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Darío Silva-Silva

VI-SEP-01

El tesoro de la amabilidad | Lo que sí es la amabilidad p3

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Amabilidad con los incrédulos.

Gracias a Dios que nos obliga a ser amables con los inconversos; pues, si así no fuera, difícilmente les daríamos siquiera el saludo. La tendencia al fanatismo es deplorable, pero real, en el pueblo cristiano, pese a admoniciones tan precisas como esta:

 

Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes.  Pero háganlo con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia,

1 Pedro 3:15-16a

 

El apóstol habla de responder; su consejo es para cuando te preguntan, no  que tú andes con el libro negro debajo del brazo en los autobuses, los trenes,  las paradas y los supermercados, dándole un garrotazo con la Biblia a cada persona que encuentras a tu paso por ahí. Por esa clase de proselitismos mal entendidos,  muchos  creerán  que tú eres mormón o testigo de Jehová, o miembro de alguna secta extravagante por  fuera de la sana doctrina. Dice también Pedro que hay que actuar en todo caso con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia. No es precisamente  gentileza, respeto y limpia conciencia  lo que se ve   en muchos cristianos, sino  todo lo contrario: una gran autosuficiencia, un irrespeto por el otro, una enorme chabacanería, una gran sordidez en la forma de transmitir el evangelio; y, deplorablemente, cierto aire de santa soberbia frente a los inconversos.

Por supuesto, esa conducta no convierte a nadie; sin  gentileza -que es amabilidad- no podremos ganar las almas.  Para citar un ejemplo clásico, Jesús le compartió su mensaje a la samaritana, que era una idólatra, junto al monte donde estaban las imágenes de Baal y de Asera que ella adoraba. ¿Qué falta de consideración y de respeto tuvo Jesús con ella? Sólo le ofreció amor. Se limitó a transmitirle la verdad con gentileza, con respeto y con limpia conciencia y, por eso, esta mujer recibió el agua viva del Espíritu Santo. Por otra parte, ¿cómo le compartió a Nicodemo que tenía algunas confusiones sobre el nuevo nacimiento? Con gentileza y respeto, como debe ser siempre.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 157-158)

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VI-AGO-05

El tesoro de la amabilidad | Lo que sí es la amabilidad p2

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Amabilidad es vitalidad. Vuelva conmigo por un momento a Tesalónica y se sorprenderá de los descubrimientos paulinos a la iglesia de esa antigua ciudad:

 

Así nosotros, por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos!

l Tesalonicenses 2:8

 

Es cuestión de compartir no solo una enseñanza magistral, más o menos dinámica de la Palabra de Dios, sino de compartir la vida misma con los hermanos. Yo puedo ser muy decente, tener buenas maneras, comportarme con mucho decoro, practicar la urbanidad, pero eso es sólo la superficie de la conducta. La Biblia   habla de algo más profundo, utiliza la palabra “cariño”. Es menester, pues, deleitarse no sólo en la presentación del  evangelio, sino  entregar la vida a aquellas personas a quienes se les comparte el mensaje del Señor. “Los quiero tremendamente”, dice Pablo. Puedo entenderlo, a mí me pasa eso con mis ovejas. Las quiero mucho.

 

La amabilidad es relativa. No se asuste. Es cierto que, después de que Albert Einstein descubrió la ley de la relatividad, algunos  entraron en el  relativismo, que es muy peligroso.  Hoy se vive en el mundo un gran relativismo moral; según esta tendencia,  todo no es absolutamente malo ni absolutamente bueno. Vivimos una época en la que nada es relativamente absoluto porque todo es absolutamente relativo. Aclarado lo anterior, vamos a la Biblia:

No reprendas con dureza al anciano, sino aconséjalo como si fuera tu padre. Trata a los jóvenes como a hermanos;  a las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza.

1 Timoteo 5:1-2

 

Timoteo, al parecer, era muy joven cuando fue nombrado pastor de la iglesia en Éfeso, y  aquí el apóstol le enseña la relatividad de la amabilidad. No significa ser más o menos amable con unas ó con otras personas; sino, dependiendo las edades, los rangos, los grados y las dignidades, ha de ser el tipo de amabilidad.   Cada uno debe tener una tarifa diferencial en la forma como recibe el trato de los otros, pero hay que ser amables con todos.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 155-156)

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VI-AGO-04

El tesoro de la amabilidad | Lo que sí es la amabilidad

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Tenemos como base para esta serie  la porción bíblica Gálatas 5:22, en la cual se enumeran las virtudes propias del fruto del Espíritu Santo, y allí  encontramos: amor, alegría, paz, paciencia;  y, luego,  amabilidad. La palabra griega que utiliza el apóstol San Pablo es Chrestotes, que  trataré de interpretar, ya que traducirla es muy difícil. Significa “gentil, cariñoso, refinado en conducta”. Como quien dice, chrestotes  implica urbanidad y buenas maneras.

 

Amabilidad es santidad: Está el amado apóstol Pablo dándonos normas de vida y conducta a través de la iglesia de Colosas y expresa textualmente:

 

Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia.

Colosenses 3:12

 

Como siempre, es muy útil analizar las palabras que la Biblia emplea: “escogidos de Dios”,  Si usted  se considera escogido de Dios, este mensaje le pertenece por derecho propio. ¿Qué más dice? “Amables, con afecto entrañable”; no es a base de buenas maneras externas, sino por un cariño que nace de las entrañas, es decir, directamente del corazón. Porque yo puedo ser fríamente cortés con todo el mundo, pero eso no es amabilidad.

 

Amabilidad es una palabra que tiene relación con amor; por eso, el afecto entrañable es lo que me hace ser amable con los demás. No es cuestión de buenas maneras sociales solamente; obsérvese que Pablo habla de bondad, humildad y paciencia, virtudes todas a las cuales se halla indisolublemente   ligada la amabilidad.  Para yo ser amable, en otras palabras, tengo que ser santo, afectuoso, bondadoso, humilde y paciente, no solamente cortés o gentil con las personas.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 154-155)

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VI-AGO-03

Los tesoros perdidos | El hijo perdido p4

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Los tesoros perdidos deben ser recuperados: el arca, nuestra alianza con Cristo; la Biblia, el libro de Dios; esa oveja que clama en soledad que alguien la rescate: la moneda extraviada en las basuras; el hijo arrepentido.  Es porque hemos olvidado lo simple, lo elemental, lo sencillo, lo esencialista del cristianismo que nos han sobrevenido tantas desventuras.  Si la voz siempre actual de Jesucristo resuena en nuestros corazones, si entendemos el profundo mensaje de rescate a los pecadores que El nos entregó desde hace dos mil años, podremos zurcir el manto de la pérdida tranquilidad. Dios tiene tesoros escondidos para nosotros:

 

“Te daré los tesoros de las tinieblas, y las riquezas guardadas en lugares secretos, para que sepas que yo soy el Señor”

Isaías 45:3

¿Cuál es ese tesoro? ¿En qué consiste? ¿Cómo encontrarlo? El apóstol Pablo nos ayuda en nuestra nebulosa intelectual para entender el misterio:

Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo.

“Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros.”

2 Corintios 4: 6-7

¡Tesoro en vasijas de barro!  Una expresión simbólica para mostrarnos algo real: somos vasos formados del polvo de la tierra, pero en nosotros reside el Espíritu Santo.  Es imperfecto el continente pero perfecto el contenido.  Los tesoros más preciados se han preservado siempre en ollas de barro.  Ollas de barro guardaron el documento por medio del cual Jeremías compraba una tierra donde ya no había tierra para vender.  Ollas de barro guardaron los manuscritos de Qumram.  Ollas de barro son cajas fuertes en las cuales se conservan los secretos más preciosos desde la antigüedad.

Aprendamos a ser ollas de barro donde puedan conservarse sin pérdida los tesoros de Dios para el hombre: el arca   del pacto, el libro sagrado, la oveja, la moneda y el hijo.  Que nunca más tales tesoros se extravíen, que por nuestra culpa  jamás Dios vea perdidos  sus tesoros.  Las torres gemelas son irrecuperables, pero la gracia de Dios es imperdible.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 176-177)

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VI-AGO-02

Los tesoros perdidos | El hijo perdido p3

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Hay muchos como este resentido.  De hecho, abundan en las iglesias cristianas.  Se creen muy buenos, muy pulcros, muy laboriosos, muy irreprensibles, pero no tardan en mostrar su verdadero carácter: tienen el corazón invadido por el cáncer de la envidia.  Y no captan el verdadero mensaje de Jesús:

“Hijo mío – le dijo su padre -, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo.  Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la  vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado.”

Lucas 15: 31-32

De hecho lo que nos ocurre hoy no es que hayamos perdido un hijo, sino un hermano.  Y, mientras el Padre extiende sus brazos llenos de amor para acogerlo, nosotros – los limpios, los puros, los santos, los irreprensibles – nos mostramos irremediablemente ofendidos por tanta generosidad.  A veces increpamos a Dios por ser tan bueno con los malos, cuando nosotros, en nuestro ilustrado concepto, mereceríamos un trato preferencial debido a nuestra santidad inocultable que resplandece ante todos los hombre.

Dios sale hoy todos los días, a todas horas, a la vera del camino humano a esperar a ese hijo perdido, mientras nosotros – los limpios, los puros, los santos, los irreprensibles – nos matamos trabajando en los campos del Padre para tratar de agradarlo y ganar su aprobación.  Si nuestro hermano se ha perdido, es su problema, no el nuestro.  Nos amargamos cuando el Padre acepta de buena gana a nuestros hermanos disolutos   si regresan al hogar, porque nos juzgamos a nosotros mismos dignos de mejor aprobación.

El gran tesoro perdido de Dios es el pecador.  ¿Cuántos perecieron en las torres gemelas sin conocer la verdad? ¿A cuántos rechazamos cuando quisieron  ir a la casa paterna con el corazón compungido? ¿Cuál fue nuestra reacción frente a hermanos descarriados que quisieron recuperar su posición como hijos del Padre común?  Reprendamos el orgullo espiritual que nos hace mirarnos al espejo narcisista de falsas virtud y perfección, y nos impide ver más allá de nuestro propio rostro las lágrimas del hermano que pide perdón y reclama una nueva oportunidad en la casa paterna.

Todos hemos sido, en algún momento, el rebelde que abandona el alero del padre y derrocha la herencia, comparte con cerdos y prostitutas el hambre y la desolación y, finalmente, acosados por una angustia existencial incontrolable, tomamos una decisión: Iré  a mi Padre, le pediré perdón y le diré que me reciba como sirviente.  Eso somos: sirvientes del Señor.  Que El nos dé sabiduría para abrir las puertas a sus hijos descarriados que decidan volver a casa.

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 175-176)

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VI-AGO-01

Los tesoros perdidos | El hijo perdido p2

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A medida que se acerca a la casa familiar, el panorama se le aclara: a la distancia puede ver a un hombre  que, con las manos como  quitasol, otea el horizonte desde una vuelta del camino.  Aprehensivo, piensa: Es algún delator de mi padre que espera mi regreso para ir a informárselo a fin de que me cierre la puerta en las narices.

 

Cuando está cerca lo suficiente para identificar mejor las cosas, queda sumido en la más profunda perplejidad: No lo puede creer, el vigilante del camino es su propio padre quien, al reconocerlo, se lanza sobre él corriendo, lo abraza, le da un beso en la mejilla y le dice: -Hijo mío, desde que te fuiste, todos los días he salido a este camino esperando que volvieras a mí.

 

De inmediato se desencadena una secuencia formidable: el buen Padre viste a su hijo con un traje de gala, le entrega el anillo de oro, contrata la mejor orquesta del lugar y organiza un gran baile para celebrar el regreso del perdido al seno del hogar.

 

En medio de tan edificante historia, hay alguien que protesta, alguien que no está de acuerdo, alguien que se considera a sí mismo tan bueno  que no puede tolerar a quien regresa sin recibir reclamos por su conducta desordenada.  Hay que tener mucho cuidado con este sujeto, es el santurrón.

 

Mientras tanto, el hijo mayor estaba en el campo.  Al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música del baile. Entonces llamó a uno de los siervos y le preguntó qué pasaba.  ‘Ha llegado tu hermano – le responde -, y tu papá ha matado el ternero más gordo porque ha recobrado a su hijo sano y salvo’.  Indignado,  el hermano mayor se negó a entrar.  Así que su padre salió a suplicarle que lo hiciera.  Pero él le contestó: ‘Fíjate cuántos años te he servido sin desobedecer jamás tus órdenes, y ni un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos!  ¡Pero ahora que llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el ternero más gordo!’

Lucas 15:25-30

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 174-175)

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VI-JUL-04

Los tesoros perdidos | El hijo perdido

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Las traducciones antiguas de la Biblia decían ‘hijo pródigo’.  Nunca pude entender el significado que se le ha pretendido acomodar a esa expresión.  Pródigo es un vocablo inadecuado, me parece, para indicar lo que Jesús quiso transmitirnos en esta clásica enseñanza.  Eso no es relevante, sin embargo.  Lo que importa entender aquí son algunas cosas bien simples que Jesús nos indica.

 

Un rebelde juvenil – como hay muchos hoy en día – decide irse de la casa paterna, sin que existan razones valederas para tal decisión.  El padre,  muy comprensivo, no lucha por convencer a ese hijo, no esgrime argumentos razonables para retenerlo, no suplica, no negocia, no transa.  Se limita a entregar al rebelde la herencia que le corresponde.  El joven se lanza a la gran vida, o lo que él supone que es la gran vida: toma una suite en el hotel de cinco estrellas, contrata las prostitutas a domicilio, los músicos del estilo subliminal, los vendedores de droga y alcohol, y cree haber hallado la felicidad hasta cuando las tarjetas de crédito son bloqueadas, los cheques del banco devueltos, los bienes embargados….

 

La situación llega a ser tan difícil que aquel joven  termina como cuidador de cerdos en una cochera.  Una noche, a altas horas, en ese silencio insoportable que nos obliga a oírnos a nosotros mismos, él adquiere un nivel de conciencia para pensar: -Qué tonto soy, en mi casa hasta los sirvientes viven mejor que yo.  Decide, entonces hacer su metanoia (palabra griega para arrepentimiento, que significa cambio de dirección), se levanta y va hacia su padre para pedirle perdón y rogarle que lo reciba como un sirviente.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 173-174)

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VI-JUL-03

Los tesoros perdidos | La moneda perdida

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Los tesoros perdidos de la iglesia, un tema de profunda reflexión.  ¿Qué es lo que se ha perdido?  ¿Por qué se ha perdido? ¿Dónde se ha perdido?  Hay una moneda que hemos extraviado: Su nombre, la fe.  Circulan muchas falsificaciones de esta moneda; hay una fe aparente, una presunción de fe, una fe  relativa y una falsa fe.  La parábola de Jesús ayuda a la comprensión del tema que nos ocupa:

 

O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: Alégrense conmigo;  ya encontré la moneda que se me había perdido

Lucas 15: 8-9

Las principales falsificaciones de la moneda auténtica de la fe  han sido, paradójicamente, dentro de los llamados ‘movimientos de la fe’, que enseñaron a la gente a tener fe en la fe en vez de tener fe en Dios. De esta manera, arbitrariamente se hizo de la fe una sustancia que uno podía tomar a voluntad, en el aire.  Algunos exageraron tanto este error que llegaron a predicar que Dios creó cuanto existe porque tuvo fe; si Dios no hubiera creído que era posible la creación, ésta habría sido un imposible para Dios.  En otras palabras, la fe está por encima de Dios como un algo que El utiliza para sus fines; de la misma manera, yo puedo disponer de ese poder autónomo cuando me presento a un cajero electrónico en cualquier parte del mundo, introduzco mi tarjeta, tecleo mi clave y recibo los dineros que reclamo.  Solo debo asegurarme de que mi depósito sea suficiente para mi necesidad. Por lo tanto, debo tener una fe infinita para obtener resultados infinitos.

Tal manera de pensar es contraria al cristianismo.  Lo que éste ha enseñado siempre es sencillo: Dios es y Dios puede.  No se trata de agarrar a voluntad algo disponible, sino de ir con humildad ante Quien dispone todas las cosas, con la convicción de que El puede hacer hasta lo imposible.  Un maestro que llegó a hacerse famoso entre evangélicos habló de ‘la fe de Dios’.  ¿Y, cómo Dios podría tener fe? ¿Fe en quién o en qué?  Dios es el Ser en Sí Mismo y nada existe en lo cual él pueda creer o confiar.  Podemos creer y confiar en El, lo cual es muy distinto.

La bella América ha perdido su moneda: la fe que conservaron como un tesoro a través de los tiempos hombres y mujeres de Dios que engrandecieron a este continente.  En los supermercados religiosos pueden comprarse muchas cosas con las falsificaciones casi perfectas de esa moneda: falsa seguridad, paz aparente, prosperidad transitoria, rélax sicológico.  Pero el 11 de septiembre algo pasó: la engañada América despertó de un sueño placentero a percatarse de que su tesoro se había extraviado.  Es hora de que barra la casa con diligencia, lámpara en mano, para reencontrar su fe auténtica;  y, cuando la halle, debe reunir a amigas y vecinas para la gran fiesta.  Encontrar ese tesoro perdido de la fe es hoy la prioridad de todas las prioridades.

Para facilitar la búsqueda, hay una pista segura: la moneda se encuentra entre los escombros de las torres gemelas.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 171-173)

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VI-JUL-02

La quimera del ángel | Resurrección

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Algunos pretenden confundir los conceptos de reencarnación y resurrección pero,  en otra ocasión, los saduceos le plantearon a Jesús un interrogante drástico:

 

Ese mismo día los saduceos, que decían que no hay resurrección, se le acercaron y le plantearon un problema: -Maestro, Moisés nos enseñó que si un hombre muere sin tener hijos, el hermano de ese hombre tiene que casarse con la viuda para que su hermano tenga descendencia.  Pues bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó y murió y, como no tuvo hijos, dejó la esposa a su hermano.  Lo mismo les pasó al segundo y al tercer hermano, y así hasta llegar al séptimo.  Por último, murió la mujer.  Ahora bien, en la resurrección, ¿de cuál de los siete será esposa esta mujer, ya que todos estuvieron casados con ella?  Jesús les contestó: -Ustedes andan equivocados porque desconocen las Escrituras y el poder de Dios.  En la resurrección, las personas no se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en el cielo.

Mateo 22:23-30.

 

Por cierto, si resurrección equivaliera a reencarnación, la respuesta del Maestro había sido bien distinta. Para colmo, la gente que nos ocupa sostiene que Jesús de Nazaret fue un espíritu muy evolucionado, que recibió al Cristo (la conciencia cósmica) cuando ya estaba listo para divinizarse, proceso por el cual tendremos que pasar todos.  Pero la Biblia no deja resquicios por donde pueda entrar una creencia semejante:

 

Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo.  Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo.  Y así como está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el Juicio.

Hebreos 9:26-27.

 

El mismo Jesús de Nazaret es el Cristo, el Logos, Dios Encarnado, el Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, Rey de Reyes y Señor de Señores.  No reencarnó, ni predicó la reencarnación, porque la reencarnación no existe.  Si existiera, cada uno sería su propio salvador personal, y la expiación del Cordero de Dios pasaría a ser completamente inútil.  El misterio de la encarnación divina consiste, precisamente,  en que Dios  tiene que hacerse hombre porque el hombre no puede hacerse Dios

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Reto de Dios, página 192-194)

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VI-JUL-01

La quimera del ángel | El nuevo nacimiento

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Un gran engaño de quienes sustentan tales creencias es afirmar que la Biblia confirma la reencarnación, y que aún Jesucristo predicó de ella porque la había experimentado.  Analicemos algunos pasajes, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, para encontrar la falsedad de tales afirmaciones.  El libro de Job es muy terminante:  Si a un árbol se le derriba, queda al menos la esperanza de que retoñe y de que no se marchiten sus renuevos.  Tal vez sus raíces envejezcan en la tierra y su tronco muera en su terreno, pero al sentir el agua, florecerá; echará ramas como árbol recién plantado.  El hombre, en cambio, muere y pierde su fuerza; exhala el último suspiro y deja de existir.  Y así como del mar desaparece el agua, y los ríos se agotan y se secan, así los mortales, cuando se acuestan, no se vuelven a levantar.  Mientras exista el cielo, no se levantarán los mortales ni se despertarán de su sueño. Job 14:7-12.

 

Antes de la resurrección de los muertos, cuando habrá nuevo cielo, ellos están impedidos de manifestarse en la carne. Si sus hijos reciben honores, él no lo sabe; si se les humilla, él no se da cuenta. Job 14:21

 

El rey Salomón, a quien muchos reencarnacionistas citan con frecuencia fuera de contexto, liquida el tema con estas palabras: ¿Por quién, decidirse? Entre todos los vivos hay esperanza, pues vale más perro vivo que león muerto.  Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada ni esperan nada, pues su memoria cae en el olvido.  Sus amores, odios y pasiones llegan a su fin, y nunca más vuelven a tener parte en nada de lo que se hace en esta vida. Eclesiastés 9:.4-6

 

Es un truco muy común y burdo extraer textos aislados para justificar afirmaciones arbitrarias.   La gente seria toma en cuenta todas las concordancias y armonizaciones de un tema bíblico para sacar la conclusión correcta; y, por supuesto, se cuida de leer el pasaje completo en cada oportunidad, para evitar confusiones.  Entre los rosacruces se cita una frase de Jesús como si reafirmara la reencarnación: De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no verá el Reino de Dios. Juan 3:3.

 

¿Se fijan? Jesús habla de reencarnación.  No hay duda. ¿Para qué seguir leyendo? Y, por mala fe redomada, se omite la continuidad del texto del Evangelio; éste, inmediatamente después, expresa:

¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo ya viejo? –Preguntó Nicodemo-. ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y volver a nacer?. Juan 3:4

 

Esta es, sin dudas, una pregunta directa sobre la reencarnación.   Pero continuemos leyendo este episodio tan esclarecedor sobre la materia que nos ocupa: Yo te aseguro que quien no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios –respondió Jesús-. Lo que nace del cuerpo es cuerpo, lo que nace del Espíritu, es espíritu. Juan 3:5-6.

 

La respuesta del Maestro es terminante: no se trata de entrar por segunda vez en el vientre de la madre para volver a nacer físicamente;  el nuevo nacimiento es ahora mismo, en nuestro propio espíritu, por el Espíritu de Dios.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Reto de Dios, página 190-192)

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