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VI-AGO-02

Los tesoros perdidos | El hijo perdido p3

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

Hay muchos como este resentido.  De hecho, abundan en las iglesias cristianas.  Se creen muy buenos, muy pulcros, muy laboriosos, muy irreprensibles, pero no tardan en mostrar su verdadero carácter: tienen el corazón invadido por el cáncer de la envidia.  Y no captan el verdadero mensaje de Jesús:

“Hijo mío – le dijo su padre -, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo.  Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la  vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado.”

Lucas 15: 31-32

De hecho lo que nos ocurre hoy no es que hayamos perdido un hijo, sino un hermano.  Y, mientras el Padre extiende sus brazos llenos de amor para acogerlo, nosotros – los limpios, los puros, los santos, los irreprensibles – nos mostramos irremediablemente ofendidos por tanta generosidad.  A veces increpamos a Dios por ser tan bueno con los malos, cuando nosotros, en nuestro ilustrado concepto, mereceríamos un trato preferencial debido a nuestra santidad inocultable que resplandece ante todos los hombre.

Dios sale hoy todos los días, a todas horas, a la vera del camino humano a esperar a ese hijo perdido, mientras nosotros – los limpios, los puros, los santos, los irreprensibles – nos matamos trabajando en los campos del Padre para tratar de agradarlo y ganar su aprobación.  Si nuestro hermano se ha perdido, es su problema, no el nuestro.  Nos amargamos cuando el Padre acepta de buena gana a nuestros hermanos disolutos   si regresan al hogar, porque nos juzgamos a nosotros mismos dignos de mejor aprobación.

El gran tesoro perdido de Dios es el pecador.  ¿Cuántos perecieron en las torres gemelas sin conocer la verdad? ¿A cuántos rechazamos cuando quisieron  ir a la casa paterna con el corazón compungido? ¿Cuál fue nuestra reacción frente a hermanos descarriados que quisieron recuperar su posición como hijos del Padre común?  Reprendamos el orgullo espiritual que nos hace mirarnos al espejo narcisista de falsas virtud y perfección, y nos impide ver más allá de nuestro propio rostro las lágrimas del hermano que pide perdón y reclama una nueva oportunidad en la casa paterna.

Todos hemos sido, en algún momento, el rebelde que abandona el alero del padre y derrocha la herencia, comparte con cerdos y prostitutas el hambre y la desolación y, finalmente, acosados por una angustia existencial incontrolable, tomamos una decisión: Iré  a mi Padre, le pediré perdón y le diré que me reciba como sirviente.  Eso somos: sirvientes del Señor.  Que El nos dé sabiduría para abrir las puertas a sus hijos descarriados que decidan volver a casa.

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 175-176)

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AUTHOR - Casa Roca

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