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El Fruto Eterno Tag

El fuego de la fidelidad | La fidelidad de Dios P2

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

La fidelidad de Cristo.

 

Este punto es verdaderamente para meditarlo. Jesús de Nazaret es el único ser humano que ha permanecido perfectamente fiel e invariable:

 

Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo.

Hebreos 2:17

 

¿Qué dice? Sobre todo, ¿qué significa? Dice y significa que, para ser fiel con los hombres, se hizo un hombre. ¡Increíble! “Tengo que ser como ellos para poder ser fiel con ellos”, pensó. Jesucristo es esencialmente fiel como Dios porque Dios es fiel; pero también es fiel como Hombre, ¿para qué? Para expiar nuestros pecados.  Nuestra redención viene de la fidelidad de Jesucristo. Su fidelidad  ha borrado mi culpabilidad.  Por su bendita sangre fue expiada mi culpa, ya  no debo nada,  tengo seguridad eterna, gracias a su fidelidad de Hombre con el hombre.

 

La fidelidad del Espíritu Santo.

 

En Gálatas 5:22, que es nuestra escritura marco, está bien claro que el Espíritu Santo es el que nos induce a practicar la fidelidad, el que nos hace dar fruto de fidelidad en nuestra conducta. Observemos bien: la fidelidad del Padre -fidelidad divina- se hace fidelidad humana perfecta a través del Hijo, para que el Espíritu Santo haga fructificar fidelidad a los creyentes.  Dios mismo es nuestro ejemplo de fidelidad, y Jesucristo dijo: “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”; como quien dice, se nos exige  esforzarnos por alcanzar una fidelidad perfecta. El objetivo es perfección fiel.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 196)

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El fuego de la fidelidad | La fidelidad de Dios P1

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Bien optimistas -como debe ser siempre- desarrollemos un nuevo acápite que versará sobre la fidelidad de Dios. Analizaremos el tema, como lo hemos venido haciendo, en las tres personas de la Santísima Trinidad.

 

La fidelidad del Padre.

 

La Biblia está llena de relatos sobre la fidelidad de Dios. De hecho, todo el sagrado libro –de pasta a pasta, es decir, de Génesis a Apocalipsis- es un testimonio escrito de la fidelidad divina. Miremos, por ejemplo,  lo que dice Pablo en una de sus cartas más reconocidas:

 

Fiel es Dios, quien los ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

1 Corintios 1:9

 

Es tan obvio, cuando estamos hablando de Dios, decir que él es fiel. Si no fuera fiel no sería Dios, así de simple es el asunto. ¿Cómo no ha de tener fidelidad la Deidad? Absurdo que no la tuviera, si en la propia esencia de Dios está la fidelidad, El es Dios y por lo tanto es fiel. Es fiel por una sola razón: porque es Dios; y, siendo invariable, tiene que ser necesariamente fiel.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 195)

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El fuego de la fidelidad | Los niveles de la fe P3

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Tercer nivel: la fe como fruto.

 

Este es propiamente el tema que nos ocupa. En Gálatas 5:22, donde se registra la enumeración de las características del fruto espiritual encontramos, como ya lo hemos visto: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad y ahora sigue, cabalmente, fidelidad. La palabra que  utiliza  el griego del Nuevo Testamento en este caso es  Pistis, muy rica en su significado; y, aunque, primariamente, se relaciona con la fe, el sentido que tiene en este contexto es, sin duda, el de “fidelidad”.

 

La palabra pistis” implica, más o menos: “Principio interior que me da seguridad en Dios, en lo que dice y en lo que hace”.  Es una certeza que yo tengo en mi caminar por la vida, sabiendo que Dios me protege todo el tiempo, que puedo confiar en él, que él es fiel conmigo; y, por lo tanto,  yo seré fiel con él. Fidelidad es fe mutua.

 

La ecuación es: Fe+fidelidad=Pistis. La fidelidad muestra la fe; no hay fe sin fidelidad. Quienes no se han dado cuenta todavía a qué Dios adoran, en qué Dios creen, en cuál Dios depositan su pistis, en el Salmo 91 hallarán toda la fidelidad de Dios retratada. Después de enumerar las más evidentes bendiciones que se derivan de la fe: protección de trampas y plagas, terrores nocturnos, flechas y pestes, calamidades hogareñas, piedras del camino, leones y víboras, fieras y serpientes, la conclusión es terminante:

 

Yo lo libraré, porque él se acoge a mí;

lo protegeré, porque reconoce mi nombre.

Él me invocará, y yo le responderé;

estaré con él en momentos de angustia;

lo libraré y lo llenaré de honores.

Lo colmaré con muchos años de vida

y le haré gozar de mi *salvación.

Salmo 91: 14-16

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 194-195)

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El fuego de la fidelidad | Los niveles de la fe P2

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Segundo nivel: la fe como don.

 

Aquí entramos directamente  al terreno de los carismas. El apóstol escribe a los corintios y les informa que el Espíritu Santo entrega soberanamente a los creyentes una donación de poder sobrenatural; y, a renglón seguido, transcribe la lista de los carismas, entre los cuales figura el “don de fe”, una dotación para conseguir imposibles. Y, muchas veces, nosotros ni nos damos cuenta lo sencillo que es practicar la fe; por el contrario,  nos parece que es un ejercicio muy difícil. Ello ocurre porque la mentalidad religiosa es un “disco duro” resistente y nos dice que nuestro esfuerzo personal hace las cosas. Pero no es verdad, si nos atenemos a una enseñanza directa de Jesús:

 

Porque ustedes tienen tan poca fe —les respondió—. Les aseguro que si tienen fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrán decirle a esta montaña: “Trasládate de aquí para allá”, y se trasladará. Para ustedes nada será imposible.

Mateo 17:20

 

Algunos imaginan que necesitan una montaña de fe para mover un grano de mostaza; suponen, erróneamente, que la fe de Moisés,  de Eliseo,  de Elías, o de Pablo eran enormes; pero Jesús dice que un grano de fe basta para realizar lo imposible. Cada uno de nosotros suele tener una montaña al frente, un obstáculo al parecer insalvable: hay montañas sentimentales, montañas de dinero, montañas de enfermedad, etc. Todos enfrentamos alguna montaña; y, por eso, yo te pido que, ahora mismo,  cierres tus ojos y pienses en la  tuya. Tú sabes qué es: si es una enfermedad, un sentimiento, un problema económico, sin importar lo que sea tu montaña, intenta una breve oración de poder para removerla. Solamente piensa esto: para conseguir algo por medio de la fe, debemos acercarnos a Dios pensando dos cosas: Dios es y Dios puede. Eso dice la epístola a los Hebreos en forma muy precisa.

 

Pues bien, si tú crees que Dios es y Dios puede, utiliza ese pequeño grano de mostaza, y ora así: “Amado Padre Celestial, yo me acerco a ti creyendo que tú eres y que tú puedes todo. Tengo al frente esta montaña que no me deja caminar, que me obstaculiza, que me impide ser feliz y tener éxito. Tomo la autoridad entregada por tu hijo Jesucristo a todos los creyentes y,  bajo el poder del Espíritu Santo, le hablo a mi montaña, y le digo: Quítate de enfrente, no me estorbes más, arrójate al mar, ahora mismo, para siempre, en el nombre de Jesucristo, amén”.

 

Ese ejercicio, por sí solo, tal vez  no produzca un efecto  inmediato. Dios me libre de inducirlos a un mecanicismo supersticioso y mágico, al estilo de la llamada “súper fe”, que está en  boga entre evangélicos marginales. Y entonces, ¿para qué practicar tal oración? Para crear en nosotros mismos, al contactar al Padre Celestial, un ambiente psicológico adecuado hacia la solución del problema. Eso es legítimo; pero, además, no creas que el Padre se hará el sordo ante este tipo de oraciones, de las cuales están llenas las páginas de la Biblia. Solo pruébalo y pronto te sorprenderás -como a mí me ha ocurrido- del enorme poder que tiene una técnica así de simple.

 

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 192-194)

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El fuego de la fidelidad | Los niveles de la fe

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En nuestra particular serie sobre el fruto espiritual, hemos trasmitido ya enseñanzas sobre: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad y bondad;  y ahora nos toca hacer una exposición sobre la fidelidad.  Los que conservan su arcaica versión y revisión bíblica,  van a contradecir, porque allí no dice “fidelidad”, sino “fe”. Pues bien, aclararemos esta diferencia, con mucho respeto por las personas aludidas. Seamos claros: no es que su traducción sea falsa, sino inexacta. Miren que no es lo mismo ser falso que ser inexacto. En otros casos, es exacta pero inactual. Exactitud  y actualidad tampoco son lo mismo.

 

A veces, en los idiomas originales de la Biblia, una palabra significa varias cosas relacionadas entre sí. Por ejemplo, en el hebreo, el vocablo “emuná” puede significar fidelidad y fe, de acuerdo con el contexto.   Lo primero que debemos aclarar, ya mirando las cosas en el texto griego, son los niveles de la fe, para que no tengamos confusiones. Ciertamente, aunque el concepto de fe es integral, hay matices que ayudan a su comprensión.

 

Primer nivel: la fe salvadora. Como su nombre lo indica, es aquella fe que me da la salvación eterna, el único requisito para ser salvo, para asegurar mi lugar en el cielo por siempre. Una escritura muy popular en la iglesia evangélica describe a las mil maravillas este nivel de la fe:

 

¿Qué afirma entonces? «La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón.» Ésta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo.  Romanos 10:8-9.

 

La técnica que nos está dando aquí el apóstol es sencilla y elemental pero incomprendida en algunos sectores cristianos: Para obtener la salvación eterna no necesito absolutamente nada más que seguir el procedimiento paulino; creer y confesar. Al finalizar los pasados siglo y milenio, hubo mucho bochinche internacional porque el Vaticano firmó con la  Iglesia  Evangélica Luterana una declaración muy pomposa en la cual las dos congregaciones se ponían de acuerdo para afirmar que la salvación es únicamente por fe. Personalmente me alegré mucho, ¿saben por qué? Porque cuando los muy católicos señores Calvino, Lutero,  Simmons y compañía hicieron la Reforma, su movimiento recibió ese nombre precisamente porque la idea era que Roma se reformara; pero, lamentablemente, no se quiso reformar sino creó un esperpento que se llamó la “contrarreforma”.

 

Es una noticia alentadora que, quinientos años después, Roma reconozca que los reformadores tenían toda la razón, porque nadie puede salvarse por obras, ni por méritos; sino que la salvación se obtiene únicamente, exclusivamente por la fe en nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, me ha parecido inconsistente y contradictorio que, después de firmar esa declaración que tanto nos alegró a los cristianos en general, la propia Roma declarara el 2000 como “año de jubileo”, con emisión extra de indulgencias plenarias para todos los que visitaran los santuarios marianos, y otras religiosidades de parecida índole. Eso sí, como dicen los españoles en su refranero, es “borrar con el codo lo que se escribe con la mano”.

 

Porque si alguien necesita penitencias, entonces no se salva por fe; si requiere indulgencias plenarias, está comprando su salvación; y, en consecuencia, ya no se salva -según él piensa- sino por su propio esfuerzo personal.  Eso no es lo que enseña la Palabra de Dios, para que quede bien claro; sino, expresamente,   por medio de la fe.

 

Desde los tiempos primitivos de la iglesia, el propio apóstol  Pablo -en esta misma incomparable epístola a los romanos, que hay que releer con frecuencia-, nos recuerda que Abraham le creyó a Dios y que su fe le fue contada por justicia; no que el patriarca hizo méritos a través de buenas obras, sino que -simplemente- le creyó a Dios y fue automáticamente justificado. Y, como ratificación, añade Pablo que, por eso está escrito, “el justo por la fe vivirá”.  Las buenas obras son un resultado de la fe, pero no contribuyen a la salvación; hago buenas obras porque soy salvo, no para poder serlo.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 189-192)

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El fuego de la fidelidad

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Luego vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco. Su jinete se llama Fiel y Verdadero. Con justicia dicta sentencia y hace la guerra. Sus ojos resplandecen como llamas de fuego, y muchas diademas ciñen su cabeza. Lleva escrito un nombre que nadie conoce sino sólo él. Está vestido de un manto teñido en sangre, y su nombre es «el Verbo de Dios».  Apocalipsis 19:11-13

 

He estado en estos días analizando algo sobre lingüística en relación con traducciones bíblicas y me he llevado  sorpresas tremendas. Por ejemplo, los indios misquitos de Nicaragua no tienen en  su lengua la palabra “perdón” ¿Se imaginan el dolor de cabeza de los traductores bíblicos para transmitir un concepto esencialmente cristiano en tales condiciones? Se vieron precisados a reemplazar esa palabra por una frase muy larga; y, por eso, las Biblias en misquito, donde debiera aparecer “perdón”, dicen: “ser incapaz de recordar la falta de otro”.

 

El problema no es nuevo: Cuando Martín Lutero tradujo la Biblia al alemán, existía una versión del obispo Ulfilas que se había hecho siglos antes en gótico, precisamente para los godos; luego el gran reformador realizó su maravillosa traducción directa del hebreo, el arameo y el griego al alemán, dándole su definitiva forma gramatical a este idioma.

 

Y Lutero también se encontró con algunas dificultades, por ejemplo ésta: Jeremías, al comienzo de su libro, menciona el árbol que florece temprano, que es el almendro en las tierras bíblicas; pero sucede que, en Alemania y  el norte de Europa, el almendro no florece temprano sino tarde. Entonces, pensó Lutero, “si traduzco literalmente esto, hago una pésima interpretación de lo que Jeremías pretende trasmitir”; y, al percatarse que el árbol que florece temprano en Alemania y el norte de Europa es el enebro, con prodigioso pragmatismo cambió un árbol por el otro; y, así,  la traducción de Jeremías por  Lutero no dice almendro sino enebro.

 

Me imagino que, si eso lo hubiera hecho por aquí entre nosotros, al traductor  lo habrían tratado de hereje y una hoguera evangélica se habría activado para quemar a Lutero por violar la textualidad de las Sagradas Escrituras; porque los críticos de traducciones bíblicas actualizadas generalmente lo hacen por pura ignorancia. De todas maneras, es más importante traducir el espíritu que traducir la letra de la Escritura. Aclarado lo anterior, vayamos a la Palabra de Dios, la cual -a través de versiones,  revisiones y nuevas traducciones-  “cambia el lenguaje pero no cambia el mensaje”.

 

Nos muestra aquí Juan a Jesucristo directamente en su gloria, no el humilde carpintero de Nazaret, no la “raíz de tierra seca, sin parecer ni hermosura para que lo admiraran”, sino el Verbo de Dios.  Llaman la atención algunas características en la maravillosa descripción que hace el autor de Apocalipsis. El “Logos” está montado en un caballo blanco, dicta sentencia, es decir es juez; hace la guerra, es decir es un soldado;  tiene llamas de fuego en la mirada, su cabeza está coronada con muchas diademas y se llama nada, más y nada menos: Fiel y Verdadero.

 

Los dos atributos más sobresalientes del Señor en esta descripción son fidelidad y verdad; y, por supuesto, fidelidad y verdad deben ir siempre juntas; usted no puede ser fiel si no es verdadero y no puede ser verdadero si no es fiel. La fidelidad y la verdad son gemelas. Un infiel -o desleal- no es veraz, sino esencialmente mentiroso, como un veraz -o verdadero- solo sabe ser fiel. Sin fidelidad no puede haber veracidad.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 187-189)

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La luz de la bondad | ¿Bondad o Severidad?

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Bondad es luz: Pero, ¿cómo saber lo que realmente agrada al Señor? ¡Leyendo la Biblia! En ella, precisamente, encontramos claves maravillosas de vida y conducta por doquier. He aquí un buen ejemplo:

 

 Porque ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz (el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad). Efesios 5:8-9

 

Los cristianos no solo andamos en luz, sino que “somos luz” directamente; por lo tanto, se supone que tenemos la claridad suficiente para comprobar lo que agrada al Señor, lo que le produce alegría, lo que le da complacencia. Por otra parte, aquí se está diciendo algo trascendental: la luz es un árbol que da fruto, un fruto que alumbra. Y, ¿cuál es ese fruto resplandeciente? Pablo dice expresamente que el fruto de la luz es  bondad, justicia y verdad. La verdad y la justicia están íntimamente vinculadas a la bondad.

 

Todos los días, al despertar, dígase a sí mismo: “Yo soy luz en el Señor, hoy viviré como hijo de luz”. Hay que leer completas las Escrituras, escudriñarlas, entresacar su significado profundo. No es eso lo que se hace hoy, cuando la Palabra de Dios se consulta al azar, en una peligrosa “bibliomancia” que abre la puerta al espíritu de adivinación.

 

Como se habrán dado cuenta, la bondad siempre va acompañada de otras virtudes. Al comienzo de este capítulo comprobamos que la bondad es inseparable del amor y la misericordia; y aquí se nos dice que marcha al unísono con la justicia y la verdad. Un corazón  bondadoso nos lleva a actuar  lo ha expresado  el  poeta mexicano Amado Nervo, a quien algunos llamaron “el místico sin religión”. Él dijo esto: “Si una espina me hiere, me aparto de la espina, pero no la aborrezco”.

 

La bondad es algo tan maravilloso que su ejercicio resume el cristianismo práctico por esencia. El bondadoso coloca la otra mejilla, perdona las ofensas,  no guarda rencores, tiene gentileza para con el prójimo. ¿Qué es lo que necesita este mundo maligno en que vivimos? ¡Bondad! El Dios de luz es infinitamente bueno y lo que nosotros debemos reflejar en nuestra conducta es la bondad de nuestro Padre,  puesto  que somos hijos de luz. No olvidemos jamás lo afirmado por Jesucristo en el Sermón del Monte, que es la constitución nacional del reino de los cielos: “Ustedes -es decir, nosotros- son -somos-  la luz del mundo” y la luz da un fruto de bondad.

 

El apóstol San Pablo -guiado por el Espíritu Santo- nos ha enseñado cómo practicar la bondad en la conducta diaria, a través de una serie de técnicas efectivas para manejar las relaciones interpersonales. Una de tales magistrales pautas fue dada en Romanos l2:9,21, que los invito a revisar con una buena lupa espiritual. Lo que muestra esta breve porción bíblica es la práctica de la bondad en todos los actos de la vida. Su conclusión es terminante:

 

No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.  Romanos 12:21

 

Vencer con el bien el mal. Sistemas religiosos como la Cienciología, a la cual se afilian en forma creciente figuras del espectáculo -John Travolta y Tom Cruise son  dos ejemplos- enseña todo lo contrario: vengarse, devolver la ofensa multiplicada. Eso es seguirle el juego a Satanás; pues, como bien lo dijo Gandhi, si aplicáramos el “ojo por ojo”, todos estaríamos ciegos en el mundo. Las tinieblas de la maldad retroceden cuando los hijos del Dios de luz esparcen alrededor el fruto de su árbol espiritual

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 184-186)

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La luz de la bondad | ¿Bondad o Severidad?

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Dios no es incompleto; por lo tanto,  es bondadoso pero, también,  severo. Tenemos que decir las cosas como son, no como nos parece a nosotros que deberían ser en nuestro “ilustrado” criterio.

 

Por tanto, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad hacia los que cayeron y bondad hacia ti. Pero si no te mantienes en su bondad, tú también serás desgajado.

Romanos 11:22

 

Bondad y severidad. La balanza divina tiene un platillo que se llama misericordia y tiene otro que se llama justicia y –aunque  mucha gente no lo  entienda-  la justicia y la misericordia pesan exactamente igual en la balanza de Dios. No es mayor su justicia que su misericordia, como piensan algunos; ni, tampoco, es mayor su misericordia que su justicia, como sueñan otros, porque él es perfecto; y, por lo tanto, sus atributos tienen que ser, necesariamente, perfectos.

 

A veces se presentan confusiones lamentables: En el Antiguo Testamento, Dios luce terrible y castigador; en el Nuevo Testamento, Dios  es bondadoso. No significa ello que  Dios haya dividido su corazón, o  cambiado de  personalidad  de un Testamento al otro. Lo que pasa, simplemente,   es que el Antiguo enfatiza la severidad de Dios, y el Nuevo enfatiza su bondad. “La bondad y la severidad del Señor”, de que nos habla Pablo.

 

No te imagines que, porque Dios es bueno, su bondad va a ser mayor que su severidad; o que, por que es severo, su severidad sobrepasará a su bondad. En este tiempo hedonista, no sueñes  que puedes hacer lo que te da la gana bajo la idea de que, como Dios es  bueno, no te sucederá absolutamente nada.  Recuerda que también dice la Biblia que Dios “no dará por inocente al culpable”.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 183-184)

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La luz de la bondad | El fruto de la bondad P4

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Bondad en la victoria: Sigamos con David, pues sería necio abandonarlo en lo mejor de sus sabias enseñanzas. Ya casi hacia el final del salterio, encontramos esta maravillosa escritura.

 

Se proclamará la memoria de tu inmensa bondad, y se cantará con júbilo tu *victoria.

Salmo 145:7

 

Ahora se nos habla de bondad y  victoria unidas sólidamente. Dicho en forma directa: la victoria también proviene de la bondad.  El malo nunca será victorioso, la victoria está destinada por Dios para el que tiene bondad en su corazón y practica bondad en su vida. El bondadoso será victorioso. Mira, una vez más, la divina secuencia: el Padre, que es bondad, transmite su bondad al corazón del Hijo; y, desde éste, por medio del Espíritu Santo,  el fruto de la bondad es nuestro. Nosotros somos los árboles obligados a dar la cosecha de bondad que Dios espera de sus hijos.

 

Bondad en el servicio: El admirado apóstol Pablo, instrumentador de la doctrina cristiana, instruye sobre cómo debe ser el servicio a Dios. Su instrucción no es solamente para los ministros del evangelio,  pues todos los creyentes somos siervos de Dios; por lo tanto, tiene aplicación de carácter general:

 

Servimos con pureza, conocimiento, constancia y bondad; en el Espíritu Santo y en amor sincero.

2 Corintios 6:6

 

Siempre me gusta desmenuzar lo que dice Pablo, porque él ofrece lecciones muy valiosas, a veces escondidas en el texto. Veamos las condiciones del siervo dadas aquí:

 

1) Pureza. Mi vida tiene que ser pura e irreprensible, de lo contrario yo no tengo ninguna autoridad para subir a un altar o para escribir un libro cristiano.

2) Conocimiento. Yo no puedo ser un ignorante, debo conocer a fondo lo que enseño y predico,  pues bien dice el profeta: “Mi pueblo se ha perdido porque le faltó conocimiento”.

3) Constancia. No hay un trabajo más arduo que el de ministro del evangelio, o el de siervo de Dios en general, porque estamos enfrentados a circunstancias humanas difíciles; pero, sobe todo, a fuerzas espirituales poderosas que combaten todo el tiempo contra nosotros. Y  allí dice “constancia”, para indicarme que jamás debo desmayar; que, sin importar pruebas, enfermedades y tribulaciones, tengo que ser firme en el servicio a Dios

4) Bondad. Si no reflejo la bondad de Dios en mi conducta,  no sirvo para este oficio. Ahora, quiero hacer claridad sobre un punto: bondad no significa permisividad.  Algunos imaginan que el bondadoso debe ser un poco  majadero, o quizás de manga ancha, pasar por alto las anomalías, hacerse de la vista gorda ante  las inmoralidades, y cosas así.  Eso es lo contrario de lo que la Biblia enseña; y, si no me lo quieren creer, pasen al subtítulo siguiente.

 

 

 (Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, páginas 181-183)

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La luz de la bondad | El fruto de la bondad P3

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Bondad en la estrechez: No quiero desprenderme del gran experto en la relación del hombre con Dios que es David, porque su himnario es una cantera inagotable de inspiración sobre la bondad divina.

 

 Tu familia se estableció en la tierra que en tu bondad, oh Dios, preparaste para el pobre.

Salmo 68:10.

 

 Habla con Dios el rey y le dice “tu familia”, es decir, la familia de Dios ha podido tomar posesión y establecerse en la tierra que “en tu bondad” habías preparado “para el pobre”. Obsérvese que eran pobres y nunca más lo fueron cuando Dios en su bondad les hizo entrega de la tierra. Mirar hoy a los judíos en todas partes del mundo es estimulante; ellos son ricos de varias maneras, no solamente la económica, sino, también, la científica, filosófica, literaria, artística, etc. En su bondad Dios prepara una tierra, para que su familia humana pueda enriquecerse. Él dispone posesión para el desposeído, para que el pobre precisamente deje de serlo.

 

 Deplorablemente, el inconciente colectivo causa un daño terrible a quienes provienen de países latinoamericanos.  ¿Cuál es la diferencia básica de mentalidad sobre los bienes materiales entre católicos y protestantes? Muy sencilla: el catolicismo tiende a la teología de la miseria, según la cual, para agradar a Dios se tiene que vivir en la inopia y vestidos de remiendos, según creencia popular; pues Dios, supuestamente, se agrada de tales personas. La mentalidad protestante, por el contrario, cree lo dicho de mil maneras en la Palabra de Dios: que lo importante no es tener o no tener bienes materiales; que habrá dificultades, que, a veces, pasaremos por momentos de estrechez económica; pero que, si confiamos en Dios, él sin duda hará que no nos falte lo necesario e, incluso, nos puede sobreabundar.

 

La prosperidad económica no es una maldición, pero es necesario entender la función social de las riquezas -muchas o pocas- que Dios pone en nuestras manos y que no son nuestras, sino de él. Cada uno de nosotros sólo es un administrador, un mayordomo, a quien Dios le tomará cuentas al revisar sus libros de contabilidad. ¿Cómo le ha manejado usted a su Amo y Señor los tesoros que le confió? El dinero es para bendecir a mucha gente. Lo que la Biblia condena es la codicia, la avaricia, el apego a los bienes materiales, el hacer del dinero un dios; por eso Pablo ha dicho tan claramente que “avaricia es idolatría”.

 

 Alguien me dirá: pero es que san Agustín, a quien usted a veces cita, dijo que “el dinero es el estiércol del diablo”. Sí, lo dijo san Agustín, pero no estoy de acuerdo con él en este punto, porque el profeta Miqueas dice, hablando por Dios: “Mío es el oro, mía la plata y míos todos los tesoros”; y ¿cómo de algo que Dios declara como suyo, puede decirse que es “estiércol del diablo”?

 

El dinero no es bueno ni malo, sino totalmente neutro; es malo o bueno nuestro corazón al usarlo en uno u otro sentido. Una pregunta sencilla, aquí entre nos: ¿por qué será que las potencias del mundo son los países protestantes? La respuesta es simple: es cuestión de mentalidad, porque lo que piensas es lo que sientes, lo que sientes es lo que dices, lo que dices es lo que recibes en tu vida. David, como vemos, habla muchísimo en sus salmos de la bondad de Dios, porque él la conoció como pocas personas sobre la tierra. Y observa cómo David liga la bondad a la prosperidad.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Fruto Eterno, página 179-181)

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