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VI-MAY-05

Toda la luz en una lámpara P2

  |   Darío Silva-Silva, Visión Integral   |   No comment

 

Hallaremos una buena clave si recordamos lo ocurrido en el templo de Jerusalén unos treinta años atrás. Un anciano justo llamado Simeón esperaba ansiosamente la redención de su pueblo; y, claramente, el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin conocer al Mesías prometido por los profetas. Cuando el niño Jesús fue llevado al templo para circuncidarlo, Simeón lo tomó en sus brazos temblorosos y pronunció estas solemnes palabras: «Según tu palabra, Soberano Señor, ya puedes despedir a tu siervo en paz. Porque han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz que ilumina a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». (Lucas 2:29-32)

 

Imagino la reacción de algún farsante religioso presente allí:

 

—Oye, viejito, ese bebé nació en condiciones muy precarias, en un establo, entre una mula y un buey. ¿Cómo puedes pensar que es el Mesías? Francamente ya te está afectando el mal de Alzheimer, Simeón… “Luz que ilumina a las naciones”, ¡vaya despropósito!

 

Ya hemos explicado qué es el Logos, la palabra creadora en acción continua. Ahora tenemos una clave adicional: la palabra es la misma luz, conclusión a la que se puede llegar al comparar Génesis 1:4 y Juan 1.4. El primer acto de la creación consiste en que Dios ordena por medio de su Palabra que haya la luz y así sucede; pero hay un detalle que no debe pasarse por alto: la Palabra, es decir, el Verbo —Logos— era Dios desde el principio y  “en él estaba la vida, y la vida era la luz”.

 

«Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo.

El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él,

pero el mundo no lo reconoció»

(Juan 1:9,10)

 

Ahora tenemos la luz, toda la luz, enfrascada dentro de una bombilla humana que se llama Jesús de Nazaret. Se nos ha enseñado en el colegio, en las clases de física elemental, que el comportamiento de los cuerpos frente a la luz permite considerarlos como reluctantes o absorbentes, según la rechacen o la asimilen. Espiritualmente ocurre lo mismo: a Jesucristo lo asimilamos o lo rechazamos sin términos medios. No puede suceder de otra manera ya que Él es la luz. Frente al Jesús-Luz, ¿qué somos: absorbentes o reluctantes?

 

(Darío Silva-Silva. Extractado del libro El Código Jesús, páginas 171-172)

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AUTHOR - Casa Roca

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