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VI-FEB-01

Los tesoros perdidos | El libro perdido P2

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

Hoy se leen muchos libros sobre la Biblia, pero no se lee la Biblia; y los que lo hacen, en vez de aplicar las lecciones derivadas del texto, se dedican a discutir sobre pergaminos, manuscritos, códices, traducciones, lenguas, escribas, talmudistas y otros temas subalternos.  A veces, sinceramente, la Biblia está perdida en lenguajes antiguos, arcaísmos y construcciones gramaticales vetustas e inactuales. Una buena forma de recuperar este tesoro perdido es la actualización del lenguaje para que se entienda por el lector de hoy, de una mentalidad muy diferente a la de hace, digamos, quinientos años, cuando las torres gemelas no existían ni en la imaginación más febril;  tanto menos atrás en el tiempo cuando el terrorista mas famoso fue Eróstrato por incendiar el templo de Artemisa en Éfeso.

 

En los años cincuentas del siglo pasado, el estado de Israel se vio invadido por las inmigraciones de la diáspora proveniente de todos los países del mundo, y le llegaron muchas novedades, algunas útiles, otras corruptoras. Entre las últimas, cierto liberalismo judío que, posando de ilustrado, menospreció la Biblia y enseñó en escuelas y universidades que tal libro era uno más de muchos textos religiosos propios del Oriente Medio. Estos inteligentes y modernos judíos habían cambiado la tradicional concepción divina esencial de su pueblo y algunos ya aceptaban la teología de la muerte de Dios, de Altuzer.

 

Pero cuando tales perversiones avanzaban muy orondas, desprevenidos beduinos tropezaron, sin proponérselo, con el tesoro perdido: los rollos del Mar Muerto. Si alguien quería una prueba científica objetiva sobre la validez y autenticidad de las Sagradas Escrituras, allí la tenía. El tesoro perdido se conservaba intacto en vasijas de barro dentro de unas cavernas, no custodiado por pequeños demonios: gnomos, elfos o duendes, sino por ángeles de Dios con espadas de fuego.

 

Cuando la cristiandad extravió el gran tesoro, la Biblia; cuando llego a prohibirse su búsqueda bajo pena de excomunión, unos nuevos esenios llamados los protestantes se enclaustraron en cavernas de bibliotecas  a recuperar, línea por línea, el tesoro escritural. No hay razón para que sus herederos, los evangélicos de hoy,  hayan permitido el extravío del bíblico tesoro. Lamentablemente, no pocos han contribuido a que se pierda, o la han escondido de los buscadores ansiosos. Hoy la Biblia se ha extraviado en el templo, como en los viejos tiempos de Josías.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 168-169)

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AUTHOR - Casa Roca

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