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VI-MAY-04

Toda la luz en una lámpara P1

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

El dolor viene de la oscuridad y lo llamamos sabiduría.

Randall Jarrell

 

«Una vez más Jesús se dirigió a la gente, y les dijo: —Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».

(Juan 8:12)

 

Acaba de escenificarse uno de los episodios más espectaculares y dramáticos en la vida de Jesús de Nazaret. Estaba él enseñando en el templo, cuando un grupo de maestros religiosos irrumpió al recinto arrastrando de los cabellos a una asustada mujer que había sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. De acuerdo a la Ley de Moisés, ella debía ser apedreada sin juicio previo alguno.

 

Con su proverbial astucia, escribas y fariseos pusieron a Jesús en un tremendo aprieto:

Si decía:

—No la apedreen, se hacía trasgresor de la ley y él mismo debería ser juzgado.

Si decía, por el contrario:

-Apedréenla, entraría en contradicción consigo mismo y sus particulares enseñanzas. Es entonces cuando el Nazareno, como solía hacerlo, se sale con la suya de la manera más inesperada, al decirles:

—No hay problema, que tenga el honor de inaugurar la lapidación, tirando la primera piedra, aquel que esté libre de pecado.

 

¡Sorpresa! Los que a sí mismos se consideraban limpios y puros, son acusados directamente por ese  juez íntimo e implacable que todos llevamos dentro del corazón: la conciencia. Ninguno podía —ninguno puede— levantar su mano en juicio contra nadie a no ser contra sí mismo. Al quedarse solo con la adúltera, lo lógico habría sido que el único santo viable procediera a juzgar el caso con rigor. Sin embargo, él en persona, de cuerpo entero ante la mujer, se limita a decirle:

 

—¿Sabes una cosa? Ninguno de tus acusadores te podía condenar; yo, que  tengo plena autoridad para hacerlo, tampoco lo haré. Vete tranquila y no  vuelvas a pecar. (Juan 8:3,11) De esta manera, Jesucristo demuestra que hay una ley superior a la ley, que es la conciencia; y que hay, también, una ley superior a la conciencia, que es el amor.

 

¿Cómo puede Jesús hacer que luzca muy casual algo tan fuera de serie? Inmediatamente, ya ida del recinto la pecadora perdonada, el rabí retoma el curso de su interrumpido sermón y responde a los mudos interrogantes con una declaración de cuatro palabras: “Yo soy la luz”. Eso explica, tácitamente, el por qué Jesús todo lo tiene claro, sin sombras ni matices. Dicho nítidamente, sin dudas.

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 169-171)

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AUTHOR - Casa Roca

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