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Los hijos de Abraham

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

Es muy triste reconocer que el terrorismo religioso y, en buena parte, el político han tenido como protagonistas muy notorios  a través de la historia a los monoteístas; ejemplo de lo cual es la pugna actual entre maronitas e islámicos en el Líbano. Cristianos contra judíos, cristianos contra musulmanes, musulmanes y judíos entre sí han alcanzado un nivel de crueldad en sus guerras casi inaceptable para salvajes sin el conocimiento de Dios.  Todo comenzó cuando los fariseos, acaudillados por el terrorista paramilitar Saulo de Tarso, hicieron víctimas a los primeros cristianos de torturas y matanzas;  y, si bien es cierto que los césares, con Nerón mismo a la cabeza, entregaron a las fauces de los leones a los seguidores de Jesús, no lo es menos que, andando el tiempo, los últimos hicieron a los judíos reciprocidades violentas.

El cargo de deicidas que se les endilgó a los adeptos de la ley mosaica es una de las más grandes contradicciones al espíritu de la fe cristiana.  El  deicidio es, simplemente, una imposibilidad, puesto que si Dios no puede morir, no hay quien pueda matarlo; y, si Dios muriera, la muerte misma sería Dios, pues en ella residiría el poder absoluto.  Es obvio que Jesucristo muere en la cruz como hombre, no como Dios, de la misma manera que nace de María no como Dios sino como hombre.   Si Dios no puede nacer tampoco puede morir.

Siguiendo aquella lógica los cristianos deberíamos, más bien, estar agradecidos con los judíos por haber dado muerte a Jesús, puesto que de ese hecho vino nuestra redención.  En otras palabras, si Jesús no hubiera muerto no habríamos sido redimidos.  Sin embargo, la gratitud debe estar orientada en forma exclusiva a El por su sacrificio voluntario y no a los humanos agentes que lo hicieron posible.

La iglesia romana extremó los procedimientos de crueldad para ‘castigar’ a los judíos por el deicidio y solo recientemente, por buenos oficios de Juan Pablo II, se ha pedido perdón a los descendientes directos de las víctimas de aquel absurdo terrorismo religioso, que tuvo sus expresiones más refinadas en la Santa Inquisición.

El caso de las Cruzadas no es menos grave.  Al surgir el Islam como opción espiritual para los árabes, Roma sintió amenazadas sus ‘posesiones’ en Tierra Santa y las emprendió a sangre y fuego contra los hijos de Ismael, quienes respondieron en forma similar.  Las historias que se conservan de aquellos enfrentamientos son espeluznantes.  Algunos cristianos, en nombre del Príncipe de la paz, idearon sadismos sofisticados e ignominias bélicas inimaginables contra los impíos.  Los musulmanes no salieron del todo mal librados de esta guerra terrorista, pues arrebataron a la cristiandad fuertes baluartes que no le ha sido posible recuperar.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 180-181)

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AUTHOR - Casa Roca

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