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La otra cara de América | La nueva guerra

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

De otro lado, para entrar a un terreno escabroso, es indudable que tragedias como la tantas veces comentada en este libro lucen un tinte apocalíptico cuyas implicaciones no pueden soslayarse.  Durante el siglo XX la iglesia cristiana evangélica observó este asunto a través del lente dispensacionalista.  La influencia de Ciro Scofield en América Latina fue inmensa, debido especialmente a la Misión Centroamericana que tuvo en él a su principal motor.  Pero, más que al propio Scofield, es a sus intérpretes a quienes debemos el actual marco teórico de la escatología.

 

El fracaso de todos los vaticinios que se habían dado sobre el año dos mil ha traído nuevas realidades a la iglesia.  Atrás quedaron todas las señales mal leídas y los arbitrarios o caprichosos enfoques de no pocas Casandras cristianas.  Pero ahora, con la posibilidad de la guerra bacteriológica, las cosas parecen retomar un curso catastrófico. ¿Traerá el bombardeo químico y biológico las plagas de Apocalipsis? La primera consideración a tomar en cuenta nos dice que tal tipo de guerra no es nueva, solo que sus medios de producción se han sofisticado.

 

El sulfuro con brea era empleado ya por los viejos espartanos para producir gas dióxido-sulfuroso.  En Bizancio la soldadesca usaba contra sus enemigos un raro compuesto que, al ser incinerado, evacuaba humos altamente tóxicos.  Griegos y romanos fueron expertos en contaminar con productos venenosos de origen químico los pozos del enemigo.  Sin ir demasiado lejos en el tiempo, es bien conocida la acción de los ingleses en la India, al repartir entre la población local cobijas contaminadas con viruela.  Franceses y alemanes se intercambiaron bombas de gases lacrimógenos durante la I Guerra Mundial.  Bélgica fue víctima de un bombardeo alemán con cloro en 1915.  Los propios alemanes desarrollaron otros ingeniosos productos para la guerra química: los gases fosgeno y mostaza.

 

Para salirle al paso a este problema, la Liga de las Naciones adoptó el llamado Protocolo de Ginebra que prohibió en forma terminante, después de la primera guerra, el uso de armas de este tipo; pero ya en 1936 a 37, los italianos no tuvieron reatos de conciencia para efectuar la primera violación de tal norma al usar el gas mostaza contra los etíopes.  El primer gas nervioso conocido en la historia fue producido por los alemanes en 1936: el tabún; luego perfeccionaron el sarín tan lejos como en 1939.

 

Todavía se recuerda en Estados Unidos el accidente de la planta de producción de gases nerviosos en Dugway que envenenó a más de seis mil ovejas.  El agente naranja, conocido herbicida, se desarrolló para defoliación de cosechas y, por extensión, como arma química.  En 1983 la propia ONU detectó que Irán ya usaba armas químicas en su guerra con el vecino Irán.  El mismo país empleó gases venenosos contra la población de la etnia kurda.

 

El peligro mayor, con todo, es la guerra propiamente biológica a la cual cualquier persona puede estar expuesta sin saberlo y sin poder evitarlo.  Sus características les permiten a los terroristas actuar sigilosamente, huir sin dejar huella y matar a muchas personas.  Por eso, fueron explicables las alarmas que sonaron por todo el mundo con motivo de la irrupción del ántrax.  Este, sin embargo, es una enfermedad bastante conocida es países del tercer mundo y tan antiguo como las primeras narraciones bíblicas en las cuales se le da el nombre, todavía usual en América Latina, de carbunco.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 202-203)

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AUTHOR - Casa Roca

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