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El Código Jesús Tag

VI-JUN-03

Toda la luz en una lámpara P5

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

El viernes, en el Calvario, la mano de Dios activó el off’. Satanás, el príncipe de las tinieblas, tuvo su cuarto de hora porque el Padre desconectó el interruptor de su Hijo, instalado en la cruz, cuando cargaba sobre sus hombros todos los pecados de todos los hombres de todas las épocas. Anselmo de Canterbury vio la expiación como el acto supremo por medio del cual Dios supera para siempre el conflicto entre su amor y su ira. «Desde el mediodía y hasta la media tarde toda la tierra quedó en oscuridad. Como a las tres de la tarde, Jesús gritó con fuerza: —Elí, Elí, ¿lama sabactani? (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”». (Mateo 27:45,46)

 

El domingo, la mano de Dios activó de nuevo el on Y, cuando el Padre prendió el interruptor del Jesús-Luz, Satanás fue cegado definitivamente por el resplandor de la resurrección y los poderes demoníacos se replegaron, aterrados, a sus agujeros negros.

 

El hombre posmoderno repite, en la vida real, la vieja y oscura saga del doctor Fausto, un ser complejo, lleno de contradicciones, que se deja comprar por Mefistófeles para seducir a Margarita y tener éxito en la vida. En la pluma de Goethe, esta leyenda germano-escandinava se convierte en “el mito filosófico por excelencia”, según Hegel.

 

Desde la óptica religiosa, el tema de “venderle el alma al diablo” propio de Fausto, fue tratado a fondo por Kierkegaard en su maravillosa obra ‘Temor y temblor’, que hace temer y temblar a las almas sensibles.

 

Se dice que Goethe, al momento de entregar el espíritu, exclamó con voz suave: “Luz, más luz”. De ser ello verdad, lo que el genio alemán estaba viendo en ese instante supremo no era el reino de aquel personaje que él bautizó con el nombre germano del príncipe de las tinieblas, Mefistófeles. ¡Gracias  a Dios si el poeta vio la luz eterna! El asunto es simple, como lo percibió Un Monje de la Iglesia de Oriente: “En torno de Jesús no hay tragedia, porque ningún problema permanece sin solución. De ahí que la dificultad de ser su discípulo radica no en desconocer lo que hay que hacer, sino en tener la fuerza de hacerlo. Lo que se ha llamado la tragedia de la existencia humana desaparece en Cristo. Si se ve la luz, se puede andar en la luz”.

 

El hombre posmoderno es, pues, un doctor Fausto que le ha vendido el alma al diablo. Quiera Dios que, en medio de su ‘sorda ceguera’, finalmente escuche, como el personaje literario lo hizo,  la voz de Aquel que dice todo el tiempo: «Yo soy la luz que ha venido al mundo, para que todo el que crea en mí no viva en tinieblas». Juan 12:46

 

Todavía ese ‘Fausto corporativo’ que es la humanidad de hoy, puede romper el contrato firmado con el extorsionista espiritual que vive en las tinieblas, ama las tinieblas y gobierna las tinieblas, y suscribir el nuevo pacto con el Hombre-Luz, que garantiza el vitalismo espiritual de su fotosíntesis eterna. Ese contrato también se firma con sangre, solo que no es la propia de Adán-Fausto, sino la de Jesús de Nazaret, una sangre que alumbra.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 176-178)

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VI-JUN-02

Toda la luz en una lámpara P4

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El Logos es la luz que produce la creación y la armonía que la sostiene. (Colosenses 1:16,17). La luz es música y la música es luz, porque el Logos es luz y música. A propósito, el pentagrama es un código que tiene claves, el clavicordio es una clave que tiene cuerdas; y, por eso, me  pregunto ahora mismo: ¿no será  cada melodía un esfuerzo artístico por descifrar la Luz? Mientras escribo, estoy oyendo ‘El evangelio según San Mateo’, de Juan Sebastián Bach; y, en este instante, caigo en la cuenta de algo: es música cósmica. ‘El clave bien temperado’, del mismo autor, es música científica.

 

Tuvo mucha razón el popular cosmólogo Carl Sagan cuando, en una de sus últimas entrevistas antes de morir, le dijo a un ministro cristiano que ya era tiempo de que los científicos y los teólogos se sentaran a dialogar. Pensándolo bien, así como hay una ciencia de la teología, debiera haber una teología de la ciencia. Sería provechoso intentar en el futuro el desarrollo de una Teociencia capaz de  reconciliar la información sobre las criaturas con el conocimiento del Creador.

 

“Yo soy la luz” es la majestuosa presentación personal que Jesús hace en medio de sus perplejos conciudadanos, entre ellos los fariseos; estos, como es obvio, replican de inmediato increpándole a Jesús  que sea tan presuntuoso para auto-representarse siendo incapaz de traer algún testigo creíble en quien su descomunal afirmación encuentre algún respaldo. Sin perder la compostura, él se atreve a decir algo que hoy debiera resonar en las orejas del mundo perdido: «En la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Uno de mis testigos soy yo mismo, y el Padre que me envió también da testimonio de mí. —¿Dónde está tu padre? —Si supieran quién soy yo, sabrían también quién es mi Padre». (Juan 8:17-19)

 

Aquellas gentes sufrían de amnesia. Su profeta Isaías, gran favorito de los mesiánicos, había hecho una advertencia clara y directa sobre “Galilea, tierra de paganos, en el camino del mar, al otro lado del Jordán”. Allí, precisamente en Nazaret, ese vaticinio había tenido cumplimiento de manera impactante, sin que la ciudadanía en general se diera cuenta:

 

«A pesar de todo, no habrá más penumbra para la que estuvo angustiada. En el pasado Dios humilló a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pero en el futuro honrará a Galilea, tierra de paganos, en el camino del mar, al otro lado del Jordán». El pueblo que andaba en la oscuridad». Isaías 9:1,2

 

Jesús andaba entre la gente como una lámpara con el dimmer atenuado hasta el mínimo. La transfiguración se produce cuando el atenuador vuelve a subir al máximo, y Jesús-Luz se muestra tal como es. «Allí se transfiguró en presencia de ellos; su rostro resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz».  (Mateo 17:2)

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 174-176)

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VI-JUN-01

Toda la luz en una lámpara P3

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Como ya lo hemos señalado, todas las religiones falsas contienen algún esbozo de la religión verdadera. Entre los persas, por ejemplo, el dios Ahura-Mazdá encarnaba el bien, la belleza y el conocimiento; por oposición, Ahrimán, personificación del mal, era el príncipe de las tinieblas. La adoración pagana del sol nace del deseo inconciente de rendir culto a la luz. Eso ocurría con el antiguo Ra de los egipcios, hoy recurso de crucigramistas apurados.

 

La palabra ‘luz’, en todas las culturas de todas las épocas, supera lo físico para adquirir categoría de un ideal que ilumina, no ya  las cosas materiales, sino los espíritus. A fines de la Edad Media, cuando se pusieron de moda en España las ideas del pensador árabe Averroes, el rabino sefardita Hasday Crescas produjo su obra maestra ‘La luz del Señor’, que criticaba severamente la metafísica y el aristotelismo, para darle un reconocimiento expreso a los derechos del corazón.

 

Es precisamente en el corazón donde reside lo que los cuáqueros llamaron “la luz interior”, esa pauta divina que le permite a toda persona, en forma natural, distinguir lo bueno de lo malo, lo falso de lo verdadero, la virtud del pecado. Aún los gentiles, dice san Pablo, “llevan escrito en el corazón lo que la ley exige” (Romanos 2:15)

 

Ahora bien, la Luz con mayúscula produce luz con minúscula. Lo que los científicos materialistas no han podido explicar es el fiat lux, la operación primigenia del Logos.  El astrofísico vietnamita Trinh Thuan, en un reportaje para la revista ‘Paris Match’, hizo afirmaciones sorprendentes:

 

“La cosmología moderna (el estudio del universo en su conjunto) ha

impuesto la idea de una creación original y la cuestión de la existencia de

un Creador se plantea inevitablemente. En efecto, nosotros sabemos ahora

que el universo tuvo un comienzo, por el ‘big bang’. Pero ¿cómo todo esto

ha evolucionado? A esta pregunta algunos prefieren responder: “por azar”

Por  mi parte, considerando la fabulosa precisión de los mecanismos que

precedieron la evolución del universo para desembocar en el hombre, yo

prefiero situarme abiertamente  en el campo de los que creen en la

hipótesis de un Creador”.

 

El doctor Thuan es autor de un libro de vasta circulación a finales de los años ochenta: ‘La melodía secreta’, en el cual sostiene que el hombre y el universo deben considerarse en estrecha simbiosis: “si el universo es tal como él es, es porque el hombre está hoy en él para observarlo y plantearse preguntas”. La conclusión del científico vietnamita tiene un aire poético: “Más allá del universo en expansión, se percibe a Alguien tocando en un violín una melodía secreta”.

¿La ‘música de las esferas’ de  Pitágoras?

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 172-174)

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VI-MAY-05

Toda la luz en una lámpara P2

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Hallaremos una buena clave si recordamos lo ocurrido en el templo de Jerusalén unos treinta años atrás. Un anciano justo llamado Simeón esperaba ansiosamente la redención de su pueblo; y, claramente, el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin conocer al Mesías prometido por los profetas. Cuando el niño Jesús fue llevado al templo para circuncidarlo, Simeón lo tomó en sus brazos temblorosos y pronunció estas solemnes palabras: «Según tu palabra, Soberano Señor, ya puedes despedir a tu siervo en paz. Porque han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz que ilumina a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». (Lucas 2:29-32)

 

Imagino la reacción de algún farsante religioso presente allí:

 

—Oye, viejito, ese bebé nació en condiciones muy precarias, en un establo, entre una mula y un buey. ¿Cómo puedes pensar que es el Mesías? Francamente ya te está afectando el mal de Alzheimer, Simeón… “Luz que ilumina a las naciones”, ¡vaya despropósito!

 

Ya hemos explicado qué es el Logos, la palabra creadora en acción continua. Ahora tenemos una clave adicional: la palabra es la misma luz, conclusión a la que se puede llegar al comparar Génesis 1:4 y Juan 1.4. El primer acto de la creación consiste en que Dios ordena por medio de su Palabra que haya la luz y así sucede; pero hay un detalle que no debe pasarse por alto: la Palabra, es decir, el Verbo —Logos— era Dios desde el principio y  “en él estaba la vida, y la vida era la luz”.

 

«Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo.

El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él,

pero el mundo no lo reconoció»

(Juan 1:9,10)

 

Ahora tenemos la luz, toda la luz, enfrascada dentro de una bombilla humana que se llama Jesús de Nazaret. Se nos ha enseñado en el colegio, en las clases de física elemental, que el comportamiento de los cuerpos frente a la luz permite considerarlos como reluctantes o absorbentes, según la rechacen o la asimilen. Espiritualmente ocurre lo mismo: a Jesucristo lo asimilamos o lo rechazamos sin términos medios. No puede suceder de otra manera ya que Él es la luz. Frente al Jesús-Luz, ¿qué somos: absorbentes o reluctantes?

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 171-172)

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VI-MAY-04

Toda la luz en una lámpara P1

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El dolor viene de la oscuridad y lo llamamos sabiduría.

Randall Jarrell

 

«Una vez más Jesús se dirigió a la gente, y les dijo: —Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».

(Juan 8:12)

 

Acaba de escenificarse uno de los episodios más espectaculares y dramáticos en la vida de Jesús de Nazaret. Estaba él enseñando en el templo, cuando un grupo de maestros religiosos irrumpió al recinto arrastrando de los cabellos a una asustada mujer que había sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. De acuerdo a la Ley de Moisés, ella debía ser apedreada sin juicio previo alguno.

 

Con su proverbial astucia, escribas y fariseos pusieron a Jesús en un tremendo aprieto:

Si decía:

—No la apedreen, se hacía trasgresor de la ley y él mismo debería ser juzgado.

Si decía, por el contrario:

-Apedréenla, entraría en contradicción consigo mismo y sus particulares enseñanzas. Es entonces cuando el Nazareno, como solía hacerlo, se sale con la suya de la manera más inesperada, al decirles:

—No hay problema, que tenga el honor de inaugurar la lapidación, tirando la primera piedra, aquel que esté libre de pecado.

 

¡Sorpresa! Los que a sí mismos se consideraban limpios y puros, son acusados directamente por ese  juez íntimo e implacable que todos llevamos dentro del corazón: la conciencia. Ninguno podía —ninguno puede— levantar su mano en juicio contra nadie a no ser contra sí mismo. Al quedarse solo con la adúltera, lo lógico habría sido que el único santo viable procediera a juzgar el caso con rigor. Sin embargo, él en persona, de cuerpo entero ante la mujer, se limita a decirle:

 

—¿Sabes una cosa? Ninguno de tus acusadores te podía condenar; yo, que  tengo plena autoridad para hacerlo, tampoco lo haré. Vete tranquila y no  vuelvas a pecar. (Juan 8:3,11) De esta manera, Jesucristo demuestra que hay una ley superior a la ley, que es la conciencia; y que hay, también, una ley superior a la conciencia, que es el amor.

 

¿Cómo puede Jesús hacer que luzca muy casual algo tan fuera de serie? Inmediatamente, ya ida del recinto la pecadora perdonada, el rabí retoma el curso de su interrumpido sermón y responde a los mudos interrogantes con una declaración de cuatro palabras: “Yo soy la luz”. Eso explica, tácitamente, el por qué Jesús todo lo tiene claro, sin sombras ni matices. Dicho nítidamente, sin dudas.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 169-171)

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VI-FEB-01

El Proveedor es la misma provisión

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Las viejas discusiones sobre transubstanciación, consubstanciación y similares son esterilizantes y divisionistas entre los cristianos y, también, entre ellos y el resto de la sociedad. Durante la conquista española del Nuevo Mundo, fue célebre la anécdota  del señor de los incas, Atahualpa, a quien un fraile encapuchado del Santo Oficio quiso convertirlo a la fe cristiana por métodos duros de presión, no mostrándole al soberano indígena el amor de Jesucristo, sino un Dios vengativo para con los infieles.

 

Se dice que el cruel confesor increpó al joven monarca aborigen con estas palabras:

 

—Tú eres un salvaje porque adoras al sol.

La crónica añade que Atahualpa replicó, sin pestañar:

— Más salvaje eres tú, que te comes a tu Dios.

 

Los sectarios evangelizadores españoles no fueron sabios con aquellos a quienes buscaban evangelizar; lamentablemente, quisieron imponer en vez de convencer, y no buscaron  puntos claves de contacto. Por ejemplo, es evidente que, dentro de su politeísmo, los incas sostenían cierto monoteísmo frontal y aceptaban de buena gana que había un Dios Supremo que gobernaba el cielo y la tierra y era Señor de todo.

 

“El pan de vida” no es una expresión pleonástica, por más que lo parezca. El pan no ES vida sino que DA vida. El pan es el sustento de la vida, pero no su origen; sostiene  la vida, pero  no la  produce. La vida no proviene del pan, aunque necesita el pan para seguir siendo vida. Estas reiteradas aclaraciones son necesarias para comprender las afirmaciones de Jesús.

 

¿Qué es lo que pretende cuando dice:

“Yo soy el pan de vida”,

“Yo soy el pan que bajó del cielo”,

“el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”?

 

Simplemente se presenta a sí mismo como la vida que produce pan y el pan que produce vida. Él es el proveedor y es la provisión misma, el ‘Jireh’ Hebreo. Lo que nos provee es su propia Persona. Comer su carne y beber su sangre es, realmente, alimentarnos de Él, de su propio ser, en un banquete de proteínas y vitaminas espirituales que nos da nutrición eterna. Vitalismo espiritual.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 167-168)

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VI-ENE-04

El Proveedor es la misma provisión

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Que Jesús haya bajado del cielo es discutible, que sea un pan es increíble, pero que pretenda darnos a comer su carne es inadmisible. ¡Ni que fuéramos antropófagos! Sin embargo, el Carpintero sigue hablando con la mayor naturalidad sobre el banquete que nos servirá con su carne como pan y su sangre como vino. Definitivamente nos equivocamos al querer coronarlo como rey. Vámonos ya de aquí, no permitamos que este loco nos enloquezca a todos.

 

La sinagoga de Capernaúm, donde Jesús realizaba este debate, quedó desocupada. Muchos de sus discípulos directos, desencantados de la deserción popular y, algunos de ellos, desconcertados por las excéntricas afirmaciones de su Maestro, tiraron la toalla en ese mismo instante. Ya han soportado demasiadas rarezas, pero este cuento de comer la carne y beber la sangre de Jesús es francamente intolerable.

 

«Desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él. Así que Jesús les preguntó a los doce: —¿También ustedes quieren marcharse? —Señor —contestó Simón Pedro—, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

(Juan 6:66- 68)

 

Esta vez el ciclotímico Pedro sube su puntaje a diez. Es asunto de fe el creer las inverosímiles afirmaciones del Nazareno sobre comer su carne como pan y beber su sangre como vino. Obviamente no es posible hacerlo en una forma física, pero Pedro sabe a ciencia cierta que puede hacerse en la forma espiritual, que es una  realidad más confiable, por ser eterna, que la simple realidad material, que es transitoria.

 

Cuando tomo la Cena del Señor, yo sé realmente que como su carne y bebo su sangre, porque todo mi ser se inunda de un misterioso bienestar. Las porciones que recibo no son carne y sangre físicas; pero, tampoco, son solo un trozo de pan y un sorbo de vino. Como bien lo dijera Janzenio, en la eucaristía hay una “comunión vivencial con Cristo”. Esa es la clave.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 166-167)

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VI-ENE-03

El Proveedor es la misma provisión

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Es precisamente en el campo espiritual donde Jesús quiere ubicar a aquellos provincianos que lo han buscado con tanta diligencia. Ellos tenían grabado en el ‘disco duro’ de su inconsciente colectivo el dato de que sus antepasados habían recibido directamente “pan del cielo” para alimentarse durante la penosa travesía del desierto; pero no sabían, y Jesús se lo aclara, que el maná dado por medio de Moisés no era el verdadero pan del cielo.

 

Sin embargo, eran tan torpes que ni siquiera caían en la cuenta de claves elementales. No se percataron, por ejemplo, de cómo el personaje que discutía con ellos en esa ocasión, había nacido en la ciudad de Belén, nombre que significa directamente “casa de pan”. ¿No es esta una clave? Aquel diálogo se torna rápido y cortante:

 

«El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. —Señor —le pidieron—, danos siempre ese pan. —Yo soy el pan de vida —declaró Jesús—. El que a mí viene nunca pasará hambre, y el que en mí cree nunca más volverá a tener sed.

(Juan 6:33-35)

 

Un momento. No estamos aquí para discusiones teológicas, simplemente queremos saber cómo se llenan nuestros refrigeradores y alacenas; y ahora, este Carpintero loco quiere convencernos de que él ha bajado directamente del cielo; más aún, aunque lo vemos como un muchacho común y corriente, dice que no es un hombre sino un pan. Esto parece una película surrealista diez y nueve siglos antes de Luis Buñuel.

 

«Ciertamente les aseguro que el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Los antepasados de ustedes comieron el maná en el desierto, y sin embargo murieron. Pero éste es el pan que baja del cielo; el que come de él, no muere. Yo soy el pan vivo que bajó del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre. Este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva. Los judíos comenzaron a disputar acaloradamente entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

 

—Ciertamente les aseguro —afirmó Jesús— que si no comen la carne del Hijo del hombre ni beben su sangre, no tienen realmente vida. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él».

(Juan 6:47-56)

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 164-166)

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VI-ENE-02

El Proveedor es la misma provisión

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Lastimosamente, aquella multitud, de la cual formamos parte todos sin excepción, no busca a Jesucristo para decirle: -Queremos escuchar otro de tus sermones para alimentar nuestros espíritus. Lo único que aquellos amotinados  —nosotros mismos— querían —queremos— es que Jesús les llenara —nos llene— las panzas. Lo dice el refranero: “Barriga llena, corazón contento”. Bíblicamente hablando, “comamos y bebamos que mañana moriremos”, como escribió Isaías.

 

Cierto que el pan es necesario para la vida; tanto que, después de la desobediencia original,  los descendientes de Adán hemos tenido que ganarlo con el sudor de la frente. En buen romance, “ganarse el pan” es trabajar. La propia palabra pan es, simplemente, en todos los idiomas y todas las culturas, el símbolo por antonomasia de la alimentación.

 

El pan tiene, además, connotaciones sagradas. Desde los tiempos más remotos, el culto a los dioses lo ha incorporado  como parte de las ceremonias religiosas. Melquisedec, rey de Salén  y sacerdote del Dios altísimo, bendice a Abraham mediante la ofrenda de pan y vino, como una misteriosa contraseña.

 

«Y Melquisedec, rey de Salén y sacerdote del Dios altísimo, le ofreció pan y vino. Luego bendijo a Abram con estas palabras: “¡Que el Dios altísimo, creador del cielo y de la tierra, bendiga a Abram! ¡Bendito sea el Dios altísimo, que entregó en tus manos a tus enemigos!”. Entonces Abram le dio el diezmo de todo».

 (Génesis 14:18-20)

 

Para conectarse con Baal, los cananeos comían un muñequito de pan que era el cuerpo mismo de su dios, según ellos creían. Hay quienes afirman que la palabra caníbal es una formación —o deformación— que significa originalmente: “el cananeo que se come a Baal”. Se utiliza este argumento para combatir la creencia supersticiosa en la transubstanciación.

 

Ahora bien, en el rito judío, los llamados ‘panes de la proposición’ eran doce porciones, cocidas en vasos especiales, que se ofrecían y colocaban en el tabernáculo todos los sábados, cabalmente en memoria de las doce tribus de Israel.

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 163-164)

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VI-ENE-01

El Proveedor es la misma provisión

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Las autoridades romanas  distribuían  pan gratis  para promover el reino de César, y

Jesús hubiera podido hacer lo mismo para promover el suyo.

Philip Yancey

 

 

«Yo soy el pan de vida. Los antepasados de ustedes comieron el maná en el desierto, y sin embargo murieron. Pero éste es el pan que baja del cielo; el que come de él, no muere». (Juan 6:48-50)

 

Se ha cumplido con éxito la multiplicación de los peces y los panes y la muchedumbre saciada es un multiplicador exponencial del milagro. Ahora muchas personas más saben que Jesús saca lo grande de lo pequeño, la demasía de la pequeñez, lo extraordinario de lo ordinario. No cabe duda de que él debe ser el Mesías prometido, hay que coronarlo rey sin demora, porque si algo hace falta es, precisamente, alguien que haga abundar la comida.

 

Me fascina interpretar el relato evangélico de Juan 6:14,24. El lago está lleno de barcas como si hubiera preparativos para una gran regata. Los boteros bracean hacia el otro lado, en  grupos que van y vienen afanosamente por la ribera buscando a Jesús, quien se ha retirado solitario a la montaña, adivinen a hacer qué cosa.

 

¡Adivinaron: a orar!

 

Cuando, por fin, los incontables barqueros arriban a la otra orilla, se llevan un gran fiasco: los discípulos de Jesús han dejado abandonada una barca, como para despistarlos. Ya no quedaban ni rastros de Jesús por ahí.

 

¿Qué había pasado? Solo un ‘truco’ sencillo. Jesús pronunció el ‘amén’ al terminar sus oraciones, descendió ágilmente por la ladera de la montaña y se fue a buscar a sus discípulos caminando  sobre el agua como si se tratara de una pista pavimentada, subió a la barca y dijo: —Vamos, señalando de vuelta hacia Capernaúm.

 

Pese a tantos inconvenientes, los desilusionados aldeanos no desmayaron en su empeño de encontrar al Multiplicador de los recursos a toda costa y regresaron a la otra orilla, donde Jesús, muy campante, charlaba con los miembros de su staff sobre los últimos acontecimientos. Y entonces:

 

«Cuando lo encontraron al otro lado del lago, le preguntaron: —Rabí, ¿cuándo llegaste acá? —Ciertamente les aseguro que ustedes me buscan, no porque han visto señales sino porque comieron pan hasta llenarse». (Juan 6:25,26)

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 161-163)

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