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Author: Casa Roca

La generosidad | Corrientes Teológicas

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

La Libertad de examen respecto a las Sagradas Escrituras ha traído como consecuencia que haya variadas interpretaciones de muchos aspectos.  En materia económica tenemos tres corrientes principales:

 

Teología de la miseria.  Es un subproducto que aún late en el inconciente colectivo de la predicación miserabilista medieval, según la cual no se puede conquistar el reino de Dios sino a través de la pobreza.  La Iglesia Romana creó una meritocracia de la santidad, contraria a las Escrituras.  La salvación se obtiene únicamente por medio de la fe. Dice Pablo: Jesucristo se hizo pobre, para que nosotros fuéramos enriquecidos.

 

Teología de la prosperidad. A ésta se afiliaron los que han terminado en la cárcel por convertir la piedad en fuente de ganancia.  Es lo que podríamos llamar: La Disneylandia cristiana, el sueño americano de la fe, y cosas así.  Es una tendencia muy peligrosa,  pues tampoco dice la Biblia que usted se hace cristiano como un buen negocio para su vida económica.

 

Ortodoxia protestante.  Esto es lo único cierto y verdadero: Ni teología de la miseria, ni teología de la prosperidad, sino ética del trabajo.  El gran sociólogo protestante Max Webber, escribió un maravilloso libro sobre este tema. ¿Qué es lo que las Sagradas Escrituras nos enseñan?  Lo que se observa en los países que practican los principios y valores económicos de la Biblia. Que Dios prospera la obra de nuestras manos, que bendice nuestro esfuerzo personal honesto, si nos sometemos a las leyes que él ha puesto para la economía.  Hoy existen, deplorablemente, en la enorme variedad del cristianismo evangélico, teologías y doctrinas disparatadas sobre asuntos de dinero. Algunos comentaristas dicen que el diezmo en el Nuevo Testamento carece de vigencia porque el diezmo era norma de la ley.  Intentaremos un breve análisis de este tema.

 

Antes de la Ley. En la época del patriarca Abraham no existía la ley.  Esta fue dada por Moisés, descendiente de aquel, unos 450 ó 500 años después del padre de la fe. Abraham se movía, no por normas de las cuales carecía, ni regulaciones, ni ordenanzas, ni leyes. El se movía únicamente por fe.

 

Y Melquisedec, rey de Salén y sacerdote del Dios altísimo, le ofreció pan y vino.  Luego bendijo a Abram con estas palabras: ¡Que el Dios altísimo, creador del cielo y de la tierra, bendiga a Abram! ¡Bendito sea el Dios altísimo, que entregó en tus manos a tus enemigos! Entonces Abram le dió el diezmo de todo.

 Génesis 14:18-20.

 

¿Quién le dijo a Abraham que debía diezmar? El Espíritu Santo porque no había legislación que lo obligara a hacer tal cosa.  Diezmó únicamente por fe, cinco siglos antes de que existiera una ley sobre la materia.  Y por lo tanto, el diezmo no es de ley sino de fe.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro Las Llaves del Poder, páginas 302-304)

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La generosidad | Requisitos del administrador P2

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

Ser generoso. Aquí tocamos fondo.  Usted puede discutir con quien quiera, pero no puede discutir con Jesucristo.  El Dios eterno hecho hombre es el que habla aquí:

 

Den, y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Porque con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes.  Lucas 6:38.

 

No dice: Pida para que le dé, sino tu primero da para que yo te pueda dar después.  Las leyes de Dios son invariables porque su autor es invariable.  Cualquier predicador o cualquier manipulador podrá vender ideas contrarias pero la norma  inmutable es explícita: No se recibe sin dar.  Por mucho que le demos vueltas a este asunto no encontraremos solución distinta.  Si se pudiera recibir sin dar, significaría que Dios se está contradiciendo a sí mismo.  Nadie cambiará las leyes de Dios: Usted no puede lograr que el agua no moje, que el fuego no queme, que la gravedad no haga caer las cosas a tierra.  Dios lo estableció así, y como él lo estableció, se cumple.  Como se cumple en lo espiritual, se cumple también con el dinero.  El que da recibe y ¿qué es dar? Es usar la llave para abrir la puerta de la bendición.  No se recibe sin dar.

 

Pagar el impuesto. Malaquías es el profeta más odiado por los evangélicos, pero es necesario leerlo.  El pueblo de Dios se debatía en una miseria absoluta cuando predicó Malaquías. Había desempleo, nadie cumplía las cuotas de servicios públicos, los intereses estaban altísimos, y el dólar por las nubes, ¿por qué?

 

Desde la época de sus antepasados se han apartado de mis preceptos y no los han guardado.  Vuélvanse a mí, y yo me volveré a ustedes -dice el Señor Todopoderoso-. Pero ustedes replican: ¿En qué sentido tenemos que volvernos?  Malaquías 3:7.

 

Oye, Señor, nosotros somos muy cumplidos contigo, todos los sábados vamos a la sinagoga, cantamos, danzamos y oímos tu Palabra.

 

¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando! Y todavía preguntan: ¿En qué te robamos? En los diezmos y en las ofrendas.  Vers. 8.

 

Piense lo que significa robar a Dios ¿Por qué esta nación está en la miseria? ¿Por qué la carestía es galopante? ¿Por qué la inflación? Dios responde en forma tajante: Porque me habéis robado en vuestros diezmos y ofrendas.

 

Ustedes -la nación entera- están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando.  Traigan íntegro el diezmo para los fondos del templo, y así habrá alimento en mi casa. Pruébenme en esto -dice el Señor Todopoderoso-, y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre ustedes bendición hasta que sobreabunde.  Vers. 9-10.

 

El sostenimiento de un reino se logra con la contribución de sus propios ciudadanos a través de los impuestos.  No se ha inventando otro sistema en el mundo. Dios lo estableció así.  Ahora bien, hay un reino, que se llama el reino de Dios, y también se sostiene con sus propios impuestos, con lo que sus ciudadanos dan al erario.  Y si viene cualquier predicador de nuevo cuño a contradecir esta palabra, yo le diré: Estás mintiendo.  He estudiado las Sagradas Escrituras más o menos en profundidad y no encuentro manera de retirar esta enseñanza.  El impuesto del Reino es el diezmo. Punto final.

 

Voy a contar un pequeño testimonio personal. Cuando me convertí al cristianismo, como era un millonario en términos reales, se me insistió durante nueve ó diez meses tratando de convencerme de que debía diezmar, y yo siempre repetía lo mismo: A esos pícaros predicadores no les daré mi dinero;  Son ladrones que, en el nombre de Dios, vienen a robarme.  En el pasado, un empresario muy importante me había dicho: Cuando vengan a hablarte de Dios, te quieren quitar  el dinero.  Idea bastante difundida, por cierto. Y no había poder humano que me hiciera diezmar. Hasta que un día un distinguido cristianos, quien ya está en la presencia del Señor, me relató con pelos y señales sus propias experiencias antes y después del diezmo, y logró impactarme fuertemente.  Al mes siguiente me giraron el salario y de inmediato firmé un cheque y lo entregué al líder del grupo de oración al que concurría por entonces. Esa misma tarde, al llegar a la radiodifusora se me informó que el presidente de la cadena quería hablar conmigo. Aquel ejecutivo me dijo: -Oye, estuve revisando la nómina y creo que debemos mejorar tu ingreso. Ese mismo día me hicieron un reajuste muy considerable.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro Las Llaves del Poder, páginas 299-302)

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El fuego de la fidelidad | Los niveles de la fe

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En nuestra particular serie sobre el fruto espiritual, hemos trasmitido ya enseñanzas sobre: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad y bondad;  y ahora nos toca hacer una exposición sobre la fidelidad.  Los que conservan su arcaica versión y revisión bíblica,  van a contradecir, porque allí no dice “fidelidad”, sino “fe”. Pues bien, aclararemos esta diferencia, con mucho respeto por las personas aludidas. Seamos claros: no es que su traducción sea falsa, sino inexacta. Miren que no es lo mismo ser falso que ser inexacto. En otros casos, es exacta pero inactual. Exactitud  y actualidad tampoco son lo mismo.

 

A veces, en los idiomas originales de la Biblia, una palabra significa varias cosas relacionadas entre sí. Por ejemplo, en el hebreo, el vocablo “emuná” puede significar fidelidad y fe, de acuerdo con el contexto.   Lo primero que debemos aclarar, ya mirando las cosas en el texto griego, son los niveles de la fe, para que no tengamos confusiones. Ciertamente, aunque el concepto de fe es integral, hay matices que ayudan a su comprensión.

 

Primer nivel: la fe salvadora. Como su nombre lo indica, es aquella fe que me da la salvación eterna, el único requisito para ser salvo, para asegurar mi lugar en el cielo por siempre. Una escritura muy popular en la iglesia evangélica describe a las mil maravillas este nivel de la fe:

 

¿Qué afirma entonces? «La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón.» Ésta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo.  Romanos 10:8-9.

 

La técnica que nos está dando aquí el apóstol es sencilla y elemental pero incomprendida en algunos sectores cristianos: Para obtener la salvación eterna no necesito absolutamente nada más que seguir el procedimiento paulino; creer y confesar. Al finalizar los pasados siglo y milenio, hubo mucho bochinche internacional porque el Vaticano firmó con la  Iglesia  Evangélica Luterana una declaración muy pomposa en la cual las dos congregaciones se ponían de acuerdo para afirmar que la salvación es únicamente por fe. Personalmente me alegré mucho, ¿saben por qué? Porque cuando los muy católicos señores Calvino, Lutero,  Simmons y compañía hicieron la Reforma, su movimiento recibió ese nombre precisamente porque la idea era que Roma se reformara; pero, lamentablemente, no se quiso reformar sino creó un esperpento que se llamó la “contrarreforma”.

 

Es una noticia alentadora que, quinientos años después, Roma reconozca que los reformadores tenían toda la razón, porque nadie puede salvarse por obras, ni por méritos; sino que la salvación se obtiene únicamente, exclusivamente por la fe en nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, me ha parecido inconsistente y contradictorio que, después de firmar esa declaración que tanto nos alegró a los cristianos en general, la propia Roma declarara el 2000 como “año de jubileo”, con emisión extra de indulgencias plenarias para todos los que visitaran los santuarios marianos, y otras religiosidades de parecida índole. Eso sí, como dicen los españoles en su refranero, es “borrar con el codo lo que se escribe con la mano”.

 

Porque si alguien necesita penitencias, entonces no se salva por fe; si requiere indulgencias plenarias, está comprando su salvación; y, en consecuencia, ya no se salva -según él piensa- sino por su propio esfuerzo personal.  Eso no es lo que enseña la Palabra de Dios, para que quede bien claro; sino, expresamente,   por medio de la fe.

 

Desde los tiempos primitivos de la iglesia, el propio apóstol  Pablo -en esta misma incomparable epístola a los romanos, que hay que releer con frecuencia-, nos recuerda que Abraham le creyó a Dios y que su fe le fue contada por justicia; no que el patriarca hizo méritos a través de buenas obras, sino que -simplemente- le creyó a Dios y fue automáticamente justificado. Y, como ratificación, añade Pablo que, por eso está escrito, “el justo por la fe vivirá”.  Las buenas obras son un resultado de la fe, pero no contribuyen a la salvación; hago buenas obras porque soy salvo, no para poder serlo.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 189-192)

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El fuego de la fidelidad

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Luego vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco. Su jinete se llama Fiel y Verdadero. Con justicia dicta sentencia y hace la guerra. Sus ojos resplandecen como llamas de fuego, y muchas diademas ciñen su cabeza. Lleva escrito un nombre que nadie conoce sino sólo él. Está vestido de un manto teñido en sangre, y su nombre es «el Verbo de Dios».  Apocalipsis 19:11-13

 

He estado en estos días analizando algo sobre lingüística en relación con traducciones bíblicas y me he llevado  sorpresas tremendas. Por ejemplo, los indios misquitos de Nicaragua no tienen en  su lengua la palabra “perdón” ¿Se imaginan el dolor de cabeza de los traductores bíblicos para transmitir un concepto esencialmente cristiano en tales condiciones? Se vieron precisados a reemplazar esa palabra por una frase muy larga; y, por eso, las Biblias en misquito, donde debiera aparecer “perdón”, dicen: “ser incapaz de recordar la falta de otro”.

 

El problema no es nuevo: Cuando Martín Lutero tradujo la Biblia al alemán, existía una versión del obispo Ulfilas que se había hecho siglos antes en gótico, precisamente para los godos; luego el gran reformador realizó su maravillosa traducción directa del hebreo, el arameo y el griego al alemán, dándole su definitiva forma gramatical a este idioma.

 

Y Lutero también se encontró con algunas dificultades, por ejemplo ésta: Jeremías, al comienzo de su libro, menciona el árbol que florece temprano, que es el almendro en las tierras bíblicas; pero sucede que, en Alemania y  el norte de Europa, el almendro no florece temprano sino tarde. Entonces, pensó Lutero, “si traduzco literalmente esto, hago una pésima interpretación de lo que Jeremías pretende trasmitir”; y, al percatarse que el árbol que florece temprano en Alemania y el norte de Europa es el enebro, con prodigioso pragmatismo cambió un árbol por el otro; y, así,  la traducción de Jeremías por  Lutero no dice almendro sino enebro.

 

Me imagino que, si eso lo hubiera hecho por aquí entre nosotros, al traductor  lo habrían tratado de hereje y una hoguera evangélica se habría activado para quemar a Lutero por violar la textualidad de las Sagradas Escrituras; porque los críticos de traducciones bíblicas actualizadas generalmente lo hacen por pura ignorancia. De todas maneras, es más importante traducir el espíritu que traducir la letra de la Escritura. Aclarado lo anterior, vayamos a la Palabra de Dios, la cual -a través de versiones,  revisiones y nuevas traducciones-  “cambia el lenguaje pero no cambia el mensaje”.

 

Nos muestra aquí Juan a Jesucristo directamente en su gloria, no el humilde carpintero de Nazaret, no la “raíz de tierra seca, sin parecer ni hermosura para que lo admiraran”, sino el Verbo de Dios.  Llaman la atención algunas características en la maravillosa descripción que hace el autor de Apocalipsis. El “Logos” está montado en un caballo blanco, dicta sentencia, es decir es juez; hace la guerra, es decir es un soldado;  tiene llamas de fuego en la mirada, su cabeza está coronada con muchas diademas y se llama nada, más y nada menos: Fiel y Verdadero.

 

Los dos atributos más sobresalientes del Señor en esta descripción son fidelidad y verdad; y, por supuesto, fidelidad y verdad deben ir siempre juntas; usted no puede ser fiel si no es verdadero y no puede ser verdadero si no es fiel. La fidelidad y la verdad son gemelas. Un infiel -o desleal- no es veraz, sino esencialmente mentiroso, como un veraz -o verdadero- solo sabe ser fiel. Sin fidelidad no puede haber veracidad.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 187-189)

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La luz de la bondad | ¿Bondad o Severidad?

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Bondad es luz: Pero, ¿cómo saber lo que realmente agrada al Señor? ¡Leyendo la Biblia! En ella, precisamente, encontramos claves maravillosas de vida y conducta por doquier. He aquí un buen ejemplo:

 

 Porque ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz (el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad). Efesios 5:8-9

 

Los cristianos no solo andamos en luz, sino que “somos luz” directamente; por lo tanto, se supone que tenemos la claridad suficiente para comprobar lo que agrada al Señor, lo que le produce alegría, lo que le da complacencia. Por otra parte, aquí se está diciendo algo trascendental: la luz es un árbol que da fruto, un fruto que alumbra. Y, ¿cuál es ese fruto resplandeciente? Pablo dice expresamente que el fruto de la luz es  bondad, justicia y verdad. La verdad y la justicia están íntimamente vinculadas a la bondad.

 

Todos los días, al despertar, dígase a sí mismo: “Yo soy luz en el Señor, hoy viviré como hijo de luz”. Hay que leer completas las Escrituras, escudriñarlas, entresacar su significado profundo. No es eso lo que se hace hoy, cuando la Palabra de Dios se consulta al azar, en una peligrosa “bibliomancia” que abre la puerta al espíritu de adivinación.

 

Como se habrán dado cuenta, la bondad siempre va acompañada de otras virtudes. Al comienzo de este capítulo comprobamos que la bondad es inseparable del amor y la misericordia; y aquí se nos dice que marcha al unísono con la justicia y la verdad. Un corazón  bondadoso nos lleva a actuar  lo ha expresado  el  poeta mexicano Amado Nervo, a quien algunos llamaron “el místico sin religión”. Él dijo esto: “Si una espina me hiere, me aparto de la espina, pero no la aborrezco”.

 

La bondad es algo tan maravilloso que su ejercicio resume el cristianismo práctico por esencia. El bondadoso coloca la otra mejilla, perdona las ofensas,  no guarda rencores, tiene gentileza para con el prójimo. ¿Qué es lo que necesita este mundo maligno en que vivimos? ¡Bondad! El Dios de luz es infinitamente bueno y lo que nosotros debemos reflejar en nuestra conducta es la bondad de nuestro Padre,  puesto  que somos hijos de luz. No olvidemos jamás lo afirmado por Jesucristo en el Sermón del Monte, que es la constitución nacional del reino de los cielos: “Ustedes -es decir, nosotros- son -somos-  la luz del mundo” y la luz da un fruto de bondad.

 

El apóstol San Pablo -guiado por el Espíritu Santo- nos ha enseñado cómo practicar la bondad en la conducta diaria, a través de una serie de técnicas efectivas para manejar las relaciones interpersonales. Una de tales magistrales pautas fue dada en Romanos l2:9,21, que los invito a revisar con una buena lupa espiritual. Lo que muestra esta breve porción bíblica es la práctica de la bondad en todos los actos de la vida. Su conclusión es terminante:

 

No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.  Romanos 12:21

 

Vencer con el bien el mal. Sistemas religiosos como la Cienciología, a la cual se afilian en forma creciente figuras del espectáculo -John Travolta y Tom Cruise son  dos ejemplos- enseña todo lo contrario: vengarse, devolver la ofensa multiplicada. Eso es seguirle el juego a Satanás; pues, como bien lo dijo Gandhi, si aplicáramos el “ojo por ojo”, todos estaríamos ciegos en el mundo. Las tinieblas de la maldad retroceden cuando los hijos del Dios de luz esparcen alrededor el fruto de su árbol espiritual

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 184-186)

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La luz de la bondad | ¿Bondad o Severidad?

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Dios no es incompleto; por lo tanto,  es bondadoso pero, también,  severo. Tenemos que decir las cosas como son, no como nos parece a nosotros que deberían ser en nuestro “ilustrado” criterio.

 

Por tanto, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad hacia los que cayeron y bondad hacia ti. Pero si no te mantienes en su bondad, tú también serás desgajado.

Romanos 11:22

 

Bondad y severidad. La balanza divina tiene un platillo que se llama misericordia y tiene otro que se llama justicia y –aunque  mucha gente no lo  entienda-  la justicia y la misericordia pesan exactamente igual en la balanza de Dios. No es mayor su justicia que su misericordia, como piensan algunos; ni, tampoco, es mayor su misericordia que su justicia, como sueñan otros, porque él es perfecto; y, por lo tanto, sus atributos tienen que ser, necesariamente, perfectos.

 

A veces se presentan confusiones lamentables: En el Antiguo Testamento, Dios luce terrible y castigador; en el Nuevo Testamento, Dios  es bondadoso. No significa ello que  Dios haya dividido su corazón, o  cambiado de  personalidad  de un Testamento al otro. Lo que pasa, simplemente,   es que el Antiguo enfatiza la severidad de Dios, y el Nuevo enfatiza su bondad. “La bondad y la severidad del Señor”, de que nos habla Pablo.

 

No te imagines que, porque Dios es bueno, su bondad va a ser mayor que su severidad; o que, por que es severo, su severidad sobrepasará a su bondad. En este tiempo hedonista, no sueñes  que puedes hacer lo que te da la gana bajo la idea de que, como Dios es  bueno, no te sucederá absolutamente nada.  Recuerda que también dice la Biblia que Dios “no dará por inocente al culpable”.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 183-184)

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La luz de la bondad | El fruto de la bondad P4

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Bondad en la victoria: Sigamos con David, pues sería necio abandonarlo en lo mejor de sus sabias enseñanzas. Ya casi hacia el final del salterio, encontramos esta maravillosa escritura.

 

Se proclamará la memoria de tu inmensa bondad, y se cantará con júbilo tu *victoria.

Salmo 145:7

 

Ahora se nos habla de bondad y  victoria unidas sólidamente. Dicho en forma directa: la victoria también proviene de la bondad.  El malo nunca será victorioso, la victoria está destinada por Dios para el que tiene bondad en su corazón y practica bondad en su vida. El bondadoso será victorioso. Mira, una vez más, la divina secuencia: el Padre, que es bondad, transmite su bondad al corazón del Hijo; y, desde éste, por medio del Espíritu Santo,  el fruto de la bondad es nuestro. Nosotros somos los árboles obligados a dar la cosecha de bondad que Dios espera de sus hijos.

 

Bondad en el servicio: El admirado apóstol Pablo, instrumentador de la doctrina cristiana, instruye sobre cómo debe ser el servicio a Dios. Su instrucción no es solamente para los ministros del evangelio,  pues todos los creyentes somos siervos de Dios; por lo tanto, tiene aplicación de carácter general:

 

Servimos con pureza, conocimiento, constancia y bondad; en el Espíritu Santo y en amor sincero.

2 Corintios 6:6

 

Siempre me gusta desmenuzar lo que dice Pablo, porque él ofrece lecciones muy valiosas, a veces escondidas en el texto. Veamos las condiciones del siervo dadas aquí:

 

1) Pureza. Mi vida tiene que ser pura e irreprensible, de lo contrario yo no tengo ninguna autoridad para subir a un altar o para escribir un libro cristiano.

2) Conocimiento. Yo no puedo ser un ignorante, debo conocer a fondo lo que enseño y predico,  pues bien dice el profeta: “Mi pueblo se ha perdido porque le faltó conocimiento”.

3) Constancia. No hay un trabajo más arduo que el de ministro del evangelio, o el de siervo de Dios en general, porque estamos enfrentados a circunstancias humanas difíciles; pero, sobe todo, a fuerzas espirituales poderosas que combaten todo el tiempo contra nosotros. Y  allí dice “constancia”, para indicarme que jamás debo desmayar; que, sin importar pruebas, enfermedades y tribulaciones, tengo que ser firme en el servicio a Dios

4) Bondad. Si no reflejo la bondad de Dios en mi conducta,  no sirvo para este oficio. Ahora, quiero hacer claridad sobre un punto: bondad no significa permisividad.  Algunos imaginan que el bondadoso debe ser un poco  majadero, o quizás de manga ancha, pasar por alto las anomalías, hacerse de la vista gorda ante  las inmoralidades, y cosas así.  Eso es lo contrario de lo que la Biblia enseña; y, si no me lo quieren creer, pasen al subtítulo siguiente.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 181-183)

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La otra cara de América | Antiyanquismo

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Otro problema que debe ser analizado en la nueva situación es el antiyanquismo, que solidariza negativamente a muchos pueblos, de manera muy marcada a los latinoamericanos.  Yo recuerdo que, en mi lejana infancia provinciana, se miraba al ‘míster’ como a un enemigo.  Esa tendencia traía fuerte impulso desde 1900, al publicarse el ‘Ariel’ de José Enrique Rodó, un pensador uruguayo de prosa típicamente modernista, del corte rubendariano, quien hace un deslinde entre la cultura latina, a la que considera superior, y la anglosajona, a la que tilda de sensual y primaria en sus instintos.

 

El cuadro se completa con los ecos retardados de la Guerra del Caribe entre Estados Unidos y España, ganada por los ‘salchicheros de Chicago’, como se llamaba a los norteamericanos en Madrid.  Para los españoles, derrotados pero plenos de cultura y tradición, los yanquis eran, otra vez, los bárbaros, sólo que al lado opuesto del mar.  Por lo demás,  las intrusiones europeas en las nacientes repúblicas latinoamericanas por vía de reconquista pone en alerta a Washington, que enarbola la Doctrina Monroe ‘América para los americanos’, interpretada en el sur como una consigna imperialista.

 

Guiado por el deseo de mantener al Nuevo Mundo a buen seguro de las revanchas europeas por la independencia, Estados Unidos se convirtió en un gendarme de la región; pero, siéndole difícil mantener la disciplina en países de conducta flexible, especialmente los caribeños, produjo el efecto adverso de las dictaduras. Y ¿qué duda cabe de que Somoza y Trujillo contribuyeron a desacreditar al Tío Sam entre sus vecinos?  No pudo, Franklin Delano Roosewelt recomponer el perdido prestigio, porque, ya para entonces, literatos, sindicalistas y políticos latinoamericanos habían puesto el dedo en la llaga: el intolerable contraste entre la riqueza descomunal y desafiante de los místeres y la pobreza casi mendicante de sus propios países.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 200-201)

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La otra cara de América | Conservadurismo

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Es la renuencia al cambio, o a la actualización, lo que ubica a grupos cristianos al margen de la historia.  Aunque Ripley no lo crea, todavía hay denominaciones que utilizan las Sagradas Escrituras en versiones revisadas de 1908.  ¿Cómo no aceptar que el idioma ha pasado por muy notables variaciones durante un siglo? ¿Por qué no reconcer los nuevos descubrimientos arqueológicos  que no solo confirman  sino enriquecen nuestro conocimiento de los textos bíblicos? Es increible que todo esfuerzo honesto y responsable por actualizar el lenguaje de la Biblia, despierte de inmediato críticas acerbas e ignorantes cuestionamientos.

 

El conservadurismo es el reducto donde los taxidermistas religiosos embalsaman sus momias ¡Oh si ante esos inmensos sarcófagos se oyera la voz del Nazareno clamar:  ‘¡Levántate!’  Los preteristas detestan el progreso porque temen que lo nuevo vulnere su seguridad ¿De qué se sienten seguros? ¿Del pasado?  El pasado es, precisamente, el tiempo más inseguro, pues ya no existe, ya no puede volver, ya ha dejado de ser.

 

La rebeldía de esta gente, como la del obispo Marcel Lefébvre en la otra orilla, consiste en no aceptar el cambio, en atarse al pasado.  Para algunos de los militantes de esta legión, el mundo es plano y está sostenido sobre los lomos de cuatro elefantes, el sol gira alrededor de la tierra, y en el infierno, literalmente, pailas de aceite hirviente esperan a los condenados para freirlos por toda la eternidad.  Hasta la muy preterista iglesia romana puso fuera de sus toldas al cavernario prelado francés cuyo grupo sigue campante varios años después de la muerte de su fundador.  No podemos ser intolerantes con los lefebvristas evangélicos, pues ello sería darle la razón al viejo latinajo: Abyssus abyssum invocat, es decir, el abismo llama al abismo; pero no podemos desconocer su presencia, perturbadora de la legítima libertad cristiana.

 

Tampoco debemos rechazar a los católicos por el hecho de serlo.  Siempre he predicado que con ellos hemos de mantener convivencia en la diferencia.  En Estados Unidos, concretamente, el catolicismo anglosajón, como ya se ha señalado en este libro, se halla muy cerca del protestantismo histórico y esa vecindad no tiene por qué molestar a nadie.  Porque Judá y Samaria eran limítrofes, Jesús pudo convertir a muchos mestizos espirituales de su tiempo.  En Miami, por ejemplo, el pastor Martín Añorga, figura patriarcal de exilio cubano, se sienta a la misma mesa, para discutir problemas comunes con el arzobispo de la iglesia romana, y eso no lo hace menos evangélico. ¿No se sentaba Jesús a comer con fariseos y publicanos?

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 198-200)

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La otra cara de América | Afrolatinos P2

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La primera novela que leí, siendo niño, fue la Cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher – Stowe, un folletín sin mayor valor literario por cuyas páginas circulan enormes ríos navegables de lágrimas. Su mérito principal radica en la contribución que tuvo a la emancipación de los esclavos, mucho mayor que todos los esfuerzos políticos y de otra índole que se realizaron por entonces a favor de la noble causa.

 

Aquella lectura me convirtió en un simpatizante de la raza negra. Con los años, mi gusto musical se inclinó por el jazz y pude declarar sin rubores, con la espontaneidad propia de la adolescencia, que Duke Ellington debía figurar en la galería de los clásicos, al lado de Bach y Mozart. Los asesinatos de Patricio Lumumba y Martin Luther King ofendieron mi dignidad de hombre libre.

 

Al margen de tales consideraciones, valdría la pena pensar cuánto ha avanzado el mundo en materia de aceptación social del negro y, aunque se pueden celebrar avances considerables, resulta todavía preocupante, por ejemplo, la guerra subterránea que sostienen los cafres de Equatoria frente al terrorismo racista y religioso de los musulmanes del Sudán.

 

Por otra parte, las grandes comunidades negras de los Estados Unidos pueden reclamar un mérito enorme: conservan el cristianismo evangélico raizal y lo han enriquecido con su folclor y entusiasmo; son ellos los más fervorosos seguidores del Señor en medio de la creciente frialdad eclesiástica que se percibe entre los blancos, descontados algunos viejos pentecostales sobrevivientes.

 

Para los propósitos de este libro, conviene destacar el alto grado de entendimiento que hispanos y negros mantienen en términos generales.  Ello puede explicarse por la realidad de que en América Latina,  con excepción de los países europeizantes del cono sur como Argentina, Uruguay y Chile,  ha habido una fuerte influencia africana; y sin pasar por alto que las Islas del Caribe, pobladas mayoritariamente por esa etnia, suman  en forma constante comunidades migratorias a los Estados Unidos de América.

 

Esa alianza natural afro–latina que se expresa, sobre todo, en las artes y los deportes, puede ser un eslabón valioso para la nueva sociedad que, sin lugar a dudas, se está gestando en la superpotencia.  Los latinoamericanos, dada su diversidad, pueden ser un catalizador de las corrientes raciales; pero ese ir y venir no debe dejarse al azar espiritual, es prioritario ponerlo bajo la guía del Espíritu Santo, porque el cristianismo es la única religión propiamente universal capaz de conciliar todas las razas, todas las culturas, todos los idiomas, todas las sicologías colectivas y hacer de tan variados componentes – sin que ellos se desdibujen – un todo homogéneo.  Flexibilidad en la cultura e inflexibilidad en la ortodoxia ha sido el gran secreto de la vigencia cristiana a través de los siglos.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 197-198)

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