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VI-AGO-03

Los tesoros perdidos | Parte 1

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

La vida humana es la búsqueda de un tesoro perdido. Desde tiempos no codificados la memoria ancestral ha contado este cuento: el hombre perdió algo, no se sabe qué ni cuándo, y ha dedicado todos sus recursos y fuerzas disponibles a procurar su recuperación. Jamás ha tenido éxito en su empresa, pero nunca ha cejado en su intento. En culturales y folclóricas versiones, le ha dado muchos nombres a su pérdida: la fuente de la eterna juventud, el elíxir de larga vida, la felicidad, etc.

 

La epopeya de los argonautas griegos a la búsqueda del vellocino de oro en la remota Cólquide es quizás la más elaborada pieza literaria sobre este asunto. De alguna manera, todos los cultores artísticos se han ocupado del tema:  el Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, y la Isla del Tesoro, de Stevenson, son ejemplos populares de ello. La leyenda de El dorado de la América precolombina inspiró por igual la odisea de la conquista española y casi todas las escrituras hispano-amerindias desde Juan de Castellanos hasta García Márquez.

 

El Anillo de los Nibelungos, de Ricardo Wagner, es una pieza tomada de la mitología germano-escandinava, y en ella se nos informa que el tesoro perdido es custodiado por pequeños demonios que han recibido variados nombres: gnomos, elfos, duendes, etc.  Los siete enanitos de Blanca Nieves cumplen tarea parecida.  En la América Latina, principalmente sus zonas rurales, los tesoros guardados bajo tierra se llaman guacas; y, así como en los castillos escoceses son custodiados por fantasmas, en esta parte del mundo las almas del purgatorio están encargadas de tal celaduría.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 161-162)

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AUTHOR - Casa Roca

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