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VI-FEB-02

Los tesoros perdidos | La oveja perdida P1

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

Uno de los estragos más grandes producidos por las nuevas corrientes teológicas, cuando se salieron de cauce por contemporanizar con el medio ambiente intelectual y social del siglo pasado, fue la idea – hoy generalizada principalmente entre los jóvenes – de que el hombre es bueno por naturaleza y, siendo inocente de la existencia de las tentaciones, mal podría ser juzgado por caer en ellas.  Los pensadores de esta línea nunca nos aclararon por qué razón un niño es espontáneamente perverso: egoísta, mentiroso, cruel. ¿Quién le enseñó a ser así?

 

Tuvo mucha razón Bertrand Russell cuando dijo que este mundo será lo que nosotros queramos que sea.  El propio pensador británico quiso que fuera ateo, y lo fue.  O casi.  Al final de su vida, por llevarles la contraria y causarles indigestión, Russell solo legó a los gusanos un viejo esqueleto forrado de arrugas.  No pudo contradecir a la muerte quien dedicó toda su vida a contradecir a la vida.  Librepensador por tarea, fue campeón en el arduo deporte de nadar contra la corriente.

 

Cuando la humanidad pedía guerra, agitaba con nervuda mano la bandera de la paz; si la tierra necesitaba paz, se convertía en apocalíptico adalid de la guerra.  De joven, pagó con cárcel una censura a la conscripción; en la ancianidad, maldijo el que los años no le permitieron alistarse en el ejército.  Don Sarcasmo fue un símbolo del siglo XX, edad de la refutación, la duda, la contradicción, lo relativo.  El hombre de esa centuria fue un animal contradictorio, como Pablo dando coces contra el aguijón.

 

Para el pensamiento surgido de cerebros como el de Russell, lo importante era ir al revés de lo convencional: los estudiantes contra los maestros, los hijos contra los padres, las mujeres contra los hombres, los feligreses contra el clero, los gobernados contra los gobernantes, los ateos contra Dios, todos los pájaros tirándoles a todas las escopetas,  porque sí o porque no, sencillamente.  El hombre fue así un tesoro que Dios perdió.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 168-170)

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AUTHOR - Casa Roca

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