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El Código Jesús Tag

VI-FEB-01

El Proveedor es la misma provisión

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

Las viejas discusiones sobre transubstanciación, consubstanciación y similares son esterilizantes y divisionistas entre los cristianos y, también, entre ellos y el resto de la sociedad. Durante la conquista española del Nuevo Mundo, fue célebre la anécdota  del señor de los incas, Atahualpa, a quien un fraile encapuchado del Santo Oficio quiso convertirlo a la fe cristiana por métodos duros de presión, no mostrándole al soberano indígena el amor de Jesucristo, sino un Dios vengativo para con los infieles.

 

Se dice que el cruel confesor increpó al joven monarca aborigen con estas palabras:

 

—Tú eres un salvaje porque adoras al sol.

La crónica añade que Atahualpa replicó, sin pestañar:

— Más salvaje eres tú, que te comes a tu Dios.

 

Los sectarios evangelizadores españoles no fueron sabios con aquellos a quienes buscaban evangelizar; lamentablemente, quisieron imponer en vez de convencer, y no buscaron  puntos claves de contacto. Por ejemplo, es evidente que, dentro de su politeísmo, los incas sostenían cierto monoteísmo frontal y aceptaban de buena gana que había un Dios Supremo que gobernaba el cielo y la tierra y era Señor de todo.

 

“El pan de vida” no es una expresión pleonástica, por más que lo parezca. El pan no ES vida sino que DA vida. El pan es el sustento de la vida, pero no su origen; sostiene  la vida, pero  no la  produce. La vida no proviene del pan, aunque necesita el pan para seguir siendo vida. Estas reiteradas aclaraciones son necesarias para comprender las afirmaciones de Jesús.

 

¿Qué es lo que pretende cuando dice:

“Yo soy el pan de vida”,

“Yo soy el pan que bajó del cielo”,

“el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”?

 

Simplemente se presenta a sí mismo como la vida que produce pan y el pan que produce vida. Él es el proveedor y es la provisión misma, el ‘Jireh’ Hebreo. Lo que nos provee es su propia Persona. Comer su carne y beber su sangre es, realmente, alimentarnos de Él, de su propio ser, en un banquete de proteínas y vitaminas espirituales que nos da nutrición eterna. Vitalismo espiritual.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 167-168)

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VI-ENE-04

El Proveedor es la misma provisión

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Que Jesús haya bajado del cielo es discutible, que sea un pan es increíble, pero que pretenda darnos a comer su carne es inadmisible. ¡Ni que fuéramos antropófagos! Sin embargo, el Carpintero sigue hablando con la mayor naturalidad sobre el banquete que nos servirá con su carne como pan y su sangre como vino. Definitivamente nos equivocamos al querer coronarlo como rey. Vámonos ya de aquí, no permitamos que este loco nos enloquezca a todos.

 

La sinagoga de Capernaúm, donde Jesús realizaba este debate, quedó desocupada. Muchos de sus discípulos directos, desencantados de la deserción popular y, algunos de ellos, desconcertados por las excéntricas afirmaciones de su Maestro, tiraron la toalla en ese mismo instante. Ya han soportado demasiadas rarezas, pero este cuento de comer la carne y beber la sangre de Jesús es francamente intolerable.

 

«Desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él. Así que Jesús les preguntó a los doce: —¿También ustedes quieren marcharse? —Señor —contestó Simón Pedro—, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

(Juan 6:66- 68)

 

Esta vez el ciclotímico Pedro sube su puntaje a diez. Es asunto de fe el creer las inverosímiles afirmaciones del Nazareno sobre comer su carne como pan y beber su sangre como vino. Obviamente no es posible hacerlo en una forma física, pero Pedro sabe a ciencia cierta que puede hacerse en la forma espiritual, que es una  realidad más confiable, por ser eterna, que la simple realidad material, que es transitoria.

 

Cuando tomo la Cena del Señor, yo sé realmente que como su carne y bebo su sangre, porque todo mi ser se inunda de un misterioso bienestar. Las porciones que recibo no son carne y sangre físicas; pero, tampoco, son solo un trozo de pan y un sorbo de vino. Como bien lo dijera Janzenio, en la eucaristía hay una “comunión vivencial con Cristo”. Esa es la clave.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 166-167)

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VI-ENE-03

El Proveedor es la misma provisión

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Es precisamente en el campo espiritual donde Jesús quiere ubicar a aquellos provincianos que lo han buscado con tanta diligencia. Ellos tenían grabado en el ‘disco duro’ de su inconsciente colectivo el dato de que sus antepasados habían recibido directamente “pan del cielo” para alimentarse durante la penosa travesía del desierto; pero no sabían, y Jesús se lo aclara, que el maná dado por medio de Moisés no era el verdadero pan del cielo.

 

Sin embargo, eran tan torpes que ni siquiera caían en la cuenta de claves elementales. No se percataron, por ejemplo, de cómo el personaje que discutía con ellos en esa ocasión, había nacido en la ciudad de Belén, nombre que significa directamente “casa de pan”. ¿No es esta una clave? Aquel diálogo se torna rápido y cortante:

 

«El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. —Señor —le pidieron—, danos siempre ese pan. —Yo soy el pan de vida —declaró Jesús—. El que a mí viene nunca pasará hambre, y el que en mí cree nunca más volverá a tener sed.

(Juan 6:33-35)

 

Un momento. No estamos aquí para discusiones teológicas, simplemente queremos saber cómo se llenan nuestros refrigeradores y alacenas; y ahora, este Carpintero loco quiere convencernos de que él ha bajado directamente del cielo; más aún, aunque lo vemos como un muchacho común y corriente, dice que no es un hombre sino un pan. Esto parece una película surrealista diez y nueve siglos antes de Luis Buñuel.

 

«Ciertamente les aseguro que el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Los antepasados de ustedes comieron el maná en el desierto, y sin embargo murieron. Pero éste es el pan que baja del cielo; el que come de él, no muere. Yo soy el pan vivo que bajó del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre. Este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva. Los judíos comenzaron a disputar acaloradamente entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

 

—Ciertamente les aseguro —afirmó Jesús— que si no comen la carne del Hijo del hombre ni beben su sangre, no tienen realmente vida. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él».

(Juan 6:47-56)

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 164-166)

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VI-ENE-02

El Proveedor es la misma provisión

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Lastimosamente, aquella multitud, de la cual formamos parte todos sin excepción, no busca a Jesucristo para decirle: -Queremos escuchar otro de tus sermones para alimentar nuestros espíritus. Lo único que aquellos amotinados  —nosotros mismos— querían —queremos— es que Jesús les llenara —nos llene— las panzas. Lo dice el refranero: “Barriga llena, corazón contento”. Bíblicamente hablando, “comamos y bebamos que mañana moriremos”, como escribió Isaías.

 

Cierto que el pan es necesario para la vida; tanto que, después de la desobediencia original,  los descendientes de Adán hemos tenido que ganarlo con el sudor de la frente. En buen romance, “ganarse el pan” es trabajar. La propia palabra pan es, simplemente, en todos los idiomas y todas las culturas, el símbolo por antonomasia de la alimentación.

 

El pan tiene, además, connotaciones sagradas. Desde los tiempos más remotos, el culto a los dioses lo ha incorporado  como parte de las ceremonias religiosas. Melquisedec, rey de Salén  y sacerdote del Dios altísimo, bendice a Abraham mediante la ofrenda de pan y vino, como una misteriosa contraseña.

 

«Y Melquisedec, rey de Salén y sacerdote del Dios altísimo, le ofreció pan y vino. Luego bendijo a Abram con estas palabras: “¡Que el Dios altísimo, creador del cielo y de la tierra, bendiga a Abram! ¡Bendito sea el Dios altísimo, que entregó en tus manos a tus enemigos!”. Entonces Abram le dio el diezmo de todo».

 (Génesis 14:18-20)

 

Para conectarse con Baal, los cananeos comían un muñequito de pan que era el cuerpo mismo de su dios, según ellos creían. Hay quienes afirman que la palabra caníbal es una formación —o deformación— que significa originalmente: “el cananeo que se come a Baal”. Se utiliza este argumento para combatir la creencia supersticiosa en la transubstanciación.

 

Ahora bien, en el rito judío, los llamados ‘panes de la proposición’ eran doce porciones, cocidas en vasos especiales, que se ofrecían y colocaban en el tabernáculo todos los sábados, cabalmente en memoria de las doce tribus de Israel.

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 163-164)

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VI-ENE-01

El Proveedor es la misma provisión

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Las autoridades romanas  distribuían  pan gratis  para promover el reino de César, y

Jesús hubiera podido hacer lo mismo para promover el suyo.

Philip Yancey

 

 

«Yo soy el pan de vida. Los antepasados de ustedes comieron el maná en el desierto, y sin embargo murieron. Pero éste es el pan que baja del cielo; el que come de él, no muere». (Juan 6:48-50)

 

Se ha cumplido con éxito la multiplicación de los peces y los panes y la muchedumbre saciada es un multiplicador exponencial del milagro. Ahora muchas personas más saben que Jesús saca lo grande de lo pequeño, la demasía de la pequeñez, lo extraordinario de lo ordinario. No cabe duda de que él debe ser el Mesías prometido, hay que coronarlo rey sin demora, porque si algo hace falta es, precisamente, alguien que haga abundar la comida.

 

Me fascina interpretar el relato evangélico de Juan 6:14,24. El lago está lleno de barcas como si hubiera preparativos para una gran regata. Los boteros bracean hacia el otro lado, en  grupos que van y vienen afanosamente por la ribera buscando a Jesús, quien se ha retirado solitario a la montaña, adivinen a hacer qué cosa.

 

¡Adivinaron: a orar!

 

Cuando, por fin, los incontables barqueros arriban a la otra orilla, se llevan un gran fiasco: los discípulos de Jesús han dejado abandonada una barca, como para despistarlos. Ya no quedaban ni rastros de Jesús por ahí.

 

¿Qué había pasado? Solo un ‘truco’ sencillo. Jesús pronunció el ‘amén’ al terminar sus oraciones, descendió ágilmente por la ladera de la montaña y se fue a buscar a sus discípulos caminando  sobre el agua como si se tratara de una pista pavimentada, subió a la barca y dijo: —Vamos, señalando de vuelta hacia Capernaúm.

 

Pese a tantos inconvenientes, los desilusionados aldeanos no desmayaron en su empeño de encontrar al Multiplicador de los recursos a toda costa y regresaron a la otra orilla, donde Jesús, muy campante, charlaba con los miembros de su staff sobre los últimos acontecimientos. Y entonces:

 

«Cuando lo encontraron al otro lado del lago, le preguntaron: —Rabí, ¿cuándo llegaste acá? —Ciertamente les aseguro que ustedes me buscan, no porque han visto señales sino porque comieron pan hasta llenarse». (Juan 6:25,26)

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 161-163)

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VI-SEP-01

Dios Como Hijo del Hombre

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La idea de la deificación humana tomó fuerza durante el siglo XIX. Incluso el Libertador Simón Bolívar -producto típico de la Revolución Francesa, liberal y masón- llegó a sugerir que en Jesucristo se había dado “la asunción del hombre en Dios”. Otros hablaron de la “cristificación” que consistiría en un auto-deificarse el ser humano, tal y como, supuestamente, Jesús de Nazaret lo había logrado. La mal llamada “nueva era”  insiste hoy en posibilidades similares. Sin embargo, «Nadie ha subido jamás al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre». (Juan 3:13)

 

El gran misterio es la humanización de Dios, no la divinización del hombre; y no consiste, de ningún modo, en que el efecto-hombre se convierte en su causa-Dios, sino en que el Creador se hace criatura. No se olvide que Jesús es hijo adoptivo de José; lo cual significa, en otras palabras, que Dios se hace adoptar como Hijo del hombre para que el hombre pueda ser adoptado como hijo de Dios. Esa es la clave.

 

La única diferencia esencial entre Jesús de Nazaret y los demás hombres, sus hermanos, es que él fue tentado, como todos sin excepción, pero permaneció impecable. Sobre este tópico resulta apropiada la aclaración de Charles Ryrie: «Cristo no pudo pecar: no significa meramente que Cristo pudo no pecar.

 

» Objeción: Si Cristo no podía pecar, no pudo haber sido tentado en realidad  y, por tanto, no pudo ser un sumo sacerdote capaz de compadecerse  (Hebreos 4:15).

» Respuesta: La realidad de la prueba no se basa en la naturaleza moral del que es tentado; y la posibilidad de compadecerse no depende de corresponder exactamente en el resultado del problema planteado, con el resultado que tuvo en otra persona.

» Resultados: 1. La tentación probó la impecabilidad de Cristo. 2. También hizo de Él un sumo sacerdote que pudiese compadecerse”.

 

El apóstol Pablo recela de las genealogías, pero nadie puede retirarlas del texto sagrado; si el Espíritu Santo las puso allí algún objeto tienen, pues ni una tilde sobra en la Palabra de Dios. En el Antiguo Testamento son prolijas y, a veces, aburridas de leer, pero gracias a ellas conocemos los remotos orígenes de las sociedades humanas. Conviene destacar cómo en el linaje de Jesús de Nazaret figuran sobresalientes pecadores: asesinos, perjuros, prostitutas, polígamos, idólatras, adúlteros, incestuosos…

 

¡Oh, misterio del amor de Dios, cuya Segunda Persona no quiso ser de mejor familia que ninguno de los vástagos del desventurado Adán! .En realidad, no podía hacerlo, si es que había de ser hombre verdadero. Quizás por eso, el título que prefirió durante su ministerio terrenal fue, precisamente, el de Hijo del Hombre.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 157-159)

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VI-AGO-05

Dios Como Hijo del Hombre

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Se trata, pues, de un hombre con todo lo que tal condición implica. De hecho, una revisión cuidadosa de su biografía, dada en los libros del Nuevo Testamento, arroja completa luz al respecto. En primer lugar, es evidente que nació de una mujer, lo cual informa Pablo (Gálatas 4:4). Todo el  que es parido de un vientre femenino es, necesariamente, un ser humano. Además, no cabe duda de que crecía física e intelectualmente, como lo atestigua el famoso médico de Antioquia: «Jesús siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de toda la gente». (Lucas 2:52)

 

Soportaba, sin lugar a dudas, todas las limitaciones propias de la naturaleza humana y compartía los problemas ordinarios que todos enfrentamos sin remedio. Su famoso encuentro con la mujer samaritana no deja dudas al respecto (Juan 4:6,8) Veamos algunas cosas significativas:

 

  • Se cansaba: “Fatigado del camino” (v.6)
  • Sentía hambre: “Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida”. (vv.7,8)
  • Padecía sed: “En eso llegó a sacar agua una mujer de Samaria y Jesús le dijo: —Dame un poco de agua” (vv.7,8)

 

Hay otros relatos en los cuales la humanidad de Jesucristo es patente, a menos  que quien los recibe sufra de sordera, en cuyo caso es innecesario cualquier intento de convicción. Hay que  lograr, antes, que los oídos se abran a la evidencia. Ciertamente, “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. He aquí dos datos irrefutables:

 

—Primero: Se airaba. Un día entró al templo con un látigo en la mano, expulsó a los mercaderes religiosos, regó por el piso el dinero de los negocios piadosos y volcó la estantería estrepitosamente. (Juan 2.15). La ira es, ciertamente, una emoción humana, que llega a ser pecado solo cuando no hay justicia plena en su motivación.

—Segundo: Lloraba, lo cual hizo, para citar un ejemplo ya analizado en este libro, cuando se detuvo ante la tumba de su amigo Lázaro. (Juan 11:35). No se diga que el llanto no es algo propio del ser humano, aunque alguien pudiera argumentar que existen también, las llamadas “lágrimas de cocodrilo”.

 

Jesús de Nazaret es, pues, un hombre integral  dotado de espíritu, alma y cuerpo, como queda  claro en varias porciones bíblicas que resuelven el tema satisfactoriamente. Hemos visto que  tenía un cuerpo físico (soma) que se cansaba, sentía sed y hambre;  estaba dotado de un alma (psyche), que lo hacía llorar y airarse, y que,  también, lo llevaba a la depresión: “Es tal la angustia que me invade que me siento morir”. (Mateo 26:38).

 

Para completar el cuadro, estaba dotado de un espíritu humano, lo cual es evidente cuando, en el momento de su muerte en la cruz, le entrega su espíritu (pneuma) al Padre (Lucas 23:46). Ahora bien, la clave reina de su humanidad es que pudo morir.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 156-157)

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VI-AGO-04

Dios Como Hijo del Hombre

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Los escritores del Nuevo Testamento le salieron al paso, con gran diligencia,  a toda pretensión deshumanizadora del Hijo de Dios. El apóstol Juan, por ejemplo, escribe su primera epístola para refutar a quienes veían en Jesús un ángel o un eón despojado de humanidad aunque pareciera o apareciera en forma humana: él  mismo, personal y directamente, lo vio, lo oyó y lo palpó a través de sus órganos de los sentidos. «Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida» ( 1 Juan 1:1)

 

Más adelante, el propio Juan entrega una clave infalible para identificar a los falsos profetas, que en su época abundaban y hoy constituyen un fenómeno que ha pasado rápidamente de epidemia a endemia y ya va para pandemia. ¡Hay que vacunarse  de inmediato! El apóstol trae la jeringa lista en la mano: «Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas. En esto pueden discernir quién tiene el Espíritu de Dios: todo profeta que reconoce que Jesucristo ha venido en cuerpo humano, es de Dios». (1 Juan 4:1,2)

(La clave maestra que descifra al profeta auténtico es reconocer que el Cristo ha venido en cuerpo humano).

 

Los enemigos de Jesús no encuentran límites: unos atacan su divinidad y otros, su humanidad, sin darse cuenta de que, en muchos casos, los unos terminan refutando a los otros sin remedio. En efecto, hay quienes al negarle a Jesús su humanidad le reconocen su divinidad; y quienes, al no aceptarlo como divino, terminan  reconociéndolo como humano.

 

Este último es el caso de Ernesto Renán en su popular Vida de Jesús, que intenta un relato escueto de lo que el autor considera científicamente comprobable sobre el Nazareno. Con el rigor analítico propio de la crítica histórica positivista, el especulador francés despoja al personaje examinado de todo contenido milagroso y divino, pero concluye su ensayo con una afirmación que no puede pasar inadvertida: «Jesús no será superado. Su culto se rejuvenecerá sin cesar; su leyenda provocará infinitas lágrimas, sus sufrimientos enternecerán los mejores corazones; todos los siglos proclamarán que entre los hijos de los hombres no ha nacido ninguno más grande que Jesús».

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 154-155)

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VI-AGO-03

Dios Como Hijo del Hombre

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Curiosamente, ninguna de las dos genealogías menciona a Joaquín ni a Ana, considerados por cierta tradición oral como padres de la virgen María. Para evitar “irse por las ramas”, conviene atender a san Pablo cuando le recomienda a Timoteo no prestar atención a “genealogías interminables” que “provocan controversias”. (1 Timoteo 1:4)

 

Ahora lo importante es establecer en forma clara la humanidad de Jesucristo. Deja graves preocupaciones intelectuales el hecho de establecer que Él es Dios y aceptar, al mismo tiempo,  que pueda ser un hombre con todo lo que tal condición implica. Un hombre limitado no puede ser Dios; el Dios ilimitado no puede ser hombre. Cómo será de grave la cosa que, incluso las mitologías, llamaron solo ‘semidioses’ a algunos seres humanos extraordinarios, especialmente los héroes.

 

Alguien preguntaría: ¿se hace criatura el creador? Entonces, Edison podría ser una bombilla, Graham-Bell un teléfono, Goodyear un neumático, Gillette una afeitadora y Darío Silva-Silva un  libro. Es una broma, claro, pero esa clase de puerilidades y otras similares suelen   escucharse en un mundo gobernado por el más crudo materialismo, donde suelen confundirse los conceptos de inventor y creador.

 

Con todo, es necesario reconocer que ha habido muchos comentaristas, desde los tiempos iniciales del cristianismo, empeñados en demostrar que Jesús de Nazaret es un ser sobrenatural sin ninguna característica natural. No pocos han afirmado que Él es Dios pero no Hombre.

 

Los antiguos gnósticos fueron —y los que hoy subsisten son— enconados negadores de la “humanización de Dios”. Para ellos, el cuerpo es esencialmente malo y, por lo tanto, un “espíritu superior”, —en este caso Dios mismo—, no podría tener esa clase de habitación. Pero, un poco antes de la encarnación de Jesucristo, los esenios ya insinuaban al cuerpo humano como “templo del Espíritu”, lo cual vino a concretarse en el misterio de la encarnación.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 153-154)

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VI-AGO-02

Dios Como Hijo del Hombre

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El Logos se ha hecho hombre para llevar la creación a su perfección. (Teilhard de Chardin)

 

«Y Jacob fue el padre de José, que fue esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo». (Mateo 1:16)

 

Después de andar durante tres años continuos al pie de Jesús, como testigo ocular directo de todas sus sorprendentes acciones, nuestro viejo conocido, el alcabalero Mateo, quien estaba al servicio del imperio y se fue sin vacilaciones detrás del Divino Transeúnte, se ha dedicado a la profesión de cronista. Como buen judío, está empeñado en demostrar el carácter mesiánico del personaje que un día lo escogió como uno de los doce miembros de su staff apostólico. Para él, lo neurálgico de todo este asunto consiste en comprobar que Jesús es aquel “hijo de David” anunciado por los viejos profetas.

 

Su primera preocupación investigativa se centra, pues, en la genealogía, disciplina tan arraigada en las tradiciones de su pueblo. Para Mateo es absolutamente necesario demostrar el linaje davídico de Jesús de Nazaret, para lo cual elabora un árbol genealógico que parte de Abraham y se ramifica a través de David,  los deportados de Babilonia y los repatriados a la Tierra Santa, hasta desembocar en  ‘el Renuevo’ que es Jesús.

 

Otro cronista, este no judío sino gentil, el médico  Lucas, natural de Antioquia, ‘exagera’ la búsqueda genealógica de Jesús hasta los tiempos anteriores a Abraham,  en la propia civilización antediluviana, yendo al árbol primigenio de toda la especie humana que es Adán. Como buen griego, Lucas, obviamente, tiene interés en demostrar que el Mesías es universal y no limitado  al pueblo de Israel.

 

Las discusiones sobre las diferencias que aparecen en las dos genealogías evangélicas aludidas carecen de importancia. La crítica seria ha encontrado que Mateo toma la línea de José y Lucas la de María, lo cual hace que los antepasados no coincidan en todos los casos, aunque muchos de ellos sean comunes, siendo los esposos nazarenos parientes muy cercanos entre si y ambos descendientes de David

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 151-152)

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