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La otra cara de América | Afrolatinos P2

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

La primera novela que leí, siendo niño, fue la Cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher – Stowe, un folletín sin mayor valor literario por cuyas páginas circulan enormes ríos navegables de lágrimas. Su mérito principal radica en la contribución que tuvo a la emancipación de los esclavos, mucho mayor que todos los esfuerzos políticos y de otra índole que se realizaron por entonces a favor de la noble causa.

 

Aquella lectura me convirtió en un simpatizante de la raza negra. Con los años, mi gusto musical se inclinó por el jazz y pude declarar sin rubores, con la espontaneidad propia de la adolescencia, que Duke Ellington debía figurar en la galería de los clásicos, al lado de Bach y Mozart. Los asesinatos de Patricio Lumumba y Martin Luther King ofendieron mi dignidad de hombre libre.

 

Al margen de tales consideraciones, valdría la pena pensar cuánto ha avanzado el mundo en materia de aceptación social del negro y, aunque se pueden celebrar avances considerables, resulta todavía preocupante, por ejemplo, la guerra subterránea que sostienen los cafres de Equatoria frente al terrorismo racista y religioso de los musulmanes del Sudán.

 

Por otra parte, las grandes comunidades negras de los Estados Unidos pueden reclamar un mérito enorme: conservan el cristianismo evangélico raizal y lo han enriquecido con su folclor y entusiasmo; son ellos los más fervorosos seguidores del Señor en medio de la creciente frialdad eclesiástica que se percibe entre los blancos, descontados algunos viejos pentecostales sobrevivientes.

 

Para los propósitos de este libro, conviene destacar el alto grado de entendimiento que hispanos y negros mantienen en términos generales.  Ello puede explicarse por la realidad de que en América Latina,  con excepción de los países europeizantes del cono sur como Argentina, Uruguay y Chile,  ha habido una fuerte influencia africana; y sin pasar por alto que las Islas del Caribe, pobladas mayoritariamente por esa etnia, suman  en forma constante comunidades migratorias a los Estados Unidos de América.

 

Esa alianza natural afro–latina que se expresa, sobre todo, en las artes y los deportes, puede ser un eslabón valioso para la nueva sociedad que, sin lugar a dudas, se está gestando en la superpotencia.  Los latinoamericanos, dada su diversidad, pueden ser un catalizador de las corrientes raciales; pero ese ir y venir no debe dejarse al azar espiritual, es prioritario ponerlo bajo la guía del Espíritu Santo, porque el cristianismo es la única religión propiamente universal capaz de conciliar todas las razas, todas las culturas, todos los idiomas, todas las sicologías colectivas y hacer de tan variados componentes – sin que ellos se desdibujen – un todo homogéneo.  Flexibilidad en la cultura e inflexibilidad en la ortodoxia ha sido el gran secreto de la vigencia cristiana a través de los siglos.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 197-198)

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AUTHOR - Casa Roca

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