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VI-OCT-01

El tesoro de la amabilidad

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!  Que su amabilidad sea evidente a todos. El Señor está cerca.

Filipenses 4:4-5

 

Esta epístola está dirigida a una iglesia que surgió de manera dramática: en la ciudad macedonia de Filipos, Pablo y  su compañero Silas –llamado en latín Silvano-  enfrentaron a un espíritu de adivinación que dominaba a una hechicera; y, como resultado de ello, fueron a dar a la cárcel. Allí, mientras  cantaban alabanzas a Dios, se produjo un seísmo, las puertas se abrieron, los presos quedaron en libertad y el carcelero, muy   asustado,  bajo el sabio consejo de   Pablo y  Silas,  terminó por convertirse al cristianismo, junto con su familia. Hay historias antiguas según las cuales, este carcelero fue el primer pastor cristiano en Filipos. De ser así,  una iglesia que había nacido bajo tan especiales circunstancias, es la destinataria de la  epístola a los filipenses.

 

El fruto del Espíritu, del cual nos venimos ocupando, es un tema capital del cristianismo. Hasta ahora hemos  hablado del amor, la alegría, la paz y la paciencia; nos corresponde, pues, dentro de la enumeración hecha por San Pablo, la amabilidad.  En antiguas versiones se decía “benignidad”,  una palabra que no significa exactamente lo que en el griego se quiso transmitir y que veremos ahora a espacio.

 

El Espíritu Santo, en este pasaje de Filipenses,  está ligando en forma indisoluble dos conceptos: alegría y amabilidad. “Alégrense”, dice, y “que su amabilidad sea evidente”.  Alegría y amabilidad siempre van juntas, no se pueden separar  amabilidad y alegría; y, claro, si miramos las cosas en sentido práctico, no cabe duda alguna de que el que es amable es alegre y el que es alegre es amable.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 147-148)

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AUTHOR - Casa Roca

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