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VI-MAR-05

Cuando Marx y Freud se abrazaron | Sectas musicales

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

En materias musicales hay mucha tela para cortar. Este arte se ha visto sometido a una gradual y creciente depreciación y vulgarización. Las inspiradas improvisaciones de Louis Armstrong en los viejos tiempos del jazz han dado paso a la explícita ordinariez de los raperos. El gran inconveniente de la música popular de hoy en día radica en su propia construcción rítmica, diseñada para golpear directamente el tálamo, allí donde reside el inconsciente, sin pasar por el cerebro razonante del hombre.

 

Cuando, demos por caso, Agustín Lara decía en su bolero: ‘Piénsalo bien, muchacha, piénsalo bien’, la muchacha lo podía pensar. Hoy los mensajes subliminales y aún los directos no dejan espacio a la reflexión, son dardos de fuego enviados desde las tinieblas exteriores directamente a la voluntad, robotizada por un corazón sin freno, sometido a una mente esclava del pecado. Hace ya varias décadas, el novio enamorado cantaba bajo el ventanal de su amada: ‘Quiero subir contigo al altar’. Hoy en día, en la penumbra mefítica de la discoteca, el adolescente dice a su ramerita con acné: ‘Quiero bajar contigo a la cama’.  El conoce la respuesta desde antes de salir a bailar con ella.

 

Podría hablarse apropiadamente de sectas musicales hoy en día. Nadie negaría que la música juvenil de los estilos light rock, pop, heavy metal y similares, se usan para inducir a sus oyentes a prácticas satánicas. Los Beatles recibieron lecciones de un gurú y su obra maestra ‘Mi dulce Señor’ le ora a un dios que puede llamarse Buda, Krishna, Cristo, cualquier cosa, sin alterarse. La tumba de Elvis Presley es un lugar de peregrinaciones religiosas. Jonh Travolta es adepto de la cienciología. Los Rolling Stones han montado ritos vudú en sus presentaciones públicas.

 

Eduardo Bracho hizo un excelente informe titulado ‘El diablo siempre ha tocado guitarra eléctrica’, cuya conclusión es directa: conciertos de los géneros arriba citados son verdaderos cultos de alabanza y adoración a Satanás, con aterradores desbordamientos de violencia, sexo y droga. Hay una subcultura adolescente nacida de esta música que promueve la anarquía y el desenfreno. Todo ello made in USA. EL crítico Glenn O’Brian ha clasificado a estos ruidos ensordecedores con rudas palabras: “Música estúpida, proletaria e imbécil, hecha por mandibulones y greñudos estúpidos proletarios e imbéciles para renacuajos estúpidos”.

 

La excentricidad que provino de los hippies se manifiesta hoy en pandillas de punks y cabezas rapadas que practican la xenofobia. El informe de la revista ‘Feriado’ dice que las fuentes de la cosmogonía heavy son:

 

Deidades del panteón celta o normando o sajón o vikingo, ceremonialidad bárbara, conductas triviales, sensación de poderío patriarcal.  Las fases ritualísticas que atraviesa un concierto heavy son más complejas que cualquier rito de iniciación chamánica.

Pero Satanás es recursivo.  Al ver – u oir – que estas estridencias repelen a muchas personas, acaba de componerse más sofisticada partitura: Música de la Nueva Era.

 

Bajo la superficie de sonidos naturales – brisas, cascadas, trinos, ecos, lluvias, oleajes, etc. – sutilmente mezclados con arpegios religiosos indígenas y algo de clasicismo, este sistema (utilizado a veces como musicoterapia) conduce en suave rélax al oyente  a involuntarias actitudes panteístas. La adoración de la naturaleza es una grosera  forma de idolatría, porque consiste en rendir a la criatura el culto que solo se debe rendir al Creador.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 153-155)

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AUTHOR - Casa Roca

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