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VI-MAR-01

El tesoro de la amabilidad | Lo que no es la amabilidad

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

Después que miremos la parte negativa, miraremos también la positiva, en un esfuerzo dialéctico por desentrañar el sentido original de esa virtud hoy tan escasa, pero tan necesaria, que es la amabilidad. Tropieza uno casi a diario con cristianos altaneros, mordaces, de malos modales, y siente ganas de reeditar el maravilloso Manual de Urbanidad y Buenas Maneras,  que fue todo  un “best-seller” en viejas épocas y ahora parece una especie de incunable porque no se consigue por ninguna parte. Su autor,  Manuel Antonio Carreño, era un buen protestante presbiteriano y  lo único que hizo con su librito fue codificar la ética elemental que debe tener todo cristiano. ¿Qué no es la amabilidad?

 

No es halagar a Dios

Hay personas que oran como tratando de adular a Dios: “Señor, eres tan lindo, yo te amo tanto, tú significas todo  para mí”, pero le están mintiendo con la lengua y no se dan cuenta de que él mira directamente el corazón. ¿Qué dice el salmo?

 

Pero entonces lo halagaban con la boca, y le mentían con la lengua.

Salmo 78:36

 

El Señor no atiende a estos aduladores eclesiásticos; más bien les dice: “Farsante, mentiroso, lo que me están diciendo no lo sientes en tu corazón”.  ¿Debemos ser amables con Dios?, sí, pero amabilidad no significa hipocresía. Escucha uno oraciones grandilocuentes a través de las cuales las personas halagan a Dios con palabras infladas de su boca, y le dicen una cantidad de mentiras. ¡Qué tontos son! Deberían saber que Dios no se deja sobornar de nadie, pues  no necesita que nadie le “eche cepillo”, ni lo trate diplomáticamente. En el mundo político, diplomacia es falacia.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 150-151)

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VI-FEB-04

El tesoro de la amabilidad P2

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

Si nos atenemos a la etimología castellana de “amabilidad”, comprendemos claramente qué significa “amable”. Mi diccionario dice: “Digno de ser amado, complaciente y afectuoso”. Ahora bien, amabilidad es la condición y cualidad de amable; que,  en términos muy exactos, significaría “cristiano”, porque  lógica, natural, espontáneamente,  el cristiano debe ser amable, es decir, digno de ser amado, complaciente y afectuoso.  Sin embargo, no  parece ser así, pues allá afuera, en la sociedad humana,  hay unas ideas bastante diferentes; todo el mundo juzga que los evangélicos son, más bien, antipáticos, orgullosos espirituales, despreciativos, distanciadores y odiosos. Como quien dice, todo lo contrario de lo que está pidiendo el apóstol San Pablo cuando  enseña sobre el fruto del Espíritu Santo.

 

Hay que reconocerlo, aunque duela, tenemos mala imagen,  nos hemos ganado fama de  personas anormales, por fuera del contexto social, y ese es uno de los grandes problemas que enfrenta el cristianismo de hoy. Muchos no se convierten en los días actuales,  porque no quieren ser tan pesimistas, negativos e insociables, tan poco amables como el cristiano promedio de hoy en día.

 

El gran historiador cristiano Richard Nieburhn afirma, con razón,  que cada vez que en la historia humana se presentan necesidades  nuevas, la Reforma Protestante crea un movimiento específico para atenderlas. Hoy en día -añade esta reconocida autoridad- los más grandes esfuerzos cristianos se aglutinan en dos corrientes: las llamadas megaiglesias y el movimiento pentecostal, y  marca esta diferencia: las megaiglesias congregan a personas de clases medias y profesionales que se ocupan del conocimiento y son más dúctiles a la gentileza relacional; en tanto, en el movimiento pentecostal, por el contrario, la tendencia es a que haya personas de clases marginales que no tienen posibilidad de ascenso social ni económico.

 

Tales afirmaciones de tan importante pensador cristiano del siglo XX deberían hacernos meditar: ¿se está formando esa clase de división en el cristianismo? ¿Hay, en sentido estricto, iglesias para los que piensan e iglesias para los que no piensan, iglesias para los que tienen ascenso social e iglesias para los que no lo tienen? Es lamentable que, en muchos casos, las congregaciones sean en realidad guetos cerrados y exclusivistas, y ello tiene  mucho qué ver con la falta de amabilidad entre cristianos. Y hay que decir con franqueza que,  para  que el cristianismo vuelva a ser esencialmente lo que su Fundador quiso que fuera, es indispensable rescatar la amabilidad.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 148-150)

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VI-FEB-03

Los tesoros perdidos | La oveja perdida P2

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

En dimensión cósmica, el planeta Tierra tal vez sea la oveja extraviada del redil divino y, por eso en su infinita misericordia, el Padre envió a su Hijo como el pastor que deja seguras en sus establos a las noventa y nueve para recuperar esta pequeña arisca que se le salió de las manos.  Planetariamente, en nuestro propio ámbito terrícola se repite la parábola:

 

El entonces les contó esta parábola: Supongamos que uno de ustedes tiene cien ovejas y pierde una de ellas.  ¿No deja las noventa y nueve en el campo, y va en busca de la oveja perdida hasta encontrarla?.  Y cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros y vuelve a la casa.  Al llegar reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: Alégrense conmigo; ya encontré la oveja que se me había perdido.

Lucas 15: 3-6

 

Hoy el pastor cristiano se ve cómodamente instalado en su redil, rodeado de ovejas gordas a las que ordeña y esquila a regusto, mientras la extraviada vaga por acantilados peligrosos, ciega y torpe, en medio de la oscuridad espantosa.  Si alguien se ha marchado, oremos para que regrese – opinan – pero no tomemos iniciativas que puedan perturbar la legítima libertad en uso de la cual se ha marchado lejos del rebaño.  El hombre posmoderno es esa oveja perdida,  que se cree autosuficiente cuando desconoce su esencia gregaria y la necesidad que tiene de todos los demás, como miembros de sus propios miembros.  Al individualismo russelliano se ha sumado la sentencia cómoda del proceso  kafkiano: el hombre es culpable de ser inocente.

 

Algunas ovejas perdidas de hoy son desertores de la fe cristiana.  Muchos de ellos se fueron alejando sin darse cuenta y sin que nadie se diera cuenta.  Que el Espíritu Santo nos envíe  una efusión de valor y poder para ir a su rescate.  Desde un lugar más alto que las torres gemelas alguien vigila sobre nosotros: el Príncipe de los Pastores, ante quien no podemos presentarnos con faltantes cuando venga a contar los rebaños que nos ha encomendado, oveja por oveja, en forma minuciosa.

 

Por tanto pastores, escuchen bien la palabra del Señor: Tan cierto como que yo vivo – afirma el Señor omnipotente -, que por falta de pastor mis ovejas han sido objeto de pillaje y han estado a merced de las fieras salvajes.  Mis pastores no se ocupan de mis ovejas; cuidan de sí mismos pero no de mis ovejas.

Ezequiel 34:7-8

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 170-171)

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VI-FEB-02

Los tesoros perdidos | La oveja perdida P1

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Uno de los estragos más grandes producidos por las nuevas corrientes teológicas, cuando se salieron de cauce por contemporanizar con el medio ambiente intelectual y social del siglo pasado, fue la idea – hoy generalizada principalmente entre los jóvenes – de que el hombre es bueno por naturaleza y, siendo inocente de la existencia de las tentaciones, mal podría ser juzgado por caer en ellas.  Los pensadores de esta línea nunca nos aclararon por qué razón un niño es espontáneamente perverso: egoísta, mentiroso, cruel. ¿Quién le enseñó a ser así?

 

Tuvo mucha razón Bertrand Russell cuando dijo que este mundo será lo que nosotros queramos que sea.  El propio pensador británico quiso que fuera ateo, y lo fue.  O casi.  Al final de su vida, por llevarles la contraria y causarles indigestión, Russell solo legó a los gusanos un viejo esqueleto forrado de arrugas.  No pudo contradecir a la muerte quien dedicó toda su vida a contradecir a la vida.  Librepensador por tarea, fue campeón en el arduo deporte de nadar contra la corriente.

 

Cuando la humanidad pedía guerra, agitaba con nervuda mano la bandera de la paz; si la tierra necesitaba paz, se convertía en apocalíptico adalid de la guerra.  De joven, pagó con cárcel una censura a la conscripción; en la ancianidad, maldijo el que los años no le permitieron alistarse en el ejército.  Don Sarcasmo fue un símbolo del siglo XX, edad de la refutación, la duda, la contradicción, lo relativo.  El hombre de esa centuria fue un animal contradictorio, como Pablo dando coces contra el aguijón.

 

Para el pensamiento surgido de cerebros como el de Russell, lo importante era ir al revés de lo convencional: los estudiantes contra los maestros, los hijos contra los padres, las mujeres contra los hombres, los feligreses contra el clero, los gobernados contra los gobernantes, los ateos contra Dios, todos los pájaros tirándoles a todas las escopetas,  porque sí o porque no, sencillamente.  El hombre fue así un tesoro que Dios perdió.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 168-170)

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VI-FEB-01

Los tesoros perdidos | El libro perdido P2

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Hoy se leen muchos libros sobre la Biblia, pero no se lee la Biblia; y los que lo hacen, en vez de aplicar las lecciones derivadas del texto, se dedican a discutir sobre pergaminos, manuscritos, códices, traducciones, lenguas, escribas, talmudistas y otros temas subalternos.  A veces, sinceramente, la Biblia está perdida en lenguajes antiguos, arcaísmos y construcciones gramaticales vetustas e inactuales. Una buena forma de recuperar este tesoro perdido es la actualización del lenguaje para que se entienda por el lector de hoy, de una mentalidad muy diferente a la de hace, digamos, quinientos años, cuando las torres gemelas no existían ni en la imaginación más febril;  tanto menos atrás en el tiempo cuando el terrorista mas famoso fue Eróstrato por incendiar el templo de Artemisa en Éfeso.

 

En los años cincuentas del siglo pasado, el estado de Israel se vio invadido por las inmigraciones de la diáspora proveniente de todos los países del mundo, y le llegaron muchas novedades, algunas útiles, otras corruptoras. Entre las últimas, cierto liberalismo judío que, posando de ilustrado, menospreció la Biblia y enseñó en escuelas y universidades que tal libro era uno más de muchos textos religiosos propios del Oriente Medio. Estos inteligentes y modernos judíos habían cambiado la tradicional concepción divina esencial de su pueblo y algunos ya aceptaban la teología de la muerte de Dios, de Altuzer.

 

Pero cuando tales perversiones avanzaban muy orondas, desprevenidos beduinos tropezaron, sin proponérselo, con el tesoro perdido: los rollos del Mar Muerto. Si alguien quería una prueba científica objetiva sobre la validez y autenticidad de las Sagradas Escrituras, allí la tenía. El tesoro perdido se conservaba intacto en vasijas de barro dentro de unas cavernas, no custodiado por pequeños demonios: gnomos, elfos o duendes, sino por ángeles de Dios con espadas de fuego.

 

Cuando la cristiandad extravió el gran tesoro, la Biblia; cuando llego a prohibirse su búsqueda bajo pena de excomunión, unos nuevos esenios llamados los protestantes se enclaustraron en cavernas de bibliotecas  a recuperar, línea por línea, el tesoro escritural. No hay razón para que sus herederos, los evangélicos de hoy,  hayan permitido el extravío del bíblico tesoro. Lamentablemente, no pocos han contribuido a que se pierda, o la han escondido de los buscadores ansiosos. Hoy la Biblia se ha extraviado en el templo, como en los viejos tiempos de Josías.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 168-169)

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VI-ENE-05

Los tesoros perdidos | El libro perdido

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Después de la muerte del rey Ezequías, sus sucesores en el reino de Judá, Manasés y Amón, hicieron cosas abominables: reconstrucción de santuarios paganos, ritos sacrificiales  de niños, adoración de los signos del zodíaco, hasta el extremo de que el pueblo de Dios llegó a ser más idólatra que las naciones a las que se había despojado para darle la tierra prometida.  Durante ese período traumático se perdió otro tesoro: el libro de la Ley.  Nadie lo aplicaba porque nadie lo conocía, nadie lo conocía porque nadie lo leía, nadie lo leía porque nadie sabía donde había ido a dar en medio de tantas mudanzas espirituales.

 

Pero al fin un rey piadoso, Josías, propició una reforma religiosa para recuperar la protección divina sobre sus gobernados y su propia persona.  Se dio  a purificar a Judá, retiró los santuarios de los dioses paganos, redujo a  polvo los lugares dedicados a la idolatría y ordenó reparar el templo de Dios.  Honrados y piadosos trabajadores recibieron salarios justos por las refacciones arquitectónicas que realizaban.  Y un dia…

 

Al sacar el dinero recaudado en el templo del Señor, el sacerdote Jilquías encontró el libro de la ley del Señor, dada por medio de Moisés.  Jilquías le dijo al cronista Safán: He encontrado el libro de la ley en el templo del Señor.  Entonces se lo entregó

2 Crónicas 34: 14-15

El libro sagrado estaba perdido…. ¡en el templo!  ¿No ocurre algo similar hoy mismo, por ventura?  La Biblia está extraviada, nadie la aplica porque nadie la conoce, nadie la conoce porque nadie la lee, nadie la lee porque nadie sabe a dónde ha ido a dar en medio de tantas mudanzas espirituales.  Si hoy se levantara un Josías en el pueblo del Señor, tal vez diría como aquel monarca, rasgando sus vestiduras después de leer el santo texto:

Con respecto a lo que dice este libro que se ha encontrado, vayan a consultar al Señor por mí y por el remanente de Israel y de Judá.  Sin duda que la gran ira del Señor se ha derramado contra nosotros porque nuestros antepasados no tuvieron en cuenta su palabra, ni actuaron según lo que está escrito en este libro.

2 Crónicas 34:21

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 167-168)

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VI-ENE-04

Los tesoros perdidos | El arca perdida

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Una aleccionadora historia del primer libro de Samuel nos relata que los filisteos derrotaron a los israelitas en una encarnizada batalla y que no solamente mataron a muchos sino robaron el Arca de la Alianza, precioso tesoro espiritual celosamente guardado desde la travesía por el desierto.  Ninguna derrota podía ser mayor que ésta; los dos inmorales hijos de Elí murieron en la batalla y el propio viejo sacerdote que había sido permisivo con ellos en extremo, al recibir tan terribles noticias, cayó de espaldas de la silla donde reposaba, se rompió la nuca y murió.  Además,

Su nuera, la esposa de Finés, estaba embarazada y próxima a dar a luz.  Cuando supo que el arca de Dios había sido capturada, y que tanto su suegro como su esposo habían muerto, le vinieron los dolores de parto y tuvo un alumbramiento muy difícil.  Al verla agonizante, las parteras que la atendían le dijeron: Anímate, que has dado a luz un niño.  Ella no respondió; ni siquiera les hizo caso.  Pero por causa de la captura del arca de Dios, y por la muerte de su suegro y de su esposo, le puso al niño el nombre de Icabod, para indicar que la gloria de Israel había sido desterrada.  Exclamó:  ¡Se han llevado la gloria de Israel! ¡El arca de Dios ha sido capturada!

1 Samuel 4:19-22

El nombre Icabod significa, patéticamente, ‘sin gloria’.  Cuando se pierde el tesoro de la alianza con Dios, como ocurrió a Israel en aquel tiempo, las desgracias se desencadenan en forma incontenible. ¿No habrá pasado algo de esto el 11 de septiembre? ¿No habría, acaso, algunos Ofnis y Finés que fornicaban a inmediaciones del templo? Por fortuna, esta arca siempre es recuperable;  no sucede con ella lo que con la de Noé, que ha originado tantos y tan variados mitos.  El arrepentimiento siempre establece el pacto con el Señor y, cuando es guiado por propósitos de sincera enmienda, tiene poder para devolver el arca a  su sitio: el corazón humano.  No hay filisteo capaz de retener ese tesoro, Dios mismo le ordena devolverlo a su dueño legítimo: el creyente.

Así que mandaron este mensaje a los habitantes de Quiriat Yerín: Los Filisteos han devuelto el arca del Señor; vengan y llévensela.

1 Samuel 6:21

En los últimos decenios del siglo XX el arca de Dios fue capturada por guerreros espirituales de un ejército adverso; tomaron lo sagrado, lo llevaron a tierra extraña e hicieron un mal uso de sus poderes;  algunos murieron, otros fueron a la cárcel, pues lo santo no puede manipularse con manos inmundas.  Quienes quisieron recuperar el arca, por otra parte, no tuvieron cuidado de llevarla al lugar que le correspondía; la dejaron en alguno diferente a la Santa Ciudad.

 

Igual que ayer, necesitamos un David decidido y corajudo que vaya por el arca y la ponga donde debe estar, como el propio Samuel lo relata en su segundo libro:

 

En cuanto le contaron al rey David que por causa del arca el Señor había bendecido a la familia de Obed Edom y toda su hacienda, David fue a la casa de Obed Edom y, en medio de gran algarabía, trasladó el arca de Dios a la Ciudad de David

2 Samuel 6:12

Sacudida por los luctuosos acontecimientos septembrinos, la iglesia cristiana tienen la perentoria obligación de retomar el arca de su santa alianza con Dios y ponerla a cubierto de merodeadores, oportunistas y mercaderes que la utilizaron como pretexto para sus transgresiones.  Que vuelva a reposar serenamente en corazones contritos y nunca más sea llevada a tierra de filisteos

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, página 165-167)

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VI-SEP-01

Los tesoros perdidos | El tesoro de Salomón

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Una vieja leyenda africana habla sobre las minas del rey Salomón, un tesoro que él habría compartido con la reina de Sabá. Ignoran sus acuciosos buscadores que el propio y espléndido rey no necesitaba tales minas, habiendo recibido desde  joven la llave del arca que guarda el tesoro perdido del hombre: la sabiduría.

“Si la buscas como a la plata, como a un tesoro escondido, entonces comprenderás el temor del Señor y hallarás el conocimiento de Dios”

Proverbios 2: 4-5

En la búsqueda de esta llave maravillosa se han tomado dos opciones: unos creen que pueden hallarla a través de la pobreza material; otros quieren comprarla con la riqueza económica.  Ambos puntos de vista son exagerados y contradicen, por lo tanto, la genuina orientación cristiana. Y aquí tenemos un claro factor divisorio entre Estados Unidos y América Latina: al sur del Río Grande y hasta la Tierra del Fuego, la teología de la miseria ha adoctrinado a las masas en la resignación; al norte, por el contrario, la teología de la prosperidad ha centrado la vida cristiana en el dinero.

El drástico contraste que puede observarse entre una y otra región del Nuevo Mundo en cuanto a los bienes materiales, ha generado cierto antiyanquismo que subyace en el inconciente colectivo como un fermento de la cólera popular. No cabe duda alguna de que la economía depende de la religión. En la aplicación de los principios económicos contenidos en la Biblia reposa la economía más sólida del mundo; en su desconocimiento y contradicción la miseria de sus vecinos.

Algunos piensan que ha sido la opulencia unida a la indiferencia el detonante de situaciones difíciles entre amerindios y anglosajones, no mejorada, sino agravada, por la acción de misiones norteamericanas que no siempre supieron acercarse adecuadamente a la realidad latinoamericana. Hoy las cosas empiezan a cambiar: los misioneros llegados en los últimos tiempos se han preparado mejor para sus tareas, como lo hicieran en África los europeos, de los cuales hay dos ejemplos maravillosos: David Livingston y Albert Schwaitzer. Hoy existe una mejor cooperación interiglesias a los dos lados de la gran frontera, y es de esperarse que ella conduzca a la recuperación de la unidad cristiana que es también un tesoro perdido.

Las durísimas lecciones del 11 de septiembre deben asimilarse con buen ánimo y llevarse a la práctica con decisión. Hay varios tesoros perdidos por la iglesia cristiana del siglo XXI, a cuya recuperación deben dirigirse nuestros esfuerzos, ojalá con idéntico celo al que despliegan en las aguas del Atlántico los buscadores de los galeones españoles náufragos y los tesoros del pirata Morgan en las islas caribeñas.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 164-165)

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VI-AGO-04

Los tesoros perdidos | Parte 2

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Un recuerdo recurrente de mi infancia se relaciona con un tesoro perdido. Nací en un ambiente marcadamente rural, de pintorescos paisajes y aldeas de pesebre navideño, donde los grupos humanos son íntimos y cerrados, las tradiciones se conservan genuinas, los relojes andan más despacio y las muchachas miran con ojos de otro siglo. Allí se asentaron desde antiguo familias venidas del Mediterráneo: españoles, algunos portugueses e italianos, y hasta un moro entrometido. Los pioneros, de los cuales quedan contadísimos descendientes, fueron remisos a la mezcla y mantuvieron fisonomías castizas.

No hay allí memoria de los amores clandestinos de algún fraile español disoluto y una princesa india atropellada; y, si hubo incursión de glóbulos precolombinos en el torrente sanguíneo, ellos fueron asimilados por el blanco hasta el punto de estar diluidos en la actualidad. El elemento camita es del todo desconocido, pese  a que en la época colonial algunos criollos poseyeron esclavos. Entre los inmigrantes que se constituyeron en patriarcas de la provincia surcolombiana hubo burócratas enviados por la Corona, honorables colonos en procura de oportunidades, honorables oportunistas, trotamundos fatigados, aventureros buscalavida e hidalgos calaveras a quienes sus familias quisieron tener lejos para evitarse dolores de cabeza. Y todos ellos, sin excepción, cruzaron el Atlántico con un solo propósito: buscar el tesoro perdido.

En la antigua casona de mis antepasados muchos perciben ruidos, observan figuras en movimiento, oyen voces, sienten presencias. Se dice que ello proviene de entierros hechos por varias personas en aquel fundo; que un cura sepultó en lugar desconocido un cáliz de oro recamado de piedras preciosas; que otro caballero, escondió en sitio no determinado cofres llenos de ‘morrocotas’ (nombre vulgar de las monedas de oro), en previsión de lo que pudiera pasar durante una de las tantas guerras civiles de mi país. Hay quienes dicen que, atrás en el tiempo, funcionó allí un convento de frailes españoles que ocultaron objetos  de oro tomados de los indios. Otros van a un pasado más remoto para decir que una comunidad indígena, a vísperas de ser diezmada por los conquistadores, puso allí a buen recaudo sus riquezas bajo tierra.

Las suposiciones son todas válidas e, incluso, pueden combinarse entre sí. Lo cierto del caso es que esa vieja casona ha sido escenario de curiosos relatos. Aseveran, por ejemplo, que se oyen por las noches rezos en latín y tintineo de campanillas, como si se celebrara misa, y que, de madrugada, se siente llegar al paso, una cabalgadura cuyo jinete desmonta en la pesebrera, y, después de desenjaezar la bestia y soltarla en el potrero de enfrente, sube a trancos las escaleras del balcón volado hacia la quebrada.

Yo vivía crédulamente convencido de tales infundios y me convertí a Jesucristo cuando más ocupado andaba en la búsqueda del tesoro familiar perdido, pero el Espíritu Santo me disuadió de continuar la estéril pesquisa al revelarme que el tesoro que el hombre busca desde tiempos inmemoriales se extravió en el huerto del Edén y, desde entonces permanece vacía la urna que lo guardaba: el corazón humano. El tesoro perdido tiene un nombre anticuado: Dios, y solo se recupera por medio de la cruz. Quien obtiene el Gran Tesoro, recibe gratuitamente todos los pequeños tesoros que lo afanan y angustian sin sentido

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 162-163)

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VI-AGO-03

Los tesoros perdidos | Parte 1

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La vida humana es la búsqueda de un tesoro perdido. Desde tiempos no codificados la memoria ancestral ha contado este cuento: el hombre perdió algo, no se sabe qué ni cuándo, y ha dedicado todos sus recursos y fuerzas disponibles a procurar su recuperación. Jamás ha tenido éxito en su empresa, pero nunca ha cejado en su intento. En culturales y folclóricas versiones, le ha dado muchos nombres a su pérdida: la fuente de la eterna juventud, el elíxir de larga vida, la felicidad, etc.

 

La epopeya de los argonautas griegos a la búsqueda del vellocino de oro en la remota Cólquide es quizás la más elaborada pieza literaria sobre este asunto. De alguna manera, todos los cultores artísticos se han ocupado del tema:  el Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, y la Isla del Tesoro, de Stevenson, son ejemplos populares de ello. La leyenda de El dorado de la América precolombina inspiró por igual la odisea de la conquista española y casi todas las escrituras hispano-amerindias desde Juan de Castellanos hasta García Márquez.

 

El Anillo de los Nibelungos, de Ricardo Wagner, es una pieza tomada de la mitología germano-escandinava, y en ella se nos informa que el tesoro perdido es custodiado por pequeños demonios que han recibido variados nombres: gnomos, elfos, duendes, etc.  Los siete enanitos de Blanca Nieves cumplen tarea parecida.  En la América Latina, principalmente sus zonas rurales, los tesoros guardados bajo tierra se llaman guacas; y, así como en los castillos escoceses son custodiados por fantasmas, en esta parte del mundo las almas del purgatorio están encargadas de tal celaduría.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Eterno Presente, páginas 161-162)

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