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VI-ENE-04

Los tesoros perdidos | El arca perdida

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

Una aleccionadora historia del primer libro de Samuel nos relata que los filisteos derrotaron a los israelitas en una encarnizada batalla y que no solamente mataron a muchos sino robaron el Arca de la Alianza, precioso tesoro espiritual celosamente guardado desde la travesía por el desierto.  Ninguna derrota podía ser mayor que ésta; los dos inmorales hijos de Elí murieron en la batalla y el propio viejo sacerdote que había sido permisivo con ellos en extremo, al recibir tan terribles noticias, cayó de espaldas de la silla donde reposaba, se rompió la nuca y murió.  Además,

Su nuera, la esposa de Finés, estaba embarazada y próxima a dar a luz.  Cuando supo que el arca de Dios había sido capturada, y que tanto su suegro como su esposo habían muerto, le vinieron los dolores de parto y tuvo un alumbramiento muy difícil.  Al verla agonizante, las parteras que la atendían le dijeron: Anímate, que has dado a luz un niño.  Ella no respondió; ni siquiera les hizo caso.  Pero por causa de la captura del arca de Dios, y por la muerte de su suegro y de su esposo, le puso al niño el nombre de Icabod, para indicar que la gloria de Israel había sido desterrada.  Exclamó:  ¡Se han llevado la gloria de Israel! ¡El arca de Dios ha sido capturada!

1 Samuel 4:19-22

El nombre Icabod significa, patéticamente, ‘sin gloria’.  Cuando se pierde el tesoro de la alianza con Dios, como ocurrió a Israel en aquel tiempo, las desgracias se desencadenan en forma incontenible. ¿No habrá pasado algo de esto el 11 de septiembre? ¿No habría, acaso, algunos Ofnis y Finés que fornicaban a inmediaciones del templo? Por fortuna, esta arca siempre es recuperable;  no sucede con ella lo que con la de Noé, que ha originado tantos y tan variados mitos.  El arrepentimiento siempre establece el pacto con el Señor y, cuando es guiado por propósitos de sincera enmienda, tiene poder para devolver el arca a  su sitio: el corazón humano.  No hay filisteo capaz de retener ese tesoro, Dios mismo le ordena devolverlo a su dueño legítimo: el creyente.

Así que mandaron este mensaje a los habitantes de Quiriat Yerín: Los Filisteos han devuelto el arca del Señor; vengan y llévensela.

1 Samuel 6:21

En los últimos decenios del siglo XX el arca de Dios fue capturada por guerreros espirituales de un ejército adverso; tomaron lo sagrado, lo llevaron a tierra extraña e hicieron un mal uso de sus poderes;  algunos murieron, otros fueron a la cárcel, pues lo santo no puede manipularse con manos inmundas.  Quienes quisieron recuperar el arca, por otra parte, no tuvieron cuidado de llevarla al lugar que le correspondía; la dejaron en alguno diferente a la Santa Ciudad.

 

Igual que ayer, necesitamos un David decidido y corajudo que vaya por el arca y la ponga donde debe estar, como el propio Samuel lo relata en su segundo libro:

 

En cuanto le contaron al rey David que por causa del arca el Señor había bendecido a la familia de Obed Edom y toda su hacienda, David fue a la casa de Obed Edom y, en medio de gran algarabía, trasladó el arca de Dios a la Ciudad de David

2 Samuel 6:12

Sacudida por los luctuosos acontecimientos septembrinos, la iglesia cristiana tienen la perentoria obligación de retomar el arca de su santa alianza con Dios y ponerla a cubierto de merodeadores, oportunistas y mercaderes que la utilizaron como pretexto para sus transgresiones.  Que vuelva a reposar serenamente en corazones contritos y nunca más sea llevada a tierra de filisteos

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 165-167)

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AUTHOR - Casa Roca

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