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Los hijos de Abraham | La nueva sinagoga

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

Hoy en día hay un cierto hispanoisraelismo que se hace evidente en comunidades sefarditas que optan por la fe cristiana.  Todos debemos alegrarnos de que en el pueblo del Señor haya gente que lo acepte como su Mesías; sin embargo, las sinagogas mesiánicas hispanas que hoy surgen comportan riesgos para los cristianos gentiles.  Algunas personas se han dado a la tarea de excavar en sus árboles genealógicos para identificar el  elemento hebreo.  Hace varias décadas el poeta colombiano Rafael Ortiz González escribía:

 

Pero es tan fuerte el fiel determinismo

por estas latitudes milenarias,

que he sacudido el árbol de mi sangre

a ver si de la fronda de mis venas

vuela una vieja golondrina hebraica.

 

A muchos les queda fácil hallar el hilo que desenrede el ovillo de sus ancestros judíos.  Recientemente recibí un correo electrónico desde Atenas,  enviado por el judío mesiánico Félix Guttmann, en el cual se me informa que los Silvas son sefarditas que huyeron de la Inquisición y se afincaron en Colombia y Chile.  (Por este descubrimiento no se me ocurriría mandarme a circuncidar.) El gran inconveniente de esta nueva ola radica en que muchos entusiastas neófitos organizan grupos informales que se dedican a judaizar a los cristianos hasta descristianizarlos, o bien a cristianizar a los judíos desjudaizándolos y no cristianizándolos propiamente.

En Estados Unidos, por suerte, existen mejores controles de calidad para estos productos y, por supuesto, hacen presencia sólidas y correctas comunidades como la Alianza Judeo–Mesiánica Internacional que lidera el rabino y pastor David Sedaca, argentino por más señas, quien aporta elementos culturales latinoamericanos muy valiosos a este movimiento insurgente de grandes proyecciones.

Alguien pensará que las propuestas de este libro son utópicas.  Pretender que Estados Unidos, como eje del mundo actual, sea el núcleo de fusión de tantas fuerzas contradictorias suena a mera ilusión.  Sin embargo, lo que hoy es la Civilización Cristiana Occidental se amalgamó en Roma – los romanos eran los gringos de aquel tiempo – conciliando elementos disímiles en apariencia: la filosofía griega, la legislación romana, la ética semítica, la cultura celtogermánica, todo ello con el soplo del Espíritu Santo a través de las Sagradas Escrituras.  El cristianismo es el gran catalizador humano, pero ha sido funesto error considerarlo como una cultura en sí mismo, pues uno puede ser cristiano y anglosajón, cristiano y latinoamericano, cristiano y chino, cristiano e indígena, sin dejar de ser lo uno para poder ser lo otro.  La Biblia es bien clara al respecto:

Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla.  Estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con ramas de palma en la mano

Apocalipsis 7:9

Lo maravilloso de los Estados Unidos es la diversidad sin límites.  La xenofobia es mal desconocido en su territorio, salvo el caso de fanáticos – terroristas nunca faltan – para quienes el ser humano superior es el que forma en sus propias filas.  De ahí que resulte relevante, en un examen de posibilidades futuristas, a la luz – o a la sombra – de la tragedia septembrina, detenerse a pensar en un posible acuerdo sobre temas mínimos entre las distintas vertientes del monoteísmo, sin descartar sus perfiles particularistas. La historia no se estanca, ni puede hacerlo, en pequeños reductos raciales, religiosos o culturales.  La virtud del cristianismo es aprovecharlo todo, sintetizarlo todo, organizarlo todo, del caos al concierto, bajo la batuta del Gran Maestro Universal.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 185-187)

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AUTHOR - Casa Roca

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