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Los hijos de Abraham | La nueva sinagoga

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

Hoy en día hay un cierto hispanoisraelismo que se hace evidente en comunidades sefarditas que optan por la fe cristiana.  Todos debemos alegrarnos de que en el pueblo del Señor haya gente que lo acepte como su Mesías; sin embargo, las sinagogas mesiánicas hispanas que hoy surgen comportan riesgos para los cristianos gentiles.  Algunas personas se han dado a la tarea de excavar en sus árboles genealógicos para identificar el  elemento hebreo.  Hace varias décadas el poeta colombiano Rafael Ortiz González escribía:

 

Pero es tan fuerte el fiel determinismo

por estas latitudes milenarias,

que he sacudido el árbol de mi sangre

a ver si de la fronda de mis venas

vuela una vieja golondrina hebraica.

 

A muchos les queda fácil hallar el hilo que desenrede el ovillo de sus ancestros judíos.  Recientemente recibí un correo electrónico desde Atenas,  enviado por el judío mesiánico Félix Guttmann, en el cual se me informa que los Silvas son sefarditas que huyeron de la Inquisición y se afincaron en Colombia y Chile.  (Por este descubrimiento no se me ocurriría mandarme a circuncidar.) El gran inconveniente de esta nueva ola radica en que muchos entusiastas neófitos organizan grupos informales que se dedican a judaizar a los cristianos hasta descristianizarlos, o bien a cristianizar a los judíos desjudaizándolos y no cristianizándolos propiamente.

En Estados Unidos, por suerte, existen mejores controles de calidad para estos productos y, por supuesto, hacen presencia sólidas y correctas comunidades como la Alianza Judeo–Mesiánica Internacional que lidera el rabino y pastor David Sedaca, argentino por más señas, quien aporta elementos culturales latinoamericanos muy valiosos a este movimiento insurgente de grandes proyecciones.

Alguien pensará que las propuestas de este libro son utópicas.  Pretender que Estados Unidos, como eje del mundo actual, sea el núcleo de fusión de tantas fuerzas contradictorias suena a mera ilusión.  Sin embargo, lo que hoy es la Civilización Cristiana Occidental se amalgamó en Roma – los romanos eran los gringos de aquel tiempo – conciliando elementos disímiles en apariencia: la filosofía griega, la legislación romana, la ética semítica, la cultura celtogermánica, todo ello con el soplo del Espíritu Santo a través de las Sagradas Escrituras.  El cristianismo es el gran catalizador humano, pero ha sido funesto error considerarlo como una cultura en sí mismo, pues uno puede ser cristiano y anglosajón, cristiano y latinoamericano, cristiano y chino, cristiano e indígena, sin dejar de ser lo uno para poder ser lo otro.  La Biblia es bien clara al respecto:

Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla.  Estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con ramas de palma en la mano

Apocalipsis 7:9

Lo maravilloso de los Estados Unidos es la diversidad sin límites.  La xenofobia es mal desconocido en su territorio, salvo el caso de fanáticos – terroristas nunca faltan – para quienes el ser humano superior es el que forma en sus propias filas.  De ahí que resulte relevante, en un examen de posibilidades futuristas, a la luz – o a la sombra – de la tragedia septembrina, detenerse a pensar en un posible acuerdo sobre temas mínimos entre las distintas vertientes del monoteísmo, sin descartar sus perfiles particularistas. La historia no se estanca, ni puede hacerlo, en pequeños reductos raciales, religiosos o culturales.  La virtud del cristianismo es aprovecharlo todo, sintetizarlo todo, organizarlo todo, del caos al concierto, bajo la batuta del Gran Maestro Universal.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 185-187)

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Los hijos de Abraham | ¿Hispanoisraelismo?

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

España fue, propiamente, la segunda patria de los judíos.  El rabino Hananel Sevilla, jefe religioso de una comunidad  sefaradí en Sofía, Bulgaria, ha dicho que la presencia de su pueblo en tierras españolas se remonta a los tiempos de la dominación babilónica, cuando muchos huyeron por el Mediterráneo hacia Tarsis, en Andalucía.  Los sefarditas suelen decir que ellos no son culpables de la muerte de Jesús, puesto que se encuentran en Sefar o Sefarad (nombre bíblico de España) desde quinientos años antes de Cristo.

Nadie pone en tela de juicio la patente judeidad étnica de Antioquia en Colombia, Córdoba en Argentina y Monterrey en México.  Hay también quienes se aventuran con Menasé ben Israel y Antonio de Montezinos en la hipótesis de que en la América precolombina se afincaron algunas de las tribus israelitas perdidas en tiempos de Salmanasar.  Se encuentran indicios judaicos en algunas costumbres indígenas: la circuncisión en Yucatán y Acuzamil, el jubileo cada cincuenta años en Nueva España, el matrimonio con la viuda del hermano en el Perú, la guarda eterna del fuego en los altares por los Totones, el relato del diluvio universal y la Torre de Cholula, similar a Babel, para citar pocos ejemplos.

América Latina, por todo lo anotado anteriormente, es un crisol donde se funde el porvenir humano, y su presencia creciente en los Estados Unidos debe orientarse positivamente para que la masa migratoria entregue sus aportes creativos hacia la meta común de una humanidad más humana, si se permite tal expresión.  Dicho directamente, más cristiana.  Mejor aún: cristiana a secas.

No se crea que estoy propiciando, en medio de la actual confusión, algún tipo de ecumenismo.  ¡Dios me libre! Nadie podría válidamente acuñar un medallón en el cual lucieran juntos la Torah, el Evangelio y el Corán; pero yo he visto, por ejemplo, a Don Francisco, teleanimador chileno judío, presentar a Shakira, cantante colombiana árabe.

Hace algunos años el presidente egipcio Anwar el Sadat se impuso una obra faraónica: la construcción de un gigantesco templo en el monte Sinaí para estímulo de paz entre los hombres.  Las acciones de este líder egipcio le dieron una robusta imagen histórica, aunque fueron incomprendidas por los fanáticos, adversos a lo magnánimo.  Fueron terroristas de corte islámico los que asesinaron a Sadat,  dicho sea de paso.

Según pensaba este musulmán ilustrado, se hacía necesario un monumento para honrar la fe monoteísta; él ordenó al autor del proyecto coronar la nueva pirámide con la cruz, la estrella de David y la Media Luna, símbolos de las religiones que nacieron de la fe de Abraham.  Es verdad histórica que la región  levantina ha tenido sus momentos estelares cuando se produce la empatía entre agarenos y hebreos, cosa que ha ocurrido esporádicamente,  por desdicha.  Si los cristianos contribuimos a ello, despojados de prejuicios, con la neta ley de Jesucristo, que es el amor, podemos hacer mucho, sin ser ecumenistas. Ecumenismo no es sino la nueva esfinge.

En la agenda norteamericana de las misiones hoy no tiene prioridad la América Latina; la preocupación primordial se dirige hacia los países de la antigua órbita soviética en la Europa Oriental y, por supuesto, hacia los musulmanes, y  la tendencia se incrementa ahora mismo ante las necesidades creadas por la guerra de Afganistán.  Actualmente las grandes misiones transnacionales se empeñan en reclutar a latinoamericanos para que reciban adiestramiento y marchen a predicar en Irak, Irán, Paquistán, Arabia y aledaños.

Sin criticar tales esfuerzos,  es menester decir que América Latina  misma necesita ser, en gran medida, convertida a Cristo; o, por lo menos reevangelizada. Ante esta prioridad muchos prefieren dedicar todos los esfuerzos a la mano para la obra misionera a quienes hablan español en cualquier lugar del mundo.  Las megalópolis norteamericanas, europeas y asiáticas albergan a hispanohablantes por millones  y ellos no encuentran una visión eclesiástica que se acomode a sus particularidades.

Una de las lecciones más valiosas del 11 de septiembre fue observar a muchas familias enlutadas que hablaban español asistidas por clérigos de varias religiones, menos la iglesia cristiana evangélica. Hay mucho trabajo para hacer.  Y hay que empezar a hacerlo en forma inmediata.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 183-185)

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Los hijos de Abraham | Árabes y Judíos

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Por otra parte, las luchas legendarias entre los hijos de Sara y Agar se agudizaron a finales del siglo XIX y durante todo el XX por la disputa territorial de Palestina.  Árabes y judíos derrocharon ingenio para perfeccionar el terror hasta límites nunca antes alcanzados por el hombre y que hoy subsisten en ese legendario campo de batalla.  No debe olvidarse que el antiguo comandante de las bandas terroristas judías, Menahem Begin, fue primer ministro de Israel, como el fundador de Al Fatah, Yasser Arafat, es presidente de la Autoridad Nacional Palestina.

Existe la percepción más o menos universalizada de que Estados Unidos es projudío y Europa proárabe.  El asunto tiene que ver con dos realidades históricas: el colonialismo europeo, principalmente británico y francés, que hizo presencia muy notable en el Oriente Medio; y, de otro lado, el hecho de que los judíos europeos que se vieron precisados a emigrar – perseguidos por los zares, el comunismo y el nazismo – decidieron, como entonces se decía, ‘hacer la América’ y constituyeron un grupo de fuerte influencia en los Estados Unidos.  En la sola Nueva York hay más judíos que en todo Israel.

Por contraste, en América Latina las principales oleadas migratorias fueron mayoritariamente árabes, pese a que los judíos también llegaron a muchos países, primordialmente Argentina y Brasil.  Los latinoamericanos nos hemos entendido bien con los árabes, especialmente sirio-libaneses- la procedencia más nutrida – y muchos de ellos se han destacado en la cátedra, las artes, los negocios, las ciencias y, particularmente, la política.  Los presidentes Carlos Menem en Argentina y Julio César Turbay en Colombia son solo dos ejemplos.

La influencia del catolicismo romano, que ha marcado en forma indeleble la impronta latinoamericana, generó cierto antisemitismo en la población: los judíos eran los asesinos de Jesús; en cambio, casi todos los árabes por venir de países de influencia maronita y ortodoxa, daban con facilidad el paso hacia el catolicismo romano.  En la región se llama ‘turcos’ a los ismaelitas, porque los primeros  que a ella inmigraron traían pasaporte del imperio otomano, potencia mandataria de sus países en aquel tiempo.

Al margen de las anteriores consideraciones, no puede desconocerse que el monoteísmo ha sido, es hoy en muchos casos, y puede ser en el futuro un importante punto de confluencia de estas tres culturas, espiritualidades y formas de vivir.  En el pasado, por ejemplo, España fue un buen ensayo.

Pensadores profundos y decisivos de las tres corrientes religiosas fueron: españoles: el cristiano Isidoro, el judío Maimónides, el musulmán Averroes. Un popular romance andaluz relata los amores de un católico y una judía:

¿Qué dirán tus sinagogas?

¡Qué dirán mis arzobispos!

 

Chateaubriand, por su parte, dejó en ‘El último Abencerraje’ un relato romántico sobre situación similar entre un moro y una cristiana precisamente en España.

Ahora bien, en Estados Unidos existe también una fuerte colonia árabe con personalidades de alto relieve en la vida nacional e internacional, que practican la fe islámica. ¿No podría intentarse, ya que se disfruta de tolerancia, alguna forma de convivencia en la diferencia que lleve a cristianos, judíos y musulmanes a una alianza estratégica frente a los terrorismos de todas las vertientes?

Los latinoamericanos, de mano de los españoles, pueden ser un aglutinador de tales esfuerzos.  A través de la ‘madre patria’ han llegado hasta el torrente sanguíneo de Amerindia glóbulos hebreos y árabes en gran proporción.  Nadie discute la influencia de los hijos de Ismael a través de ocho siglos de presencia en la península ibérica;  es menos reconocida la del componente hebreo, pero se ha dicho razonablemente que aquel descendiente de españoles incapaz de recitar sus treinta y dos apellidos primarios, está impedido para afirmar que no tiene sangre judía.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 181-183)

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Los hijos de Abraham

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Es muy triste reconocer que el terrorismo religioso y, en buena parte, el político han tenido como protagonistas muy notorios  a través de la historia a los monoteístas; ejemplo de lo cual es la pugna actual entre maronitas e islámicos en el Líbano. Cristianos contra judíos, cristianos contra musulmanes, musulmanes y judíos entre sí han alcanzado un nivel de crueldad en sus guerras casi inaceptable para salvajes sin el conocimiento de Dios.  Todo comenzó cuando los fariseos, acaudillados por el terrorista paramilitar Saulo de Tarso, hicieron víctimas a los primeros cristianos de torturas y matanzas;  y, si bien es cierto que los césares, con Nerón mismo a la cabeza, entregaron a las fauces de los leones a los seguidores de Jesús, no lo es menos que, andando el tiempo, los últimos hicieron a los judíos reciprocidades violentas.

El cargo de deicidas que se les endilgó a los adeptos de la ley mosaica es una de las más grandes contradicciones al espíritu de la fe cristiana.  El  deicidio es, simplemente, una imposibilidad, puesto que si Dios no puede morir, no hay quien pueda matarlo; y, si Dios muriera, la muerte misma sería Dios, pues en ella residiría el poder absoluto.  Es obvio que Jesucristo muere en la cruz como hombre, no como Dios, de la misma manera que nace de María no como Dios sino como hombre.   Si Dios no puede nacer tampoco puede morir.

Siguiendo aquella lógica los cristianos deberíamos, más bien, estar agradecidos con los judíos por haber dado muerte a Jesús, puesto que de ese hecho vino nuestra redención.  En otras palabras, si Jesús no hubiera muerto no habríamos sido redimidos.  Sin embargo, la gratitud debe estar orientada en forma exclusiva a El por su sacrificio voluntario y no a los humanos agentes que lo hicieron posible.

La iglesia romana extremó los procedimientos de crueldad para ‘castigar’ a los judíos por el deicidio y solo recientemente, por buenos oficios de Juan Pablo II, se ha pedido perdón a los descendientes directos de las víctimas de aquel absurdo terrorismo religioso, que tuvo sus expresiones más refinadas en la Santa Inquisición.

El caso de las Cruzadas no es menos grave.  Al surgir el Islam como opción espiritual para los árabes, Roma sintió amenazadas sus ‘posesiones’ en Tierra Santa y las emprendió a sangre y fuego contra los hijos de Ismael, quienes respondieron en forma similar.  Las historias que se conservan de aquellos enfrentamientos son espeluznantes.  Algunos cristianos, en nombre del Príncipe de la paz, idearon sadismos sofisticados e ignominias bélicas inimaginables contra los impíos.  Los musulmanes no salieron del todo mal librados de esta guerra terrorista, pues arrebataron a la cristiandad fuertes baluartes que no le ha sido posible recuperar.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 180-181)

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Los tesoros perdidos | Diálogo Norte-Sur

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Para los Estados Unidos el tesoro perdido ha sido América Latina.  Es prioritario reconstruir la confianza de los habitantes del sur del Río Grande – frontera geográfica, étnica, cultural, económica y espiritual – en los prósperos vecinos del norte cuyos ojos azules miraron sin interés durante mucho tiempo a una región que podía ser su amiga y aliada, ayudarlos, custodiarlos.  No es tarde aún para que se aprovechen las actuales circunstancias históricas en un reexamen que conduzca al panamericanismo bien entendido: no la imposición, ni la ley del más fuerte, sino lo que ha hecho grande a la superpotencia: la igualdad de oportunidades que no es cosa distinta a la imparcialidad cristiana:

“En esta nueva naturaleza no hay griego ni judío, circunciso ni incircunciso, culto ni inculto, esclavo ni libre, sino que Cristo es todo y está en todos.”

Colosenses 3:11

Si se ha logrado dentro de las fronteras ¿por qué no intentarlo fuera de ellas?   ¿No es más seguro para la vida interior garantizar la vida exterior? Los latinoamericanos, hastiados de diversos terrorismos, miran hoy con ojos de esperanza a quien puede salvarlos de ese yugo.  ¿No podría intentarse alguna alianza, algún plan, una suerte de liga interamericana que, a través de cooperación creativa, diera un nuevo impulso pacífico a pueblos tradicionalmente sometidos al abandono y la desesperanza?

Si no se aprovecha el momento actual, cuando las masas están desencantadas de sus fracasados libertadores violentos, las cosas podrán llegar a un punto muerto donde ya ningún esfuerzo fructifique.  La Iglesia  Cristiana Evangélica, por sus conexiones norte –  sur fortalecidas con el  elemento español, puede ser el motor de esa iniciativa.  Para lograrla, deberá recibir el nuevo vino de la revelación espiritual y lanzarse a la reconquista de los tesoros perdidos.  Es hora de decir como en tiempos de Salomón: ‘Manos a la obra’.

Sin embargo, uno se cuestiona sobre si los Estados Unidos tendrán, en el campo evangélico, algún interlocutor válido dentro del ámbito latinoamericano.  Cuando se observa el panorama continental cargado de densos nubarrones, causa inquietud la escasa presencia del liderazgo cristiano frente a los problemas, en tanto  las jerarquías católicas romanas, y aún el clero raso de esa iglesia, son muy dinámicos e influyentes. En general, la actitud pareciera ser un encogerse de hombros y exclamar: Que protesten otros, no los protestantes.

Hay también cierta sumisa reverencia de yesman hacia los hermanos mayores del norte, con quienes no se discute, ni siquiera se dialoga; a quienes solo se les obedece.  El primer diálogo norte – sur que podría dar buenos resultados es entre las iglesias; en ese organismo da vasos comunicantes que es el Cuerpo de Cristo podemos darnos mutuamente oxígeno y plasma para ser más saludables.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 177-179)

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Los tesoros perdidos | El hijo perdido p4

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Los tesoros perdidos deben ser recuperados: el arca, nuestra alianza con Cristo; la Biblia, el libro de Dios; esa oveja que clama en soledad que alguien la rescate: la moneda extraviada en las basuras; el hijo arrepentido.  Es porque hemos olvidado lo simple, lo elemental, lo sencillo, lo esencialista del cristianismo que nos han sobrevenido tantas desventuras.  Si la voz siempre actual de Jesucristo resuena en nuestros corazones, si entendemos el profundo mensaje de rescate a los pecadores que El nos entregó desde hace dos mil años, podremos zurcir el manto de la pérdida tranquilidad. Dios tiene tesoros escondidos para nosotros:

 

“Te daré los tesoros de las tinieblas, y las riquezas guardadas en lugares secretos, para que sepas que yo soy el Señor”

Isaías 45:3

¿Cuál es ese tesoro? ¿En qué consiste? ¿Cómo encontrarlo? El apóstol Pablo nos ayuda en nuestra nebulosa intelectual para entender el misterio:

Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo.

“Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros.”

2 Corintios 4: 6-7

¡Tesoro en vasijas de barro!  Una expresión simbólica para mostrarnos algo real: somos vasos formados del polvo de la tierra, pero en nosotros reside el Espíritu Santo.  Es imperfecto el continente pero perfecto el contenido.  Los tesoros más preciados se han preservado siempre en ollas de barro.  Ollas de barro guardaron el documento por medio del cual Jeremías compraba una tierra donde ya no había tierra para vender.  Ollas de barro guardaron los manuscritos de Qumram.  Ollas de barro son cajas fuertes en las cuales se conservan los secretos más preciosos desde la antigüedad.

Aprendamos a ser ollas de barro donde puedan conservarse sin pérdida los tesoros de Dios para el hombre: el arca   del pacto, el libro sagrado, la oveja, la moneda y el hijo.  Que nunca más tales tesoros se extravíen, que por nuestra culpa  jamás Dios vea perdidos  sus tesoros.  Las torres gemelas son irrecuperables, pero la gracia de Dios es imperdible.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 176-177)

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Los tesoros perdidos | El hijo perdido p3

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Hay muchos como este resentido.  De hecho, abundan en las iglesias cristianas.  Se creen muy buenos, muy pulcros, muy laboriosos, muy irreprensibles, pero no tardan en mostrar su verdadero carácter: tienen el corazón invadido por el cáncer de la envidia.  Y no captan el verdadero mensaje de Jesús:

“Hijo mío – le dijo su padre -, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo.  Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la  vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado.”

Lucas 15: 31-32

De hecho lo que nos ocurre hoy no es que hayamos perdido un hijo, sino un hermano.  Y, mientras el Padre extiende sus brazos llenos de amor para acogerlo, nosotros – los limpios, los puros, los santos, los irreprensibles – nos mostramos irremediablemente ofendidos por tanta generosidad.  A veces increpamos a Dios por ser tan bueno con los malos, cuando nosotros, en nuestro ilustrado concepto, mereceríamos un trato preferencial debido a nuestra santidad inocultable que resplandece ante todos los hombre.

Dios sale hoy todos los días, a todas horas, a la vera del camino humano a esperar a ese hijo perdido, mientras nosotros – los limpios, los puros, los santos, los irreprensibles – nos matamos trabajando en los campos del Padre para tratar de agradarlo y ganar su aprobación.  Si nuestro hermano se ha perdido, es su problema, no el nuestro.  Nos amargamos cuando el Padre acepta de buena gana a nuestros hermanos disolutos   si regresan al hogar, porque nos juzgamos a nosotros mismos dignos de mejor aprobación.

El gran tesoro perdido de Dios es el pecador.  ¿Cuántos perecieron en las torres gemelas sin conocer la verdad? ¿A cuántos rechazamos cuando quisieron  ir a la casa paterna con el corazón compungido? ¿Cuál fue nuestra reacción frente a hermanos descarriados que quisieron recuperar su posición como hijos del Padre común?  Reprendamos el orgullo espiritual que nos hace mirarnos al espejo narcisista de falsas virtud y perfección, y nos impide ver más allá de nuestro propio rostro las lágrimas del hermano que pide perdón y reclama una nueva oportunidad en la casa paterna.

Todos hemos sido, en algún momento, el rebelde que abandona el alero del padre y derrocha la herencia, comparte con cerdos y prostitutas el hambre y la desolación y, finalmente, acosados por una angustia existencial incontrolable, tomamos una decisión: Iré  a mi Padre, le pediré perdón y le diré que me reciba como sirviente.  Eso somos: sirvientes del Señor.  Que El nos dé sabiduría para abrir las puertas a sus hijos descarriados que decidan volver a casa.

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 175-176)

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Los tesoros perdidos | El hijo perdido p2

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A medida que se acerca a la casa familiar, el panorama se le aclara: a la distancia puede ver a un hombre  que, con las manos como  quitasol, otea el horizonte desde una vuelta del camino.  Aprehensivo, piensa: Es algún delator de mi padre que espera mi regreso para ir a informárselo a fin de que me cierre la puerta en las narices.

 

Cuando está cerca lo suficiente para identificar mejor las cosas, queda sumido en la más profunda perplejidad: No lo puede creer, el vigilante del camino es su propio padre quien, al reconocerlo, se lanza sobre él corriendo, lo abraza, le da un beso en la mejilla y le dice: -Hijo mío, desde que te fuiste, todos los días he salido a este camino esperando que volvieras a mí.

 

De inmediato se desencadena una secuencia formidable: el buen Padre viste a su hijo con un traje de gala, le entrega el anillo de oro, contrata la mejor orquesta del lugar y organiza un gran baile para celebrar el regreso del perdido al seno del hogar.

 

En medio de tan edificante historia, hay alguien que protesta, alguien que no está de acuerdo, alguien que se considera a sí mismo tan bueno  que no puede tolerar a quien regresa sin recibir reclamos por su conducta desordenada.  Hay que tener mucho cuidado con este sujeto, es el santurrón.

 

Mientras tanto, el hijo mayor estaba en el campo.  Al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música del baile. Entonces llamó a uno de los siervos y le preguntó qué pasaba.  ‘Ha llegado tu hermano – le responde -, y tu papá ha matado el ternero más gordo porque ha recobrado a su hijo sano y salvo’.  Indignado,  el hermano mayor se negó a entrar.  Así que su padre salió a suplicarle que lo hiciera.  Pero él le contestó: ‘Fíjate cuántos años te he servido sin desobedecer jamás tus órdenes, y ni un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos!  ¡Pero ahora que llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el ternero más gordo!’

Lucas 15:25-30

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 174-175)

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Los tesoros perdidos | El hijo perdido

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Las traducciones antiguas de la Biblia decían ‘hijo pródigo’.  Nunca pude entender el significado que se le ha pretendido acomodar a esa expresión.  Pródigo es un vocablo inadecuado, me parece, para indicar lo que Jesús quiso transmitirnos en esta clásica enseñanza.  Eso no es relevante, sin embargo.  Lo que importa entender aquí son algunas cosas bien simples que Jesús nos indica.

 

Un rebelde juvenil – como hay muchos hoy en día – decide irse de la casa paterna, sin que existan razones valederas para tal decisión.  El padre,  muy comprensivo, no lucha por convencer a ese hijo, no esgrime argumentos razonables para retenerlo, no suplica, no negocia, no transa.  Se limita a entregar al rebelde la herencia que le corresponde.  El joven se lanza a la gran vida, o lo que él supone que es la gran vida: toma una suite en el hotel de cinco estrellas, contrata las prostitutas a domicilio, los músicos del estilo subliminal, los vendedores de droga y alcohol, y cree haber hallado la felicidad hasta cuando las tarjetas de crédito son bloqueadas, los cheques del banco devueltos, los bienes embargados….

 

La situación llega a ser tan difícil que aquel joven  termina como cuidador de cerdos en una cochera.  Una noche, a altas horas, en ese silencio insoportable que nos obliga a oírnos a nosotros mismos, él adquiere un nivel de conciencia para pensar: -Qué tonto soy, en mi casa hasta los sirvientes viven mejor que yo.  Decide, entonces hacer su metanoia (palabra griega para arrepentimiento, que significa cambio de dirección), se levanta y va hacia su padre para pedirle perdón y rogarle que lo reciba como un sirviente.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 173-174)

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Los tesoros perdidos | La moneda perdida

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Los tesoros perdidos de la iglesia, un tema de profunda reflexión.  ¿Qué es lo que se ha perdido?  ¿Por qué se ha perdido? ¿Dónde se ha perdido?  Hay una moneda que hemos extraviado: Su nombre, la fe.  Circulan muchas falsificaciones de esta moneda; hay una fe aparente, una presunción de fe, una fe  relativa y una falsa fe.  La parábola de Jesús ayuda a la comprensión del tema que nos ocupa:

 

O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: Alégrense conmigo;  ya encontré la moneda que se me había perdido

Lucas 15: 8-9

Las principales falsificaciones de la moneda auténtica de la fe  han sido, paradójicamente, dentro de los llamados ‘movimientos de la fe’, que enseñaron a la gente a tener fe en la fe en vez de tener fe en Dios. De esta manera, arbitrariamente se hizo de la fe una sustancia que uno podía tomar a voluntad, en el aire.  Algunos exageraron tanto este error que llegaron a predicar que Dios creó cuanto existe porque tuvo fe; si Dios no hubiera creído que era posible la creación, ésta habría sido un imposible para Dios.  En otras palabras, la fe está por encima de Dios como un algo que El utiliza para sus fines; de la misma manera, yo puedo disponer de ese poder autónomo cuando me presento a un cajero electrónico en cualquier parte del mundo, introduzco mi tarjeta, tecleo mi clave y recibo los dineros que reclamo.  Solo debo asegurarme de que mi depósito sea suficiente para mi necesidad. Por lo tanto, debo tener una fe infinita para obtener resultados infinitos.

Tal manera de pensar es contraria al cristianismo.  Lo que éste ha enseñado siempre es sencillo: Dios es y Dios puede.  No se trata de agarrar a voluntad algo disponible, sino de ir con humildad ante Quien dispone todas las cosas, con la convicción de que El puede hacer hasta lo imposible.  Un maestro que llegó a hacerse famoso entre evangélicos habló de ‘la fe de Dios’.  ¿Y, cómo Dios podría tener fe? ¿Fe en quién o en qué?  Dios es el Ser en Sí Mismo y nada existe en lo cual él pueda creer o confiar.  Podemos creer y confiar en El, lo cual es muy distinto.

La bella América ha perdido su moneda: la fe que conservaron como un tesoro a través de los tiempos hombres y mujeres de Dios que engrandecieron a este continente.  En los supermercados religiosos pueden comprarse muchas cosas con las falsificaciones casi perfectas de esa moneda: falsa seguridad, paz aparente, prosperidad transitoria, rélax sicológico.  Pero el 11 de septiembre algo pasó: la engañada América despertó de un sueño placentero a percatarse de que su tesoro se había extraviado.  Es hora de que barra la casa con diligencia, lámpara en mano, para reencontrar su fe auténtica;  y, cuando la halle, debe reunir a amigas y vecinas para la gran fiesta.  Encontrar ese tesoro perdido de la fe es hoy la prioridad de todas las prioridades.

Para facilitar la búsqueda, hay una pista segura: la moneda se encuentra entre los escombros de las torres gemelas.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 171-173)

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