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VI-FEB-04

El tesoro de la amabilidad P2

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

Si nos atenemos a la etimología castellana de “amabilidad”, comprendemos claramente qué significa “amable”. Mi diccionario dice: “Digno de ser amado, complaciente y afectuoso”. Ahora bien, amabilidad es la condición y cualidad de amable; que,  en términos muy exactos, significaría “cristiano”, porque  lógica, natural, espontáneamente,  el cristiano debe ser amable, es decir, digno de ser amado, complaciente y afectuoso.  Sin embargo, no  parece ser así, pues allá afuera, en la sociedad humana,  hay unas ideas bastante diferentes; todo el mundo juzga que los evangélicos son, más bien, antipáticos, orgullosos espirituales, despreciativos, distanciadores y odiosos. Como quien dice, todo lo contrario de lo que está pidiendo el apóstol San Pablo cuando  enseña sobre el fruto del Espíritu Santo.

 

Hay que reconocerlo, aunque duela, tenemos mala imagen,  nos hemos ganado fama de  personas anormales, por fuera del contexto social, y ese es uno de los grandes problemas que enfrenta el cristianismo de hoy. Muchos no se convierten en los días actuales,  porque no quieren ser tan pesimistas, negativos e insociables, tan poco amables como el cristiano promedio de hoy en día.

 

El gran historiador cristiano Richard Nieburhn afirma, con razón,  que cada vez que en la historia humana se presentan necesidades  nuevas, la Reforma Protestante crea un movimiento específico para atenderlas. Hoy en día -añade esta reconocida autoridad- los más grandes esfuerzos cristianos se aglutinan en dos corrientes: las llamadas megaiglesias y el movimiento pentecostal, y  marca esta diferencia: las megaiglesias congregan a personas de clases medias y profesionales que se ocupan del conocimiento y son más dúctiles a la gentileza relacional; en tanto, en el movimiento pentecostal, por el contrario, la tendencia es a que haya personas de clases marginales que no tienen posibilidad de ascenso social ni económico.

 

Tales afirmaciones de tan importante pensador cristiano del siglo XX deberían hacernos meditar: ¿se está formando esa clase de división en el cristianismo? ¿Hay, en sentido estricto, iglesias para los que piensan e iglesias para los que no piensan, iglesias para los que tienen ascenso social e iglesias para los que no lo tienen? Es lamentable que, en muchos casos, las congregaciones sean en realidad guetos cerrados y exclusivistas, y ello tiene  mucho qué ver con la falta de amabilidad entre cristianos. Y hay que decir con franqueza que,  para  que el cristianismo vuelva a ser esencialmente lo que su Fundador quiso que fuera, es indispensable rescatar la amabilidad.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 148-150)

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AUTHOR - Casa Roca

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