sobre el fruto espiritual, hemos trasmitido ya enseñanzas sobre: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad y bondad;  y ahora nos toca hacer una exposición sobre la fidelidad.  Los que conservan su arcaica versión y revisión bíblica,  van a contradecir, porque allí no dice “fidelidad”, sino “fe”. Pues bien, aclararemos esta diferencia, con mucho respeto por las personas aludidas. Seamos claros: no es que su traducción sea falsa, sino inexacta. Miren que no es lo mismo ser falso que ser inexacto. En otros casos, es exacta pero inactual. Exactitud  y actualidad tampoco son lo mismo.

 

A veces, en los idiomas originales de la Biblia, una palabra significa varias cosas relacionadas entre sí. Por ejemplo, en el hebreo, el vocablo “emuná” puede significar fidelidad y fe, de acuerdo con el contexto.   Lo primero que debemos aclarar, ya mirando las cosas en el texto griego, son los niveles de la fe, para que no tengamos confusiones. Ciertamente, aunque el concepto de fe es integral, hay matices que ayudan a su comprensión.

 

Primer nivel: la fe salvadora. Como su nombre lo indica, es aquella fe que me da la salvación eterna, el único requisito para ser salvo, para asegurar mi lugar en el cielo por siempre. Una escritura muy popular en la iglesia evangélica describe a las mil maravillas este nivel de la fe:

 

¿Qué afirma entonces? «La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón.» Ésta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo.  Romanos 10:8-9.

 

La técnica que nos está dando aquí el apóstol es sencilla y elemental pero incomprendida en algunos sectores cristianos: Para obtener la salvación eterna no necesito absolutamente nada más que seguir el procedimiento paulino; creer y confesar. Al finalizar los pasados siglo y milenio, hubo mucho bochinche internacional porque el Vaticano firmó con la  Iglesia  Evangélica Luterana una declaración muy pomposa en la cual las dos congregaciones se ponían de acuerdo para afirmar que la salvación es únicamente por fe. Personalmente me alegré mucho, ¿saben por qué? Porque cuando los muy católicos señores Calvino, Lutero,  Simmons y compañía hicieron la Reforma, su movimiento recibió ese nombre precisamente porque la idea era que Roma se reformara; pero, lamentablemente, no se quiso reformar sino creó un esperpento que se llamó la “contrarreforma”.

 

Es una noticia alentadora que, quinientos años después, Roma reconozca que los reformadores tenían toda la razón, porque nadie puede salvarse por obras, ni por méritos; sino que la salvación se obtiene únicamente, exclusivamente por la fe en nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, me ha parecido inconsistente y contradictorio que, después de firmar esa declaración que tanto nos alegró a los cristianos en general, la propia Roma declarara el 2000 como “año de jubileo”, con emisión extra de indulgencias plenarias para todos los que visitaran los santuarios marianos, y otras religiosidades de parecida índole. Eso sí, como dicen los españoles en su refranero, es “borrar con el codo lo que se escribe con la mano”.

 

Porque si alguien necesita penitencias, entonces no se salva por fe; si requiere indulgencias plenarias, está comprando su salvación; y, en consecuencia, ya no se salva -según él piensa- sino por su propio esfuerzo personal.  Eso no es lo que enseña la Palabra de Dios, para que quede bien claro; sino, expresamente,   por medio de la fe.

 

Desde los tiempos primitivos de la iglesia, el propio apóstol  Pablo -en esta misma incomparable epístola a los romanos, que hay que releer con frecuencia-, nos recuerda que Abraham le creyó a Dios y que su fe le fue contada por justicia; no que el patriarca hizo méritos a través de buenas obras, sino que -simplemente- le creyó a Dios y fue automáticamente justificado. Y, como ratificación, añade Pablo que, por eso está escrito, “el justo por la fe vivirá”.  Las buenas obras son un resultado de la fe, pero no contribuyen a la salvación; hago buenas obras porque soy salvo, no para poder serlo.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 189-192)

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